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Alejandro
era un niño tranquilo, callado, observador y preguntón. Tenía una memoria
fotográfica y oídos de grabadora de muy alta fidelidad. Nunca olvidaba las
cosas que le convenían. Venía de una familia católica y muy numerosa, eran un
total de nueve hermanos. Seis hembras y tres varones. Él era por supuesto el
menor de los tres. Vivían en una pequeña ciudad fronteriza con la república de
Honduras, plagada de mucha naturaleza y por supuesto llena de costumbres
tradicionales que llenaban por completo su corazón, mente, e imaginación,
mientras seguía creciendo. Su pasatiempo favorito era jugar con su cabrita blanca.
Su famosa cabrita de pelo suave se encontraba siempre en el cuarto nuevo. Para
que nadie
interrumpiera su entretenimiento y su tiempo con la cabrita, le
ponía pasador a la puerta. De esa forma se aseguraba que nadie le
interrumpiría. Su cabrita le esperaba siempre en el cuarto, de pelo muy suave y
sus cuernos eran pequeñitos. Alejandro
jugaba a lazarla y a ella le gustaba esa rutina diaria. Ambos lo disfrutaban de maravilla. Mientras
crecía, también aumentaban sus amiguitos de infancia. Sus amigos favoritos y quienes además eran
sus primos se llamaban Toño y Neto. Con el transcurso de los años eran el trío
inseparable y juntos acumularon innumerables buenas memorias, como para
escribir un corto cuento para cuando estuviera grande, casado y con hijos. Cierta
mañana saludaba como de costumbre a las visitas que llegaban a su casa. Ese día eran dos comadres de su mamá y el
tema principal era el parto. Como nunca
había escuchado esa palabra, no sabía cómo entenderla. Se regresó y les
preguntó a las señoras qué significaba la palabra parto. Las señoras sorprendidas, (incluso su madre
apenada y furiosa) le gritaron con enojo y en coro que no eran palabras para un
niño y también en coro le corrieron. Y le dijeron que era un niño malcriado y
mal educado. Alejandro salió hecho un
cohete, con la cola entre las patas.
Nunca más se atrevió a preguntar el significado de dicha palabra. Lo único que vino a su mente era de que era
una palabra muy mala, que era pecado y no apta para niños. Como todo un niño de
pueblo, olvidó el percance, pues su viaje rutinario era para el cuarto nuevo a
jugar con su cabrita blanca. Mientras
jugaba y jugaba con su amiguita, le interrumpían los sonoros gritos de Idalia,
la hija de Mamá Cheba sus vecinas. Como
de costumbre, le estaba gritando como siempre a Tito su hijo. Idalia había comido como desayuno tres huevos
con tres micrófonos y un amplificador.
Su voz, ¡madre mía!, era muy chillona, molesta, detestable y
desagradable, que hasta la cabrita de Alejandro se asustaba al escuchar los
gamberros gritos imperativos y rabiosos de Idalia. Pobre Tito, decía yo, qué maldición de haber
tenido una mamá como Idalia. Alejo
(Sus amiguitos le llamaban así). Se decía a sí mismo que NUNCA NUNCA le pondría el nombre de Tito a algún hijo que pudiera
tener, y mucho menos Idalia, en caso de que fuera una niña. Para Alejo, eran
nombres que estaban descartados por completo pues tenían desencanto y alguna
maldición. Tito era un niño tres años
mayor que Alejo, pero los atiborrantes, constantes y
atarugados gritos de su mamá, lo habían envejecido cien años. Cuando a
escondidas (mientras Idalia dormía la siesta), se escabullía para jugar conmigo
y con Neto y Toño, podíamos escuchar a los tres segundos los ruidosos gritos de
Idalia quien a todo pulmón de cantante de ópera clamaba…… Tito……… ¿Dónde
estás?........ ¿Dónde estás metido?........
Pobre Tito, era un niño viejo, o mejor dicho un viejo en cuerpo de
niño. Dios mío, decía Alejo, qué castigo
más severo y qué maldición tener una madre como Idalia. Tito
tenía una hermanita, que tenía la misma edad de Alejandro. Se llamaba Ani. Ese
era otro nombre que Alejo juraba y perjuraba, que Nunca les pondría a sus hijas
en caso de que tuviera una hembra. Para
él, dichos nombres traían desgracia, mala suerte y tristeza. Alejandro
observaba que en la casa de Idalia, solamente vivían
ella su mamá doña Eusebia (mamá Cheba), Tito y Ani. Nunca había visto a ningún
hombre en dicha casa. Cómo es posible
que existan Tito y Ani si no hay ningún papá como el que yo tengo, se
preguntaba Alejo. Alejo,
Toño y neto, salían todos los días por la tarde a cazar palomas. Sus bolsas
estaban siempre siempre llenas de piedras y sus
hondillas o resorteras listas para matar palomas o bajar panales de miel, pues
la miel de ese entonces era muy dulce y rica. El objetivo era tener una cena
exquisita con palomas asadas. Casi nunca
pasaba eso, pues se entretenían bajando mangos o comiendo guayabillas en los
terrenos aledaños al río. La rutina estaba hecha, pues debería estar de regreso
en casa unos minutos después de las cinco de la tarde, pues su padre regresaba
de su trabajo antes de las cinco y media.
Toño y Neto entendían y comprendían las reglas y respetaban los
acuerdos. Al parecer, Alejandro era el líder. Tan pronto como regresaban a sus
casas, se volvían a escuchar de nuevo los horrorosos gritos de Idalia. …… La misma canción…. Tito…. ¿Dónde
estás?........ Una
tarde, llegó la carreta a descargar la leña de carboncillo a la casa de Idalia
y Mamá Cheba. El Carretero conocía su
rutina y comenzaba a descargar su venta de leña en el patio de la casa,
lanzando dichos palos por encima de la cerca de púas que estaba instalada a la
orilla de la calle. Ese era el negocio de Idalia y Mamá Cheba. Era
tarde y Tito no tuvo tiempo para poner en orden todos los trozos de leña en un área
cercana a la parade de dicha propiedad. De esa forma se podía ver que dicha
carretada de leña había quedado toda dispersa y parte de ella colindando muy de
cerca con la cerca de púas que limitaba la casa de Alejandro. Al mediodía del día siguiente, la leña seguía
desordenada y en el mismo lugar. Por lo visto Tito no había tenido tiempo para
ordenar el cargamento de leña. Tomando en cuenta las condiciones, Alejo, tuvo
un mal pensamiento de robarse un palo de leña, a través del cerco de púas, idea
que se le hizo fácil. Mientras
jalaba el presunto palo de leña, apareció de la nada la malévola figura de
Idalia, quien pilló en el acto a Alejo y con voz burlona, irónica, macabra y satírica
le dijo sarcásticamente… ¡Qué putas estás haciendo grandísimo cabrón, ladrón de
leña de mierda! …….. Alejandro al verse descubierto le dijo con voz tímida,
suplicante y con bajo tono, …………. Idalia, mañana te daré el cinco. (Cada trozo o palo de leña valía cinco
centavos de colón. Idalia se retiró con
el palo de leña que le había arrebatado de las manos a Alejandro repitiendo con
sarcasmo…. “Mañana te daré el cinco” ………. Lo publicó por todo el pueblo y hasta
Toño y Neto le decían a Alejo, ……. ¿Ya conseguiste los cincos centavos para
pagarle a Idalia?........ Y
nuevamente pude escuchar los horrorosos y grotescos gritos ……… Tito ¿dónde
putas te has metido? ….. ¿dónde estás? …… Tienes que guardar la leña que se la
están robando ………… Tito respóndeme …. Con el
correr de los años Alejandro pudo encontrar el significado de la palabra parto
y además con asombro supo que en su casa, nunca
existió una cabrita blanca. Pero al
menos pudo jugar con ella muchísimos años durante su infancia. |
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