La Casona (Segunda parte)
The Fernet-Branca man


Llevé a Sofía a su casa de Diriamba, tal como había prometido. El primero que salió a recibirla fue Simón, el primoroso gato, quien caminó para rozar su cabeza y su cuerpo en los pies de Sofía. Simón era blanco y de ojos azules. Maullaba suave, como sabiendo que Doña Mercedes aún dormía. Hola Simón le dijo Sofía, veo que tú también me has extrañado. Su supieras lo que he visto esta noche le dijo. De repente Simón empezó a rozar su espalda en mis pies, pero esta vez ronroneaba. Vaya que tienes un gato sociable le dije a Sofía. Te está dando la bienvenida me dijo sonriente.

Me gustó la casa de ella o mejor dicho la casa de sus abuelos. Un caserón antiguo, de paredes muy gruesas de adobe y ladrillo. Muy similar al hotel en donde me hospedaba. La puerta de la entrada era en forma de arco, muy alta, de madera gruesa, tallada con incrustaciones de hierro y curiosamente con una mano femenina de hierro fundido, para golpear, ése era el timbre. La puerta de tu casa me parece de convento le dije sonriendo. Miré hacia el patio, un poco más pequeño que el del hotel La Casa del Diriargén (La casa del señor de las alturas) pero de manera muy similar. Este tenía un árbol de guayaba y un limonero en el centro, y a lo largo del corredor, jardines de flores blancas y rojas. Las blancas eran jazmines por su fragancia. Me hizo nuevamente la misma pregunta que si deseaba pasar la noche en su casa pues era cerca de la media noche. Mi respuesta fue la misma, agregándole que me daría pena que su madre despertara y viera que había un hombre en el cuarto de visitas. Le dije en cambio que me iría a dormir al hotel que afortunadamente estaba cerca de su casa y que vendría el día siguiente que era Domingo, para conocer a su madre y poder almorzar juntos. Me gusta la idea me dijo. Mañana después del desayuno acompañaré a mi máma a la misa dominical en la Basílica Menor de San Sebastián, pues es la costumbre que tenemos durante muchos años... Acto seguido nos despedimos con un largo abrazo y ambos guardamos silencio, mientras continuábamos abrazados. Unos segundos más y hubiera roto mi palabra a salir de su casa. Nuevamente le besé en la frente y ella arrojó otra media sonrisa y un hasta mañana.

Mientras tocaba la enorme puerta del hotel, sonaban los 12 campanazos del reloj de la torre de la Basílica de San Sebastián. Había reservado habitación por dos noches en el típico hotel, muy rústico, pero de buen gusto y acogedor. Era realmente una casa vieja muy grande, de una sola planta. En el patio había un árbol que denotaba había sido truncado, pero que se resistía a morir. Sus retoños estaban nuevamente crecidos y ahora tenía flores. Era un árbol de magnolia y su fragancia era muy exquisita. La noche estaba fresca, y no se necesitaba encender el aire acondicionado de mi habitación doble. Diriamba era un lugar muy pintoresco, sus bailes, música autóctona, artesanías y sobre todo las zonas cafetaleras eran una atracción para los turistas nacionales y extranjeros. En una de las paredes del hotel se leía con letras de colores verde y café color teja Diriamba, ciudad de cerros o colinas grandes.

Después de ponerme mi pijama y cepillarme mis dientes, me fui a mi habitación. El sueño se me había ido pues aún pensaba en el espectáculo de la playa de Montelimar, no paraba de recordar las cápsulas transparentes de los perritos y gatitos que volaban y desaparecían en medio de la noche, mientras entraban y desaparecían al entrar a un orificio en el firmamento, que no estaba tan alto de la superficie marina. Pensaba además en Simón, Sofía e imaginándome cómo sería el rostro de doña Mercedes. Realmente estaba impresionado por Sofía. Me encantaba su energía, su sencillez y algo más que aún no lo puedo explicar.

Al amanecer Doña Mercedes le preguntó a Sofía por el banquete de La Casona, quería saber qué personas importantes había conocido. Ella le dijo que había abandonado la mesa reservada para los de la Prensa, por reunirse con David un funcionario extranjero que trabajaba para ENITEL. Al instante doña Mercedes le preguntó si ¿era el mismo señor que vino contigo anoche? Sofía le dijo que sí, un poco sorprendida pues su madre había escuchado la conversación entre ellos. Qué educado es ese señor le dijo, parece que tiene buenos modales. Así es Doña Meche le dijo Sofia, un poquito molesta por estar fisgoneándola y cuidándola a pesar de que ella tenía ya 57 años.

Tomé un desayuno típico en el hotel. La atención y la comida fueron espectaculares, sobre todo la calidad del servicio. No encontré flores para llevarle a la mamá de Sofía, pero afortunadamente me acordé que el exesposo de Sofía acostumbraba a llevarle flores a ella y a su madre. Por tal razón, compré unas bolsas de café de exportación que vendía la pequeña sala de ventas del hotel. Qué aroma tan exquisito de café dije, es el mejor de Diriamba me respondió sonriente la señorita del mostrador.

Llegué a la casa de Sofía a las 12:00 en punto, pues la norma aquí era almorzar al mediodía. Usando la mano femenina de hierro fundido, toqué la Puerta conventual y Sofía y Simón salieron a recibirme. Ella lucía muy hermosa, con su vestido de lino beige, de mangas tres cuartos, cuello redondo. Su madre con su vestido de domingo, largo, también de cuello redondo, fondo blanco con pelotitas azules. Ambas me hicieron pasar a la sala. El saludo de Doña Mercedes fue muy cordial y alegre. Ella era alta y de complexión delgada, muy bien conservada para sus 78 años. De nuevo Simón merodeaba mis piernas y ronroneaba. Bienvenido sea usted David, ésta es su casa. Esas fueron sus palabras. Ella y Sofía habían preparado un plato típico llamado gallina rellena, con arroz y vegetales. Además de buñuelos de yuca. El platillo estaba muy delicioso. Con educación le dije que me comería solamente un buñuelo pues mi colesterol estaba alto.

Conversando con Doña Mercedes me dijo que sus padres y bisabuelos habían sido todos maestros, como ella. Ella estaba jubilada, mientras que su hermana mayor aún trabajaba de maestra en el Colegio católico Madre del Divino Pastor, pues además era monja. Sofía me contó que su tía Matilde por despecho había decidido ser monja después de que su largo noviazgo había terminado por una traición de su prometido. Yo también trabajé en el mismo colegio, pero solamente por tres años. Luego me trasladé al Colegio La Salle de donde me jubilé. Mientras degustábamos el café, me dio las gracias de nuevo y mencionó que era un café de exportación, que el único lugar que lo vendía era El Hotel El Diriargen, pues el dueño era hermano de Don Gustavo Chamorro, el dueño de la hacienda El Carmen. Sofía me mencionó que usted trabajaba para ENITEL, como asesor. Así es, le dije, el objetivo de mis servicios es mejorar la red telefónica en el país. Mi contrato no tiene tiempo límite, y puede ser terminado en cualquier momento pues así fue firmado. Me dio las gracias pues los servicios de telecomunicación habían sido mejorados notablemente en Diriamba y alrededores.

Sin comentarlo con Sofía, intuí que doña Mercedes había salido embarazada de Sofía cuando era maestra del Colegio Católico. Tuvo que pasar al Colegio privado La Salle pues era la norma que los maestros de escuelas católicas deberían de ser casados. Su padre debería de ser de Estelí, pues según Doña Mercedes, la mayoría de los maestros de ese entonces venían de dicha zona, por eso la piel de Sofía era blanca, no trigueña como su madre. Ahora entendía por qué Sofía era psicóloga voluntaria de una agrupación de psicólogas y psiquiatras que daban terapia y apoyo en línea a mujeres solas, especialmente a aquellas divorciadas o madres solteras con hijos de hombres casados.

Después del almuerzo, quedamos solos, Sofía, Simón y yo. Doña Mercedes salió a hacer su visita dominical a su comadre y mejor amiga María Victoria, también maestra retirada. Seguro estaba que iban a hablar que Sofía tenía un pretendiente serio. Qué piensas de mi máma me dijo. Antes de responderte, dime porqué aquí se pronuncia la palabra mamá con acento en la primera sílaba. Ella sonrió y me dijo que era la primera palabra que el chiguín (niño) pronunciaba. Y los niños no saben de gramática. Tienes razón le dije pronunciando la palabra máma. Ambos reímos a carcajadas. Qué piensas de mi máma me preguntó de nuevo, esta vez le dije que su máma era una mujer encantadora, con alma y corazón de maestra. Refiriéndose a la conversación que tuve con su mamá me preguntó si estaba de acuerdo a las condiciones de mi contrato de trabajo, le dije que sí, pues era un trabajo de jubilado y que me gustaba lo que hacía, pues además tenía el tiempo y las cualidades para hacerlo. Lo mencioné en la entrevista que me hicisteis hace unos meses. ¿Lo recuerdas?

Sabía que Sofía tenía un millón de preguntas aún por hacer y sin vacilar me preguntó si ¿alguna vez había pensado en acompañarme?, ¿Y tú? le pregunté. Yo te lo pregunté primero me dijo. Le dije que si encontraba la persona idónea, podría acompañarme. Su cara sonrió de nuevo con su media sonrisa. ¿Te ofrezco otro café? me preguntó. Sí le dije, y acto seguido nos levantamos de nuestras sillas y nos dirigimos a la cocina. Entendí que lo que quería era que la abrazara. Cosa que hice y esta vez nuevamente le besé la frente. Ella tenía los ojos cerrados como esperando que le besara sus labios. Así lo hice y fue la primera vez que en muchos años besaba a una mujer con tanta emoción, cariño, protección e ilusión que nuestro beso duró una eternidad. Tenía muchos años de no experimentar ese sentimiento tan intenso. Ese fue el mejor regalo de Diriamba y La Casona.