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Llegué tarde
como siempre, pero esta vez al menos lo hice, a la conclusión de que el temor
que tanto me había atenazado y hecho dudar se convertía en una odiosa realidad.
Estaba literalmente anulado por lo que acontecía, incapaz de dar un movimiento
hacia delante sin errarlo, sabedor hasta la lucidez más cruel de que el
descalabro me abatía y de que sólo un giro que en ese momento no era capaz de
dar en solitario, me daría la esperanza de seguir al menos un poco más. Llegar ahí fue una odisea, un laberinto
esperpéntico de situaciones macabras que iban desencadenando una sensación de
frustración tal que mi rostro palidecía sólo de recordar lo vivido. Miré al suelo otra vez y me creí ver
delirante boca arriba, moviéndome convulsamente, girando de un lado a otro con
los ojos muy abiertos y sólo esperando una mano amiga que acabara con el
sufrimiento. Bajé la cabeza y miré mis manos.
Amarillas de falta de vida, con asquerosas manchas negras, cada una de ellas
representando un dolor peor que metralla
que estallara en medio del corazón, y luego volví a ver esa herida, esa cruel
mancha roja que no acababa de desangrar. Intenté llegar a la cama y sólo lo
conseguí arrastrándome. Boca abajo, bilioso, insatisfecho, muerto en vida, supe
que por desgracia seguía sin ser el final. Implacables murmullos acompañaban
una vez más mi derrota. Eran las mismas voces de siempre, ese ritual que no
quiere parar nunca cuando las cosas van mal, esas risas reales o no que siempre
están ahí, ese maldito perro que ladra pero que no está porque si te asomas por
la ventana no aparece por ninguna parte. Pasaron horas. Me levanté ansioso en medio de la noche
y traté de poner la radio, que se me caía de mis manos temblorosas. Era un
programa que había escuchado otras veces. La gente llamaba y regalaban cosas.
Fui al baño, y mientras orinaba supe que iba a caer de nuevo. No tenía fuerzas
para seguir viviendo, pero tampoco para prescindir de aquello. Al menos esta
vez, tuve valor para mirarme al espejo y odiarme a conciencia antes de inyectarme
más muerte. Me miré rígido con la crudeza implacable del caído consciente, de
la torre que intenté ser y que ahora no era sino arena invisible. Como pude
apagué el transistor, que cayó al suelo, y abrí el cajón maldito. Allí me
esperaba impasible, segura de que volvería por ella. Sobreviví a aquella noche, tras entrar
en coma y estar muy cerca del fin. Ahora, tres meses después, estoy en un
centro de rehabilitación. Dicen que mejoro pero que hay que ser prudentes. Me
he intentado refugiar en los libros, la pintura y otras cosas con las que aún
hoy no puedo llenar una vida que siempre me superó porque no pude entenderla,
ni tan siquiera considerarla como mía. Y aunque a veces consigo evadirme y
olvidar esos momentos, nunca, nunca, podré superar del todo los fantasmas que
me acecharon mientras estaba hundido en la droga. Que son los que vinieron por
mí cuando trataba de huir de los fantasmas de la vida. |
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