La sombra alargada que
camina en sentido contrario a mí se fusionará con la mía en esta noche de luna
roja. Lo sé y nada ni nadie puede evitarlo, y menos yo. Es diciembre, un
diciembre oscuro de atmósfera asfixiante. No podía dormir como tantas veces
después de esos sueños extraños, sin lógica, que se acababan instalando
acomodados en un rincón amargo de la locura en mi subconsciente, o ¿no era
locura sino un presentimiento? Esta escena no era la primera vez que la vivía
junto a mi terror ante lo inexplicable, pero al final, como en mis sueños cada
sombra tomaba un giro inesperado o me despertaba sobresaltada antes de ese
crucial encuentro de sombras difusas percibidas en un cruce, Juan Alvargonzalez con Carantoña en Gijón, o en mi origen, una
antigua carbonera del madrileño barrio de Malasaña, en una plaza asomando a la
calle Pez. Pero está vez sería diferente. Se iban a fusionar como en un acto de
amor o terror, el presente y el pasado, lo real de lo imaginario. Lo sé con la
certeza que esto acabará provocando mi muerte. La noche es estrellada y las
lágrimas de San Lorenzo enseñan tal belleza que su contemplación es mágica.
Mirar su reflejo estelado repleto de estrellas fugaces es como entrar en otra
dimensión. Es una paz tan intensa que me inunda, que hacía tiempo que no
sentía, que por un momento deseé seguir eternamente ante este firmamento. Pero
un sonido amortiguado de pisadas conocidas me obligó a desviar la mirada.
Divisé esas sombras alargadas que me atormentaban, combinando el deseo y el
miedo. El aroma de la dama de noche impregna el ambiente. Me provoca un ligero
vértigo por un instante. Creí que el suelo me acogería cómo al indigente ayer,
o tal vez no fue ayer y se volvería a repetir ese último instante vital para un
ser vivo, y esta vez sería yo. Recuerdo el beso frío de la muerte rozando mi
boca, o tal vez fue mi boca, sinónimo de muerte que absorbió el alma de ese
vagabundo. Hoy camino esperando, observando las sombras de las almas que maté
buscando venganza. Llegó el momento, lo sé, siento que mi momento de expiación ha llegado.Una explosión interna, una fuerza irracional
se introduce en mi cuerpo, en el mismo instante en que se junta la sombra
alargada con la mía y nació el olvido. Un segundo después cayó el cielo negro,
las lágrimas de San Lorenzo se apagaron y la noche más negra de mi vida
absorbió mi alma.
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