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Paola, sentía la raspura de la piel marchita,
rancia y apestosa de Don Refugio, a pesar del tiempo que había pasado. Todas
las noches, sentía la enorme masa corporal arriba de su asustado cuerpo. Se escondía
debajo de sus sábanas, eran las
intermediarias entre ambos. La imagen
de San Judas Tadeo, parecía que no
tenía poder alguno. Las
madrugadas convertían a Paola en presa de una locura viva. - ¡Dios, aléjalo de mí, regrésalo a su mundo! Oraba con fuerzas Paola Paola recordó el día en
que su madre dio muerte a Don Refugio.
Se encontraban felices las dos, en
espera de su hermano Genaro que llegaba de Texas. Habían arreglado sencillamente la casa de adobe, contrataron un grupo de
tambora tan grande como un pelotón que
tocarían “El chubasco”, la canción preferida de Genaro. Un vestido azul claro,
llamativo, lucía Paola, junto con sus
huaraches blancos, que hacían contraste con su moreno cuerpo. Los invitados llegaron
puntuales a las ocho de la noche, llevando sus mejores trapos domingueros. Doña
Mercedes se encontraba engarzada al ver a sus dos hijos, esparciendo alegría entre los asistentes. Al
terminar la cena comenzó el fuerte ruido de las cornetas y tambores, abrieron
el baile Genaro y Paola. Sus pies
brincaban al ritmo de las notas norteñas y huapangueras, el sudor de los
hermanos lo fueron repartiendo entre
los que bailaban cerca. Bailaron una, dos, tres tandas de cinco melodías cada
una. El cansancio no les llegaba, eran
iguales a dos remolinos movidos por el aire libre de alguna dirección. Genaro fue el primero
que dejó la pista de baile, su boca le solicitaba una fría cerveza, mezcal o tequila. Mientras, Paola se tuvo que sentar muy cerca del grupo,
esperando a que alguien la sacudiera por completo. No pasó ni media hora cuando Don Refugio se le acercó haciéndole una
caravana con su tejana fina. Paola no aceptó su invitación, consideraba inmoral
bailar con un hombre casado, aparte de eso, lo detestaba. El hombre la cercaba
como animal en cautiverio cuando iba al campo a trabajar con su madre. Un día, Paola se
encontraba bañándose en el pequeño cuarto,
afuera de su casa. Una puerta de madera vieja cerrada con un débil
pasador, dividía su intimidad de la naturaleza del campo. Don Refugio la
esperaba escondido detrás de una carreta abandonada, haciéndose cómplice con el
atardecer que terminaba. Paola salía
pulcra, regalando el perfume de su cuerpo al viento, cuando de pronto, don Refugio se aventó como buitre en la
carne tierna de la mujer. La tiró al suelo de un solo brinco, recorrió con sus
manos gruesas y labios mojados de licor todo su cuerpo. Gracias a los trucos viejos de su madre, no consiguió llegar a la profundidad de su
honra. Por ese motivo y,
recordando su antipatía hacia el viejo, Paola
lo rechazó humillantemente. El
hombre no se quedó con tal despreció;
la hizo bailar una sola pieza. - ¡Nada más ésta, flaquita y te dejo en paz. una sola y
ya!. Susurraba el hombre a la doncella. Ambos se fueron al campo del baile, Don Refugio juntó su cuerpo
al de Paola, haciendo una sola respiración
entre los dos. Paola comenzó a bofetearlo
frente a todos los presentes. Inmediatamente, Genaro salió frente al
viejo pero no le dio tiempo a
llegar, una bala le dio en la cabeza. Don Refugio, aconsejado por el
demonio, retó a los presentes. -
¡Al que se acerque lo dejo en el averno!. Amenazante,
gritó el viejo. Paola se arrodilló junto a su
hermano, sus ojos perdían estabilidad al observar, parecía una fantasma sin
lágrimas y sin llantos. - ¡Vamos, muchacha, por ti lo
hice! ¡Me tienes envenenado!. Susurró
Don Refugio a los oídos de Paola. Doña Mercedes, al
enterarse de la muerte de su hijo, se marchó
por el machete de su difunto esposo, que guardaba como herencia bendita
de sus antepasados. Parecía una hiena entre la multitud de los espectadores. Le
dio el primer golpe en la mano que detenía el arma de Don Refugio, el segundo
en el hombro, el tercero y más catastrófico,
cerca del corazón. El viejo cayó al lado de Paola. Con la única mano que le
quedaba la tomó del tobillo, le habló en voz baja y despacio. - ¡Hice pacto con Satanás, estaré contigo hasta tus días finales! -
finalizó su respiración con estas palabras.
Durante los siguientes
días, después de la despedida de Genero en el
cementerio, nada fue igual para Paola; su madre, enferma de tristeza y pena, también corrió al lado de su hijo. Paola trataba de rehacer su vida
y de convivir con la gente, pero le huían, sólo fríos saludos y sonrisas
temblorosas le otorgaban. Un día, su
corazón tuvo movimiento al enamorarse de Alberto, un chico del pueblo. Alberto también sentía algo por Paola, aunque no le demostraba sus
sentimientos, algunas sonrisas se
cruzaban entre ellos, parecía que el
pasado oscurecía la felicidad de la joven. Sus antiguas amistades nunca
platicaban con ella, igual que su enamorado, una vez creyó que llevaba el
diablo puesto porque alejaba a todos. En un atardecer, Paola salió a caminar y se encontró a Alberto, sólo un saludo manual le dio y se fue rápidamente, como si fuera perseguido por el anochecer del campo. Paola sufrió mucho en esa ocasión, que decidió buscarlo y preguntarle por que no quería que fueran amigos. Alberto le respondió que no ganaría problemas con su novio, ya que siempre la acompañaba. Paola se quedó suelta del cuerpo y helada por lo que escuchaba. Jamás iba acompañada de nadie, siempre andaba sola. El joven nuevamente comentó que todos los del pueblo la veían con ese hombre, cuando la saludaban, su pareja “les refrescaba su madre” y por tal motivo no querían broncas con él. Al oír la respuesta, Paola se apartó de Alberto para siempre, dejando su corazón cerrado a sentimientos amorosos. A partir de ese día parecía que la
maldición de Don Refugio le había llegado. Sintió esa noche y muchas más, el
calor de otro cuerpo, los suspiros y
las rasposas caricias. Tenía la
sensación en la boca de un aliento
oxidado, parecía que su alma la poseía
el demonio. Por
las mañanas se veía con veinte años más de vida, con azuladas sombras debajo de
sus arrugados párpados, su piel ya presentaba las primeras rayas finas de una vejez dudosa, los labios más que
secos, sin vida y sin color. Era una fantasma viva y a la vez muerta de
esperanza, aún creía en Dios y en él se fue a refugiar solicitando ayuda al
Párroco. Le contó todo lo sucedido, al sacerdote le parecía cruel y
demoníaco. El
Padre trató de auxiliarla con sus oraciones, al mismo tiempo que voces estruendosas escuchaban sus oídos. - ¡Acaso,
crees que ganarás! ¡Ella es mía, me la
he ganado! ¡Calla, perro viejo!. El padre hacía que no las escuchaba, había entrado en una lucha contra ellas.
Paola se encontraba en la espera de sanarse, de no más cargar con esa maldición
de Don Refugio. Al terminar el conjuro santo, Paola salió libre de toda perversidad satánica.
No duró mucho el milagro, al sentirse nuevamente acompañada por ese cuerpo
invisible y pesado. Ha pasado muchos meses de la primera presencia de Don
Refugio, que se ha acostumbrado a no
estar sola. |
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