México: Agustín Monsreal Premio Nacional de Literatura 2025
Washington Daniel Gorosito Pérez


Inicio este artículo con un hermoso pensamiento del escritor galardonado con el premio Nacional de Artes y Literatura 2025, en la categoría de Lingüística y Literatura: “La Literatura es para mí un destino, no un negocio”.

Para Agustín Monsreal (Mérida, Yucatán, 1941), ganador del máximo premio que otorga el gobierno de México, el galardón significa cerrar más de seis décadas dedicadas al cuento, a la lengua, así como también a la formación de lectores y escritores.

Al recibir la noticia del premio, le comentó a La Jornada que externó: “Qué manera de despertarlo a uno, caray”, respondió el escritor yucateco, todavía entre el sueño y la incredulidad. Considera que el premio confirma que: “el trabajo no ha sido en vano”.

El jurado del premio, entre otras virtudes de su escritura destacó su: “devoto y minucioso cultivo de la lengua”, así como su aporte a la formación humana y literaria de varias generaciones.

Humildemente el escritor comentó compartir el premio, con sus maestros y compañeros de ruta: Augusto Monterroso, Edmundo Valadés y Juan Rulfo, y con todos aquellos que ha compartido “la pasión literaria y el gusto por el oficio”.

Su obra poética está integrada por: “Canción de amor al revés”; Punto de fuga y Cuadernos de estraza”. Entre otros galardones ha recibido el Premio Nacional de Cuento en 1978 y 1979; y el Premio “Antonio Mediz Bolio” en 1987.

Monsreal de 84 años, considera que algo muy importante es su estilo de trabajo, en el que la constancia ha sido la clave de su trayectoria, y que en los últimos 15 o 20 años, no ha dejado de publicar un libro por año. Afirmó: “Seguir con una pasión indeclinable ha rendido un fruto muy valioso”.

Sostiene que llegó tarde a la literatura, ya que en su casa no había libros ni tradición lectora, sin embargo el teatro fue la puerta de entrada a las letras, ya que a los 21 años estudio actuación y tuvo su primer contacto con los clásicos griegos.

“Con Sófocles, Esquilo y Eurípides, aprendí a leer de verdad”. Desde ese momento entendió que el lenguaje sería su principal instrumento. Sostiene que “la Literatura no se trata de calcar la realidad, sino de inventarla”. “Cada historia parte de un suceso mínimo que, al resonar interiormente, merece ser contado. No basta con algo agradable o anecdótico; tiene que haber un conocimiento, una exploración de la condición humana”, sostuvo el poeta yucateco, radicado en la Ciudad de México. Agustín Monsreal es muy crítico de la llamada profesionalización de la literatura, es tajante en su dicho: no escribe por encargo ni para adaptarse a modas o concursos.

“Hay quienes tienen algo que contar, pero no algo que decir”. Para Monsreal la escritura es “un juego mucho más serio” que la búsqueda de prestigio o reflectores; afirmó el narrador que su escritura nace de la confluencia entre memoria e imaginación, dos territorios que no deja separar del todo.

El escritor yucateco, confiesa haber heredado de la cultura maya, la cadencia, el ritmo, y la musicalidad que atraviesa su prosa. Continuará “haciendo lo único que se hacer en la vida, volver al libro como objeto, al acto físico de leer y a escribir a mano”.

Cuando cumplió sus 75 años, en un evento literario realizado en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, el Premio Nacional de Poesía Punto de Partida 1980, expresó:

“Para mí el trabajo literario ha sido el de siempre: inventar la realidad para ponerla en el mundo y hacer que el mundo también tenga algo nuevo para poder publicar, Si algo debo confesar es que he cometido el mejor de los pecados que un hombre puede cometer: he sido feliz, y eso se lo debo a la literatura”.

La escritora Rosario Castellanos (1925- 1974), una de las escritoras mexicanas más reconocidas a nivel nacional e internacional; expresó: “Envidio en Agustín Monsreal la cantidad de “mundo” que posee, su familiaridad con los grandes textos de los grandes autores. Ah, y su ironía”.


Comparto el siguiente texto de Agustín Monsreal:


GENTE DE LETRAS

Mi mujer y yo hemos peleado, no nos dirigimos la palabra.

Antes de acostarnos le dejo una nota sobre el buró:

por favor despiértame a las siete.

A la mañana siguiente un exceso de luz me hace abrir los ojos,

las nueve y media.

Junto al reloj un recadito:

Despiértate, ya son las siete.