|
|
|
Con el
afán de aprender algo nuevo, apliqué en línea a la Universidad Autónoma de
México quien, en coordinación con la Habana, Cuba, ofrecían una beca de 6
meses, con el objetivo de mejorar o aprender nuevas técnicas de redacción, para
cuentos y pequeños relatos. Pasando la espera de seis meses, fui uno de los
cinco afortunados en ganar una de las becas. Así a través de la Embajada de
México se me otorgaron los documentos que me acreditaban para tales beneficios.
Mi destino era La Habana (Cuba) y el centro de estudios La Universidad Pública de
La Habana, cuyo lema era Anima, Scientia et Deditio. (Alma, Saber y entrega). Llegó el
día esperado y heme aquí en la Habana, Cuba. Lamentablemente o no, se hablaba
de un nuevo embargo de los EEUU en contra de la isla. Ahora era mixto,
combustible y alimentos. Para cuando el
embargo de alimentos llegó, me encontraba en La Habana. Había estado antes en
dichas tierras, Varadero, Cayo Santa María y La Habana misma. Ahora era todo diferente, antes en el paquete
de todo incluido y ahora por lo visto era lo opuesto. A mi
llegada al aeropuerto José Martí, fui cordialmente recibido, sin embargo me pidieron que les entregara mi pasaporte y mi
boleto de regreso. En cambio fui fotografiado y me
otorgaron un documento único de identidad, FM9 que declaraba que era un
estudiante extranjero becario, con residencia temporal de seis meses. Se me
instó que tenía que andar siempre conmigo dicho documento cuando anduviese
fuera de los recintos universitarios. Que
ése sería mi nuevo pasaporte cubano. Por de pronto no había ninguna persona que
me diera instrucciones o indicaciones para saber dónde ir, orientación para mi
hospedaje, vivienda, etc. Ni tan
siquiera alguien que me indicara dónde estaba ubicada dicha Universidad. De repente un buen samaritano salió de la
fila y me dijo………... Yo lo llevaré a la Universidad de La Habana y le indicaré
dónde está la Facultad que usted busca.
De reojo pude ver a un hombre que me observaba de pies a cabeza. No le presté mucha atención y me dije que
quizá me parezco a alguien que él conoce o simplemente quizás se equivocó o
estaba confundido. El
solidario cubano, era un psicólogo que para ganarse la
vida, trabajaba de taxista. Por eso conocía el campus universitario. Me llevó
hasta la oficina del decano, y así pude explicarle el motivo de mi visita y la
razón primordial por la cual estaba allí, pues estaba muy ansioso de saber
dónde y quien impartiría las clases.
Enfrente de mí le preguntó a cada uno de sus colegas si alguno de ellos
tenía espacio para alojarme. Uno a uno decían un no, con
voz suave, como de lástima, pues pude entender que no tenían ni para satisfacer
las necesidades básicas de ellos mismos.
Mi amigo el solidario cubano de nombre Pablo, estaba junto a mí apoyándome
para que no me desanimara. Así pude
recibir posada por una semana en la vivienda de uno de los colegas del
decano. Pude fácilmente notar sus caras
desnutridas y mal vestidos. Pude olfatear el olor a la pobreza y eso comenzaba
a afectarme notablemente. Nuevamente
pude ver de nuevo de reojo al hombre aquel que estaba merodeándome en el
aeropuerto. Al
séptimo día tomé la decisión de retornar a mi país de origen, pues los embargos
habían paralizado al país entero y ahora comenzaba una supervivencia a gran
escala. No había tiempo ni lugar para pensar
en poesías, cuentos o relatos cortos.
Era una completa tragedia de norte a sur y de este a oeste. No había alimentos básicos ni para ellos,
mucho menos para compartir con un extranjero. Aunque tenía mi tarjeta de
crédito, de nada me servía pues lo que yo veía eran solamente cupones para
conseguir alimentos. Pese a todo por las noches, era todo diferente. En medio
del hambre y la desnutrición, había música, tabaco, ron y demás. Las sonrisas y chistes de venían de todos
ellos. Negros, mulatos, blancos, flacos, sudorosos, desnutridos. Hombres y mujeres bailaban y cantaban su pena,
mitigando sus miserias en cada acera de sus casas. Algunas con ladrillos casi
todos quebrados y un piso más de tierra que enladrillado. Otros jugando dominó
para pasar el rato. A la
mañana siguiente, le agradecí al Licenciado Miguel por su hospitalidad y de
paso le compartí todo lo de valor que traía conmigo. Le dije que le daba todo
lo que tenía y que de alguna manera me comunicaría con él en el futuro para
compensar su gesto hospitalario y humanitario.
De nuevo le pedí a Pablo que por favor me llevase de regreso al
aeropuerto. Nos despedimos con un fuerte
abrazo y un apretón de manos. Le regalé mi reloj que era lo único de valor que
me quedaba. Pues mis dólares canadienses
se habían agotado. Me dejó
con el oficial de migración del aeropuerto y se marchó. Le presenté a dicho oficial mi FM9,
explicándole mi situación y pidiéndole mi pasaporte y mi boleto de avión. Me
dijo que esperara un momento que iba a traérmelos en seguida y de paso a
consultarlo con su jefe inmediato. Al
momento regresó y para mi sorpresa me dice que no habían
vuelos estipulados, y que por el embargo de la gasolina no sabían para cuándo
dichos vuelos se reestablecerían.
Comencé a sudar frío, a pesar del calor abrumador, le dije que no tenía
dónde ir y que por favor hablara con su jefe nuevamente para ver qué otras
alternativas y excepciones podría tener.
Después
de tanto rogar y rogar, me hizo pasar a la oficina de su jefe y nuevamente pude
identificar al hombre aquel que en cuatro ocasiones en diferentes sitios se
aparecía como fantasma o GPS que sabía dónde me encontraba. Lo pude identificar,
pero esta vez estaba con uniforme militar. Era un personal del ejército de
Cuba. Vaya cosas me dije. Cuba no cambia
para nada. No hay ni habrá nunca libertad y por ende los embargos. En balde
murió José Martí me dije para mí mismo. Seguía
esperando en dicha oficina. El oficial de migración me dijo que esperara allí.
Que no sabía si en avión comercial o de carga sería transportado. Así pasaron
las horas y atardeció de nuevo. Tenía hambre pues no había comido desde el
desayuno que fueron frijoles, huevos, plátano y café. Aunque tenía conmigo una tarjeta de crédito
vigente, no había ningún sitio donde comprar comida por ningún lado. Sentado, con hambre y cansado me quedé
dormido. Desperté a la medianoche, muy asustado y confundido pues estaba todo
en silencio y a obscuras. Las instalaciones del aeropuerto estaban iluminadas
solamente por luces de emergencia, por el mismo racionamiento de energía. Finalmente
volví a quedarme dormido cuando desperté, me encontraba en una camilla de
hospital. Vestido con bata de hospital y con una botella supongo que era de suero
conectada a mi brazo Izquierdo. Estaba
muy débil. Cuando desperté no había nadie a quien hacerle alguna pregunta. Lo único que pude ver fue mi número de
camilla que decía “Camilla 13”, Sala “A”.
Por lógica dije estoy en el hospital de La Habana. La fama del sistema
de salud de La Habana Cuba era muy bueno, dentro de la
América Latina y de todo el Caribe, incluso dentro del estado gringo pues
muchos artistas viajaban a la Habana para operaciones delicadas. Eso me dio ánimos
a pesar de que no podía recordar nada del pasado. Al menos había luz y eso me confortaba. Finalmente
apareció una enfermera, no era mulata, era del color de mi piel. Me saludó y a
través del tono de sus palabras pude notar que no era cubana. Me dijo amablemente,
profesor usted está en el Hospital Militar de San Salvador. Le pedí que por favor me dijera que sabía de
mí y de mi cuadro clínico. La enfermera
me hizo saber que había sido transportado en un avión de la Cruz Roja
Internacional y que dichos vuelos llegaban regularmente vía Aeropuerto de
Ilopango, el antiguo aeropuerto Internacional ahora rehabilitado. Ella no sabía mayores datos. Ni tan siquiera
se imaginaba que dicho avión venía de La Habana, Cuba. Referente a mi cuadro clínico me dijo claramente
que no estaba facultada a decirme nada.
Que tuviera paciencia pues el médico de turno el Doctor Ortiz, estaba
revisando sus pacientes en la sala “B”.
Por lo visto era el único paciente alojado en la sala “A”. Al menos
me preguntó cómo me sentía. Se sorprendió cuando le dije que venía procedente
de La Habana, Cuba. Según ella era un profesor, pues así lo decían mis datos
que alguien había proporcionado, antes de que fuera abordado a dicho avión de
evacuación. Tengo entendido de que se le dará de alta mañana. Mi
pasaporte era canadiense, y en él se especificaba que mi nacionalidad de origen
era salvadoreña. Por tal razón fui evacuado a San Salvador, El Salvador, tal como
descrito en mi documento. Por otro lado,
volar hacia El Salvador estaba más cerca que volar hacia Canadá. Tal como
lo indicara la señorita enfermera, fui dado de alta el día siguiente y así
terminó mi corto postgrado en letras de la Universidad Pública de la Habana y
mis sueños truncados. Al menos pude
conocer a Pablo el buen samaritano y al Lic. Don Miguel Buendía, y su querida
familia que compartieron conmigo lo poco que tenían. Incluyendo al chafarote
espía, fisgón, que realmente hizo y seguirá haciendo muy bien su papel de
informante. |
|
|
|