Mi amigo el campesino (Segunda parte)
The Fernet-Branca man


Volví al día siguiente tal como había acordado. Le devolví su vehículo y le traje unos libros de cuentos infantiles para sus pequeños hijos, más una bolsa de frutas del supermercado. No pude en esta ocasión ver a su madre, de modo que me despedí de mi amigo con un abrazo y un fuerte apretón de manos. Pude sentir nuevamente una energía dentro de mí inmediatamente después de estrechar sus callosas manos.

Camino a casa, recibí una llamada de unos amigos que hace algunos años había conocido en el extranjero. Me llamaban pues querían saber mi opinión acerca de la casa que querían comprar en una zona de San Salvador. Por lo visto, mi visto bueno era vital para ellos, pues era la segunda vez que inspeccionaban dicho inmueble ubicado en la Colonia Centroamérica, y no conocían San Salvador. Les comenté que la zona no era mala, sin embargo por una cantidad de dólares más, podrían comprarse una casa similar, un poco menos grande en una zona más tranquila, de acuerdo a su edad y estilo de vida. Los ubiqué en la zona de San Benito, Avenida la Capilla. Les pareció mi sugerencia por la cercanía a cafés locales, museo, tiendas de artesanías, restaurantes y demás. Contentos con su nueva perspectiva de compra, nos despedimos y cansado regresé a casa. Aunque nunca lo hacía, sentía la necesidad de tomar una pequeña siesta.

Me quedé profundamente dormido. Así pude visualizar que mis sugerencias habían sido las correctas. Pude ver enfrente de mí una figura masculina en forma de humo blanco posándose en una de las casas que antes había sugerido, así como también otra figura de humo ocre suave de forma femenina. Era asombroso, pero pude percibir que mis dos sugerencias eran no solamente correctas sino que aprobadas. Pude sentir que no estaba solo mientras pensaba en el abrazo y apretón de manos de mi amigo el campesino. Tal pareciese que a través de dicho abrazo me había regalado algo que no tenía palabras para explicarlo, estaba alegre y feliz sin explicación alguna.

Salí a caminar y decidí ir a la librería a comprarme un libro de Esopo y sus fábulas. Entré a la librería donde trabajaba mi amigo José Manuel y le encontré un poco resfriado o con alergia debido a que estaba haciendo el inventario en la librería. Le mencioné lo que buscaba y me dijo que me traería el libro en la versión más económica, que le esperara unos minutos pues estaba atendiendo una llamada en el teléfono del local. Al verlo la dueña de la librería le preguntó si se sentía mal, mi amigo le dijo que un poco. La dueña le dijo que en seguida volvía. La empresaria regresó con un spray para desinfectar el teléfono que él había usado. José Manuel y yo pensábamos que vendría con una pastilla o algo similar. No quise reírme por no avergonzar a mi amigo. Simplemente cogí el libro y salí cuanto antes de la librería ¡para reírme afuera!!

Abandoné el local y me dirigí a mi rutinario lugar para degustar mi café favorito, ahora con mi libro de Esopo. En silencio mientras lo ojeaba, no paraba de reírme solo a raíz del recién incidente. En unos minutos se uniría José Manuel, pues le había invitado a que almorzáramos juntos en dicha cafetería de la Plaza Basilea. Una vez juntos comentábamos del incidente y esta vez reímos ambos a carcajada entera, no sin antes lanzar improperios a lo mayúsculo.

Le comenté a José Manuel de mi amigo el campesino y lo que estaba aconteciendo después del abrazo de despedida. Me comentó que se unía a mi alegría de recibir tan precioso regalo espiritual, por haber estado en el lugar, tiempo y con la persona correcta.