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Amira
de
Selene era una niña un tanto díscola. Todos se cubrían los oídos cuando llegaba
Amira de Selene, porque Amira de Selene siempre hacía mucho ruido. Un día
caminó ella sola con los oídos tapados, como hacían sus amigos cada vez que la
veían. Y así llegó a la orilla de una quebrada. Sin mirar para otro lado, se
fue directo a una gran roca justo bajo un ciprés, al lado del que brillaba
plácidamente un profundo remanso de aguas verdeazuladas.
Amira de Selene se sentó sobre la roca, cruzó las
piernas como un santón, recogió sus dos largas trenzas rubias y se agachó lo
más que pudo para verse bien su rostro pecoso en el espejo del agua de ese
remanso. Miró los gajos de los árboles moviéndose por el viento, vio volar pájaros,
libélulas y muchos insectos más en el reflejo del agua, sin voltear a mirarlos
de verdad. Así le llegó la noche.
Ya
en la oscuridad, Amira de Selene no podía ver pájaros ni insectos en el espejo
del agua. Algo más fascinante se movía en las aguas: rayos veloces que cruzaban
las nubes oscuras en el cielo, y de pronto, una luz intensísima que la hizo
saltar de emoción. Se puso de pies sobre la roca y no supo en qué momento
desenredó sus piernas ni cómo sus trenzas se soltaron, desparramando su rubia cabellera
sobre los hombros.
Amira de Selene saltó de piedra en piedra hasta la
otra orilla de la quebrada para alcanzar una loma desde donde podría ver mejor
lo que pasaba en el cielo.
Varias horas se quedó mirando esa luz que se movía
lentamente hacia ella. Alzó sus manos y la luz la levantó del suelo hasta
hacerla invisible.
Cada vez que los niños recuerdan a Amira de Selene,
miran el cielo y sonríen. |
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