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Cuando, al
despertarme, vi a mi madre sollozar mientras cobijaba mis manos entre las suyas,
supe que esta peculiar característica mía podía costarme un disgusto. Creí
conveniente guardar el secreto para mí. No era recomendable dar a conocer la propia
debilidad porque siempre hay alguien dispuesto a sacar provecho de ella. A este error con el que fui nacido lo llamé ausencia. Ausencia
de vida, ausencia de mí mismo. Un ligero paréntesis en la continuidad de la
existencia hacia el largo sueño. Temiendo la reacción de los físicos y del
clero a mi mal no acudí a ninguno de ellos buscando consuelo ni orientación.
Sabía de quien había sido encerrado toda su vida por cosa menos extraña. Pero
como tampoco encontraría mucho amparo encomendándome a la Divina Providencia me
era menester buscar el modo de evitar unas funestas consecuencias. No veía con
agrado la posibilidad de despertar amortajado y bajo un metro de tierra. Calculé con
la mayor precisión que pude cuál había sido mi ausencia de más días y le añadí
uno. Con ello en mente me dirigí a modificar mi testamento incluyendo en él una
cláusula por la que disponía que mi entierro solo pudiera realizarse a la sexta
jornada de mi muerte. Para disgusto mío fue denegada mi solicitud. Las
recientes pandemias obligaban a la inhumación inmediata y tan solo la más alta
aristocracia podía gozar de unos funerales largos de cuerpo presente. Bien,
necesitaba uno de esos títulos y sólo había dos formas de conseguirlo, por un
favor real o mediante un venturoso matrimonio. Descarté la primera opción. Para
cuando yo hiciera méritos suficientes que me procuraran las bendiciones
imperiales me podía haber muerto unas cuantas veces. Sólo quedaba casarme. Por
fortuna, si mi legado no contaba con grandes títulos, sí venía cargado con una
notable riqueza que me permitía moverme entre círculos principales, único lugar
donde encontrar dama de suficiente alcurnia que me garantizara un entierro con
un largo velatorio. No tardé en ponerme manos a la obra. En mi afán
por contraer ventajosas nupcias participé de cuanta fiesta y regocijo se puso a
mi alcance hasta que, entre baile y baile, escuché lo que podía ser mi
salvación. Empezaba a ser conocida la desesperación de un archiduque por la
soltería de su única hija, heredera de su título. Al parecer el grave pecado de
tan insigne doncella, que le hacía tan difícil el casamiento, era su fealdad.
Mi decisión fue inmediata, ¿qué precio era ese si lo que estaba en juego era mi
propia vida? Contaba los días que me separaban de la que ya consideraba mi
futura esposa. Cuando me
llegó la invitación a la cena en casa del archiduque una inquietud se apoderó
de mi cuerpo. ¿Y si algún hombre se me adelantaba ahora que lo tenía tan cerca?
Este pensamiento me acució de forma implacable hasta el momento en que crucé,
vestido con mis mejores galas, la puerta del palacio archiducal. Me ofrecieron
una copa de licor y, mientras los asistentes intercambiábamos unos primeros saludos
esperé con ansia la presencia de la hija del anfitrión. Apareció del
brazo de su padre y se produjo el silencio. ¡Era fea! Pero fea, fea. Por el
ángulo que se le viera no parecía encontrársele un perfil mejor, y es que, en
definitiva, era fea. Un ogro elevado a la enésima potencia, la ganadora del
concurso de los espantos, la Elvira de Espronceda en el último verso. Qué
ingenuo, unas horas antes, preocupado porque alguien pudiera quitármela. Oh,
Dios. ¡Qué fea era! Pasamos sin dilación a la mesa, precedidos de
aquel engendro malparido y, sin tiempo aún para haber digerido la primera
impresión, fui sentado frente a ella. Intentaba distraer mis ojos poniendo
mayor atención en los suculentos platos que nos traían a la mesa que la que
dedicaba a su persona pero el esfuerzo era inútil. Los granos de su cara eran
tan grandes que podían haber sustituido a los champiñones del risotto y me hacía
apuestas a mi mismo sobre cuántos
litros de consomé serían capaces de absorber esas inmensas fosas nasales o,
acaso, sería más interesante ver despeñarse una albondiguilla por ese
interminable campo rugoso que era su frente, interrumpida, apenas, por unos
escuetos mechones mal puestos. Entre bocado
y bocado me fui sobreponiendo a la turbación del impacto inicial. Recordeme que
yo no había acudido allí por su belleza, bien podía imaginarlo cualquiera, sino
con el único objetivo de desposar a aquel error de la naturaleza. Así, echando
escrúpulos a un lado, me puse a la faena y comencé la conquista. Entablamos una
ligera conversación pero sus oportunos comentarios quedaban ensombrecidos por
el desagradable rictus de su boca. Sus pequeños ojos hundidos me perseguían en
cada uno de mis gestos como si mis palabras no fueran suficientes para un buen
entendimiento. Su conversación, que en otro rostro habríame parecido profunda e
interesante, me hastiaba y provocaba en mí extremado fastidio, obstáculo que
superé desplegando en el empeño todo un arte de seducción, que redujo al mínimo
sus parlamentos, y que, poco a poco, me permitió convertirme en su centro de
atención. Cuando llegaron los postres su turbación era tal que me hallé feliz
ganador del premio. Un premio horroroso, eso sí. La pedida de
mano fue un acto más populoso de lo habitual. La noticia había causado tal
asombro que muchos quisieron comprobar in situ que no se trataba de una ficción
y yo me vi convertido por unas horas en un mono de feria. Los murmullos no
cesaron durante toda la ceremonia y no creo estar errado si pienso que en esas
voces se me dedicaban epítetos poco amables. Cuando la función hubo terminado
mi nueva familia me recibió con todos los parabienes y yo me despedí en el
jardín de mi particular Medusa pensando si tendría la suerte de que apareciera
Perseo una vez me hubiera casado. Hubo mucha
pasión en mi noviazgo pero más parecida a la del Via Crucis. Escudándome en el
respeto que le profesaba evité cualquier contacto físico que implicara cierta
intimidad. El roce de su mano, única parte de su anatomía que me atrevía a
tocar, me producía tal repulsión que sentía como si una bocanada de fuego se me
comiera el brazo. Y así pasaron los días hasta que llegó el momento de la boda. Nadie de mi
entorno se había atrevido a pronunciar palabra sobre mi enlace, como yo, en su
lugar, tampoco habría osado hacerlo pues me vería obligado a elegir entre una
burda mentira o una verdad dolorosa que bien pudiera costar una amistad. Tan sólo
mi madre, testigo de mis ausencias, adivinaba los motivos que me habían llevado
a tan drástica decisión y me ayudaba, silenciosa, en mi engalanamiento. De
pronto un pensamiento me turbó. ¿Cuándo había sido mi última ausencia? Apenas
era capaz de recordarlo. ¿Habría superado ya el problema? De ser así, la mujer
a la que desposaría en unas horas, lejos de una salvación se convertiría en una
condena. Pero el
riesgo era tan grande que creí más prudente continuar con mi plan, pues tiempo
tendría después de organizarme una vida más a mi gusto. Terminé mi
acicalamiento y bajé presuroso a la carroza que me conduciría a la iglesia.
Cuando mi madre se acomodó a mi lado los caballos iniciaron su marcha. Mi paseo hacia el altar fue
espectadísimo pero no triunfal. En todos los ojos encontraba la misma duda
‘¿Quién era ese hombre que estaba dispuesto a casarse con semejante adefesio?’
Algunos me miraban con compasión, otros inquisitoriales pero ninguno tuvo un
gesto de comprensión hacia mí. Ya me encontraba parado esperando a mi novia,
aguardando el momento en que ese espejismo del averno hiciera su entrada y de
nuevo me asaltaron las dudas. ¿Merecía la pena? A cada segundo que pasaba más
convencido estaba de que no volvería a sufrir más ataques, que aquella boda era
una locura que solo conseguiría hacerme infeliz. Pero mis pensamientos se
paralizaron por un instante pues ella cruzaba la puerta de la iglesia, asistida
por su padre y padrino, mostrando una expresión de orgullo que añadía un punto
de patetismo a una figura que ni cubierta por un velo disimulaba cuan horripilante
era. Cuando
estuvo a mi lado aún me planteaba si estaría a tiempo de echarme atrás. Su
progenitor me perseguiría allá donde fuera, pero aún así me sentía más capaz de
enfrentarme a la ira del padre que a la fogosidad de la hija. Como si adivinara
mis pensamientos el sacerdote comenzó la ceremonia sin darnos tregua y pronto
lanzó la pregunta fatal. Mi prometida asintió con un sí que debió escucharse en
el condado vecino y todo el mundo quedó a la espera de mi réplica. Le miré a la
cara. A través del tul atisbaba su piel abultada y su quijada prominente. ¡Si
es que era muy fea! ¡Era fea! ¡Era fea! ¿Cómo iba yo a casarme con ella? Había
olvidado que más de quinientos asistentes aguardaban mi sí. Pero en mi mente
solo aparecía el rostro que tendría que ver cada día de mi vida, y cada vez que
pensaba en él más feo me parecía. El monosílabo no llegó a mis labios y, ante
los atónitos invitados, mi consciencia se desvaneció. No me había casado,
no era noble y no hubo espera en mi entierro. Abrí los ojos en la más completa
oscuridad y me topé con el destino que había estado a un Sí de eludir. Me
encontraba sin agua, sin comida, mi traje de bodas apenas combatía el frío y en
modo alguno la humedad y no tenía ninguna salvaguarda ante mis necesidades más
básicas y escatológicas. Pero por encima de todo eso me sentía estúpido. Había
tenido el objetivo por el que había luchado tanto en la palma de la mano y lo
había desperdiciado. ¿Qué me impedía haber hecho mi propia vida después de
casado? Apenas se me hubieran exigido unas atenciones ocasionales. Sin embargo
era inútil engañarme. Existía una razón más contundente. El día que anuncié mi
compromiso me di cuenta de que me había convertido en el hazmerreír de la
sociedad. ¡Me casaba con la fea! No pude imaginar que me ahogaría tanto el peso
del cuchicheo y de la malicia del entorno más inmediato. ¿Cómo iba a soportar
el resto de mi vida tantos dedos señalándome? ‘¡Fue él quien se casó con la
fea!’ Pensar que mi persona pudiera quedar definida por tan fatal circunstancia
me helaba la sangre. Ya no
escucharía murmullos a mi paso, ya no subiría el rubor a mis mejillas al
aparecer en público en su compañía… pero tampoco volvería a encontrar el amor
en sus ojos ni el cariño y la calma que transmitían sus palabras. Nunca mis
opiniones tendrían oídos tan atentos ni recibirían de vuelta preguntas sabias.
Nadie me daría todo a cambio de mi egoísmo y hubiera callado los reproches. Pero ese detalle, ese
pequeño contratiempo. ¡Era fea! ¡Fea! ¡Fea! |
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