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La vida del Sr. Pérez comenzaba cada
mañana en el mismo punto donde se había quedado la noche anterior. En ese
preciso momento una voz distante daba las noticias del día, mientras, el Sr.
Pérez se incorporaba en la cama para calzarse las zapatillas de andar por casa
y ponerse su batín de seda. Tras ducharse, afeitarse y peinar el poco pelo que
le quedaba, se vestía con la ropa que había preparado el día anterior: el
pantalón de pana, el jersey de punto, sus impolutos zapatos de piel y por
supuesto una de sus pajaritas que adornaban su vestimenta habitual. Como si de un ritual se tratara,
doblaba el pijama para guardarlo en el tercer cajón, al igual que colgaba de
una percha su batín o guardaba las zapatillas en su correspondiente
compartimento dentro de aquel invento maravilloso del que se sentía orgulloso
de poder disfrutar, su armario. Posteriormente hacía la cama procurando, y
consiguiendo, no dejar ninguna arruga, para después desayunar un café solo y
sin azúcar acompañado de una galleta tan solitaria como aquella mañana de
otoño. Al salir por el portal le dio las
llaves al portero diciéndole que esa misma mañana vendrían a enmoquetarle el
salón. “ Ya sabe usted que el invierno se acerca y una moqueta siempre mantiene
mejor el calor del hogar”- le había dicho al alejarse, él vivía solo y la
persona en la que más confiaba era el portero de su bloque, ese buen hombre
lleno de humildad que consumía su tiempo libre ojeando su lectura preferida, el
marca. De esta manera se dirigió a la oficina en la que trabajaba diez horas
diarias llevando la contabilidad de una multinacional de cosméticos, su trabajo
era su vida, se podría decir que vivía para trabajar. Aquel día se le hizo más largo que de
costumbre ya que estaba ansioso por llegar a casa para ver como había quedado
el salón con la moqueta recién puesta. Cuando abrió la puerta de su casa sintió
todo el cansancio acumulado durante la jornada laboral sobre sus hombros, pero
pudo más la enorme ansiedad que le provocaba llegar al salón y ver su nuevo
inquilino, y así fue, al entrar al salón la enorme felicidad que sintió en su
interior al descubrir la moqueta pudo más que el cansancio, en mitad de su
salón y sintiendo el calor de su moqueta bajo sus pies se sintió dichoso de la
vida que tenía. Decidió no hacer esperar más a su nueva compañera, se puso el
pijama, guardo en el armario la ropa que llevaba puesta, cogió un libro y se
sentó en una silla junto a la pared del salón. Podía sentir, mientras leía, el
suave tacto de la moqueta en sus pies descalzos, era reconfortante, le parecía
que estaba recibiendo un masaje, su actual estado de relajación le hizo
desechar cualquier síntoma de cansancio en su cuerpo, se sentía
extraordinariamente bien. Pero de pronto sintió algo extraño, apartó la vista
del libro y dirigiéndola hacía la moqueta descubrió algo inaudito, justamente
debajo de la mesa donde estaba la lamparilla que alumbraba su lectura había una
arruga, insignificante para cualquier ser humano, pero intolerable para el Sr.
Pérez. Estaba indignado con la chapuza de
trabajo que habían realizado, rápidamente se agachó y trató de aplastar la
arruga pasando la palma de su mano por la moqueta, cuando comprobó que su
estrategia no funcionaba se fue refunfuñando hacia el dormitorio en busca de la
plancha. Pero la arruga se mantenía inalterable ante todos los recursos
del Sr. Pérez, había sido derrotado por
una insignificante arruga; exhausto y fracasado descolgó el teléfono y marcó el
número de la tapicería, respetuosamente explicó al dependiente lo que ocurría
con su moqueta y éste, le dijo que no se preocupara, que mañana mismo irían a
colocarla de nuevo. El Sr. Pérez estaba sumamente
disgustado, se le había quitado el apetito y no soportaba la idea de permanecer
en el salón estando allí aquella arruga alterando el orden de su hogar, así que
decidió irse pronto a la cama, iniciando de este modo el ritual de todas las
noches, lavarse la boca, limpiar sus gafas... Al día siguiente su vida continuó de la
misma manera que el día anterior, a lo largo de la mañana se mostró algo
preocupado, pero con el paso de las horas y con los importantes asuntos que
debía resolver se fue tranquilizando, se decía a sí mismo que cuando volviera a
casa podría disfrutar por fin de su moqueta nueva, estaba convencido de que los
de la tapicería harían correctamente su trabajo: “total, un fallo lo tiene
cualquiera”- se decía. Cuando salió del trabajo estaba tan
cansado que ya ni recordaba el percance del día anterior, tan solo pensaba en
llegar a casa, ponerse el pijama y descansar. Al entrar por la puerta dirigió
sus cansados pies hacía el dormitorio, mientras se desvestía un recuerdo le
invadió de pronto, !! la moqueta!!, corrió hasta el salón como si su vida fuera en ello y al llegar allí creyó que el
corazón le daba un vuelco. No podía ser cierto lo que veían sus ojos, la
arruguita ya no existía, en su lugar había una señora arruga. No estaba
enfadado, estaba furioso, su primera reacción fue saltar sobre la arruga con
violencia mientras insultaba tanto a la moqueta como a los empleados de la
tapicería. Puede que resulte complicado lo de saltar con violencia pero
realmente él lo había logrado. El espectáculo resultaba dantesco,
menos mal que nadie podía disfrutar de el, porque no es muy frecuente ver a una
persona adulta saltando en calzoncillos y con calcetines de ejecutivo sobre una
arruga, que aunque indomable, no dejaba de ser una arruga; poco a poco su
frecuencia de saltos fue disminuyendo, al igual que el volumen de sus insultos,
al cabo de un rato acabó desplomándose sobre la silla situada junto a la pared,
donde el día anterior se había sentado para disfrutar de su nueva adquisición
doméstica. Observó como la arruga persistía en su empeño de amargarle la vida,
“ ¿qué he hecho para merecer tal calvario?”-pensó. Alzó la vista al cielo para
encontrar allí la respuesta a su pregunta pero no halló más respuesta que el
color pálido del techo de su salón, “suele pasar”- pensó-, “nunca está cuando
se le necesita”. Después de unos minutos de reflexión
acerca de lo que le estaba sucediendo, unió toda su rabia y marcó el número de
teléfono de la tapicería. Explicó nuevamente al dependiente lo que había en su
moqueta, pero esta vez toda la amabilidad había desaparecido de su tono de voz.
El dependiente le pidió mil disculpas, decía que lo sentía mucho y que no se
preocupara, que no volvería a suceder, mañana volverían y dejarían su moqueta
tan lisa como la de la mismísima reina de Inglaterra. El Sr. Pérez aceptó
malhumorado, diciendo entre dientes que más les valdría que así fuese, que si
al día siguiente no se la dejaban como él quería era capaz de llevarles a los
tribunales por daños y perjuicios. Con esta frase concluyó la conversación y
colgó el auricular, tuvo un momento de satisfacción, había desatado su ira y se
encontraba a gusto. Al mirar de nuevo la arruga sintió un escalofrío que le
recorrió el cuerpo, no podía estar en presencia de tal desorden. Se le quitaron
las ganas de todo y, como ya ocurriera la noche anterior, se acostó sin cenar,
a pesar de que el reloj acababa de dar las ocho de la tarde. A la mañana siguiente nada era igual,
apenas había logrado dormir un par de horas y en ese transcurso de tiempo había
sufrido innumerables pesadillas, siempre relacionadas con el mismo asunto.
Aquella mañana no se duchó, ni desayunó, salió de casa lo más rápidamente
posible, necesitaba huir de aquel lugar. En el trabajo los nervios le dominaron durante toda la jornada, no
daba pie con bola, no hacía más que pensar en lo que estaban haciendo en su casa, se preguntaba constantemente: ¿ lo
estarán haciendo bien?, ¿ acabarán por fin con esa maldita arruga?; no podía
apartarlo de su mente, sentía la necesidad de ir a aquel lugar donde habitaba,
aquella casa que había sido invadida por el más absoluto desorden. Miraba el
reloj cada cinco minutos, hasta que por fin dieron las siete de la tarde. A
punto estuvo de atropellar a una pobre viejecita, se llevó por delante el carro
de la compra de un asombrado transeúnte e incluso quebrantó alguna que otra
norma del código de circulación, pero logró su objetivo... llegar a casa siete
minutos y trentaitres segundos antes de lo habitual, hazaña merecedora de
aparecer en su diario. Le sudaban las manos y sentía un
terrible temblor en las piernas, cuando la llave entro y giró el picaporte.
Entró en el recibidor, las gotas de sudor resbalaban por su frente, puso la
mano en el pomo de la puerta del salón y la abrió suavemente. Silenciosamente,
como si temiera que alguien le fuera a escuchar, se acercó hacia el lugar donde
el día anterior estaba la arruga. Tenía
miedo de volver a verla allí, pero juntó todo el valor del que disponía
y dio un salto, como si quisiera asustarla. Y no fue así, ni mucho menos. Para
desesperación del Sr. Pérez la arruga permanecía allí, inmóvil sobre su suelo
enmoquetado, había aumentado considerablemente su tamaño, era del tamaño de un
balón de fútbol. Sin pensárselo dos veces cogió la silla de la pared, aquella
en la que un día acaricio la felicidad, y la alzó sobre su cabeza, en su rostro
se reflejaba el odio que sentía hacía ella, y golpeó la silla contra la arruga
con una violencia desconocida. Pero esta no se dio por aludida, es más parecía
sonreírle como queriendo decirle: “ mira, ni un rasguño”; no corrió tanta
suerte la silla, la cual se partió en pedazos. Llegado a este punto al Sr. Pérez no le
quedaban más recursos, la arruga le había vencido y como de nada valía desatar
su ira contra ella, decidió hacerlo contra el dependiente de la tapicería, el
cual le mandó a la mierda a él y a su moqueta, decía que no existía ninguna
arruga y menos del tamaño de un balón de fútbol, que aquello eran invenciones
suyas, ellos no habían visto absolutamente nada anormal en aquella moqueta.
Mantuvieron una acalorada discusión durante casi media hora, la conclusión fue
que al día siguiente los de la tapicería se llevarían su moqueta y le
devolverían el coste de la misma, pero no del trabajo realizado. El Sr. Pérez
estuvo de acuerdo. Las horas posteriores a este suceso
fueron extrañas para el Sr. Pérez, no se concentraba en nada, no tenía hambre,
ni podía conciliar el sueño, andaba apesadumbrado por la casa sin ganas de
hacer absolutamente nada. Parecía ausente del mundo, no hacía más que pensar en
la arruga, la dichosa arruga. Acabó por sentarse frente a ella y comenzó a
observarla, fue descubriendo poco a poco detalles que le eran desconocidos
hasta aquel momento, las curvas que tenía su forma, la belleza de su color, el
gracioso hilito que salía de su parte superior... De pronto su curiosidad
estaba sintiéndose atraída por aquel pequeño ser, con sumo cuidado la acarició
y descubrió la suavidad de su textura, la agradable sensación de sentir sus
dedos deslizándose sobre ella; se tumbó a su lado y la miró fijamente, sentía
una placentera sensación en su cuerpo al abrazarla y poco a poco se quedó
dormido a su lado. Cuándo abrió los ojos creyó despertar
en el paraíso, pero aquello era algo mejor, estaba en su hogar, !!su hogar!!, y
a su lado estaba ella, habían pasado la noche juntos y se sentía como un niño
estrenando zapatos nuevos. Andaba por el pasillo con una sonrisa inmensa en su
rostro, no alcanzaba a comprender que le estaba pasando, pero aquello no debía
ser malo. Estuvo mucho tiempo en la ducha entonando canciones que había
detestado durante toda su vida y se preparó un abundante desayunó, con un par
de tostadas rebosantes de mermelada y un gran tazón de café recién hecho. Se
disponía a disfrutar de tal manjar cuando cayó en la cuenta de que llegaba
tarde al trabajo, pero no le importó, decidió tomarse el día libre, el primero
en veintisiete largos años, aquella mañana sentía que se lo merecía. Al pasar por el salón la miró, aun
dormía, tan dulce y hermosa, no pudo evitar un suspiro. Entonces recordó que en
breves instantes iban a separarla de su lado, se la iban a llevar. Aquello no
podía suceder, ¿qué haría sin ... ?. En ese preciso instante sonó el timbre de
la puerta, sintió morir, no sabía que hacer, no podía permitir que les
separaran. “No, ahora no”, se lamentó. El timbre volvió a sonar una y otra vez,
escuchó la voz de su portero al otro lado de la puerta preguntando si se
encontraba bien, si ocurría algo, que ya habían llegado los de la tapicería.
Esto le dolió en el alma. No podía permitir que quebrantaran la paz de su
hogar, pero tenía demasiados problemas en la cabeza y no sabía que hacer. Todo
se le venía encima, el sonido del timbre, la voz del portero, los de la
tapicería y por supuesto la imagen de ella, con su inocente desnudez durmiendo
en el salón. Comenzó a nublársele la mente
y se desplomó sobre la moqueta. Cuando recobró el conocimiento se
habían marchado el portero y los de la tapicería, “seguramente se cansaron de
esperar a que abriera y se marcharon pensando que me encontraba indispuesto”-
pensó. Comprobó que estaban solos otra vez, nada podía superar aquel momento.
Decidió que nada ni nadie se interpusieran entre los dos y así fue; desde
entonces su soledad se vio acompañada por aquel pequeño ser inerte que había
dado sentido a su invariable vida. |
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