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Volví al día siguiente tal como había acordado. Le devolví su
vehículo y le traje unos libros de cuentos infantiles para sus pequeños hijos,
más una bolsa de frutas del supermercado. No pude en esta ocasión ver a su
madre, de modo que me despedí de mi amigo con un abrazo y un fuerte apretón de
manos. Pude sentir nuevamente una energía dentro de mí inmediatamente después
de estrechar sus callosas manos. Camino a casa, recibí una llamada de unos amigos que hace algunos
años había conocido en el extranjero. Me
llamaban pues querían saber mi opinión acerca de la casa que querían comprar en
una zona de San Salvador. Por lo visto,
mi visto bueno era vital para ellos, pues era la segunda vez que inspeccionaban
dicho inmueble ubicado en la Colonia Centroamérica, y no conocían San
Salvador. Les comenté que la zona no era
mala, sin embargo por una cantidad de dólares más,
podrían comprarse una casa similar, un poco menos grande en una zona más
tranquila, de acuerdo a su edad y estilo de vida. Los ubiqué en la zona de San Benito, Avenida
la Capilla. Les pareció mi sugerencia
por la cercanía a cafés locales, museo, tiendas de artesanías, restaurantes y
demás. Contentos con su nueva perspectiva de compra, nos despedimos y cansado
regresé a casa. Aunque nunca lo hacía, sentía la necesidad de tomar una pequeña
siesta. Me quedé profundamente dormido. Así pude visualizar que mis
sugerencias habían sido las correctas. Pude ver enfrente de mí una figura
masculina en forma de humo blanco posándose en una de las casas que antes había
sugerido, así como también otra figura de humo ocre suave de forma femenina.
Era asombroso, pero pude percibir que mis dos sugerencias eran no solamente correctas sino que aprobadas. Pude sentir que no estaba solo mientras
pensaba en el abrazo y apretón de manos de mi amigo el campesino. Tal pareciese
que a través de dicho abrazo me había regalado algo que no tenía palabras para
explicarlo, estaba alegre y feliz sin explicación alguna. Salí a caminar y decidí ir a la librería a comprarme un libro de
Esopo y sus fábulas. Entré a la librería
donde trabajaba mi amigo José Manuel y le encontré un poco resfriado o con
alergia debido a que estaba haciendo el inventario en la librería. Le mencioné lo que buscaba y me dijo que me
traería el libro en la versión más económica, que le esperara unos minutos pues
estaba atendiendo una
llamada en el teléfono del local. Al verlo la dueña de la
librería le preguntó si se sentía mal, mi amigo le dijo que un poco. La dueña
le dijo que en seguida volvía. La empresaria regresó con un spray para desinfectar
el teléfono que él había usado. José Manuel y yo pensábamos que vendría con una
pastilla o algo similar. No quise reírme
por no avergonzar a mi amigo. Simplemente cogí el libro y salí cuanto antes de
la librería ¡para reírme afuera!! Abandoné el local y me dirigí a mi rutinario lugar para degustar mi
café favorito, ahora con mi libro de Esopo. En silencio mientras lo ojeaba, no
paraba de reírme solo a raíz del recién incidente. En unos minutos se uniría
José Manuel, pues le había invitado a que almorzáramos juntos en dicha cafetería
de la Plaza Basilea. Una vez juntos comentábamos del incidente y esta vez reímos
ambos a carcajada entera, no sin antes lanzar improperios a lo mayúsculo. Le comenté a José Manuel de mi amigo el campesino y lo que estaba
aconteciendo después del abrazo de despedida. Me comentó que se unía a mi
alegría de recibir tan precioso regalo espiritual, por haber estado en el
lugar, tiempo y con la persona correcta. |
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