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Estaba a punto de dormir cuando de pronto sonó el teléfono, era mi
hermana al otro lado de la línea, la sentí llorar ─ ¿Qué pasa?
─le dije─, teniendo como respuesta más llanto y algunas
palabras que apenas comprendí. Recuerdo me quedé anclada en la silla como
si un balde de agua fría o un tempano de hielo, me hubiera caído en
la cabeza. La
noticia llegó a mi cerebro un poco retardada, colgué y me quedé
meditando en él, en ese hombre que sin nada haberle pedido me diera
tanto. De pronto comencé a temblar. Alas quise tener para
volar y montar las alturas, llegar a su lecho de
enfermo y sus manos tomar. Lo
imaginé allá en aquel hospital de muerte, donde todos
los que llegan, mueren más de la tristeza que de
la misma enfermedad. Me vi mirándolo y acariciando su enorme cabeza
calva, mientras mi voz quebrantada decía papá. Sí, mi único y verdadero papá,
aquel que nos montaba en sus hombros a mi hermana y a
mí, cuando apenas si sabíamos caminar, y corría por los campos
abiertos, mientras nuestras piernas cabalgaban golpeando su pecho. Y al
grito de !Arree caballo! Relinchaba imitando el mamífero. Recuerdo soportaba
aquellas peleas de niñas, cuando discutíamos de quien montaba primero.
─¡Basta! ─Decía―. Mientras nos bajaba de sus hombros
para lanzarnos al aire como hojas de papel. Reíamos y gritábamos de placer,
confiadas en sus enormes manazas. Después de vernos cansadas y exhaustas
de tanto jugar, nos tomaba en cada brazo para llevarnos a casa… En
las mañanas venia despacito y abría la puerta, se acercaba y nos
pellizcaba la mejilla, mientras mi hermana y yo fingíamos dormir. Al ver
que no respondíamos a sus caricias se acercaba, y frotaba en
nuestras mejillas tiernas y rosadas su barba de cuatro días,
murmuraba una que otra tontería, mientras quedábamos impregnadas de su eterno y
único desodorante Yodora. Pero al pronunciar la palabra mágica: “hasta la vista
mis niñas” saltábamos a una entre sus brazos para cubrirlo de besos y babas mal olientes.
Yo me trepaba en su hombro izquierdo, mientras mi hermana ya estaba en el
derecho. Nos
llevaba a la cocina y nos sentaba en las sillas de siempre. Y ahí,
lo veíamos desayunar maravilladas y con la boca abierta, pues era
nuestro padre el héroe más hermoso y valiente que pisaba la
tierra. Luego separaba parte de su desayuno, y nos lo daba en la
boquita, sin importarle un segundo que lo necesitaba para soportar
su jornada de trabajo. El día pasaba largo y aburrido, y al caer la noche, mi
hermana y yo, nos turnábamos en la puerta, pues no queríamos perder por nada
del mundo la llegada de nuestro héroe. Al verlo llegar salíamos a gritos,
para ser recibidas con sus brazos abiertos. Mientras ella,
nos miraba como una pantera… Si,
fue el mismo papá que tantas veces viajó al valle del Cauca buscando
las niñas de sus ojos, pues la mujer con la que vivía en momentos de locura nos arrebataba de
sus brazos, llevándonos a millas de distancia, separándonos
de él, de ese, nuestro héroe. Recuerdo llorábamos y gritábamos
cuando nos alejaba de su lado, para llevarnos según ella, “a visitar los
abuelos”, y cuando estábamos en el campo, los pájaros no cantaban,
el sol no alumbraba, y en las noches, la luna y las estrellas
lloraban. Era como si supieran que moríamos por dentro, mientras ella seguía ahí, encerrada en
sus locuras, convencida de su Azaña. No habían lágrimas, suplicas ni
llanto, que la sacaran de sus laberintos, ni mucho menos la convencieran
de llevarnos de nuevo a sus brazos… Los
días pasaban y perdíamos la esperanza, ─ ¿Por qué papá no
viene si tanto nos ama? ─! No las ama! ─decía la
pantera─, mientras llorábamos de la tristeza y
miedo de perderlo para siempre. Pero
un día cualquiera el milagro se produjo. Primero vi un puntito que se
movía en la distancia, luego comenzó acercarse, para
hacerse más grande a medida que caminaba… El
sol comenzó a brillar, los pájaros a cantar, y las flores
desprendieron los más exquisitos olores, los cuales se mezclaron
con su eternal y único desodorante yodora.
─¿Yodora? Levanté mi cabeza, y al hacerlo mi héroe estaba frente a mí,
con una sonrisa y los brazos abiertos. ─¡Papá,
papá! Nos agarrábamos de sus piernas como única tabla de salvación.
Recuerdo apenas si la miraba, preparaba las maletas y como muñecas de
trapo a sus hombros nos montaba, haciendo de nuevo aquel viaje interminable
de regreso a nuestra casa, a sabiendas de lo que le esperaba cuando ella
regresara… Los
años pasaron, y entre juegos y la “visitas a los abuelos”
nos hicimos mujercitas, para alejarnos lentamente de
“ése nuestro héroe”, el cual comenzó a mirar receloso
los chiquillos de la barriada. Para aquel entonces nada comprendíamos,
nos levantamos en rabias contra ese hombre, que sin nada haberle
pedido nos diera tanto. ─Porque
fue él, y no ella, que momentos de amor nos
diera. Y hoy está allá,
lejos de mí, de mi mirada, mis palabras, mi presencia; contando tal vez
sus últimas horas, conectado a una máquina infernal, respirando sin respirar.
Mientras yo, impotente me conformo con tan solo recordar. La nostalgia me
está matando, no puedo correr a sus brazos como cuando era una niña, no puedo
tan siquiera mirarlo a ese rostro marchito y arrugado por el pasar
de los años… ―!
Papa, espérame no te vayas! No antes que mis ojos a tus
ojos yo mire, no antes que mis manos sientan los últimos calores de las
tuyas, no antes que pueda besarlas y decirte cuanto te amo… ―
A ti, el mejor, el único, el más maravilloso
de los hombres que pisó la tierra. A ti
quiero decirte una vez más: ―Gracias Papá
por haberme dado tanto sin que nada te pidiera... |
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