El mejor...
Maria Edith Matallana




─ Estaba  a punto de dormir  cuando de pronto sonó el teléfono, era mi hermana al otro lado de la línea, la sentí llorar  ─ ¿Qué pasa?  ─le dije─, teniendo como respuesta más llanto y algunas palabras que apenas comprendí. Recuerdo me quedé anclada en la silla  como si un balde de agua fría   o un tempano de hielo, me hubiera caído en la cabeza.

La noticia llegó  a mi cerebro un poco retardada, colgué y me quedé  meditando en él, en ese hombre  que sin nada haberle pedido me diera tanto.  De pronto comencé a temblar.  Alas quise tener  para volar y montar las alturas,  llegar a su lecho de enfermo   y sus manos tomar.

 Lo imaginé  allá  en aquel   hospital de muerte, donde todos los  que   llegan, mueren  más de la tristeza  que de la misma enfermedad. Me vi mirándolo y  acariciando su enorme cabeza calva, mientras mi voz quebrantada decía papá. Sí, mi único y verdadero papá, aquel  que  nos montaba en sus hombros  a mi hermana  y a mí, cuando apenas si sabíamos caminar, y corría   por los campos abiertos, mientras nuestras piernas cabalgaban  golpeando su pecho. Y al grito de !Arree caballo! Relinchaba imitando el mamífero. Recuerdo soportaba aquellas peleas de niñas, cuando discutíamos  de quien montaba primero. ─¡Basta!  ─Decía―. Mientras nos bajaba de sus hombros para lanzarnos al aire como hojas de papel. Reíamos y gritábamos de placer, confiadas en sus enormes manazas.  Después de vernos cansadas y exhaustas de tanto jugar, nos tomaba en cada brazo para llevarnos  a  casa…

En las mañanas venia despacito  y abría la puerta, se acercaba y  nos pellizcaba  la mejilla, mientras mi hermana y yo fingíamos dormir. Al ver que no respondíamos a sus caricias se acercaba,  y frotaba  en nuestras mejillas tiernas  y rosadas  su barba de cuatro días, murmuraba una que otra tontería, mientras quedábamos impregnadas de su eterno y único desodorante Yodora. Pero al pronunciar la palabra mágica: “hasta la vista  mis niñas” saltábamos a una entre sus brazos para cubrirlo de besos y babas mal olientes. Yo me trepaba en su  hombro izquierdo, mientras mi hermana ya estaba en el derecho.

 Nos llevaba a la cocina y nos sentaba en las sillas  de siempre. Y ahí, lo  veíamos desayunar  maravilladas y con la boca abierta, pues era nuestro padre el héroe  más hermoso y valiente  que pisaba  la tierra.  Luego separaba  parte de su desayuno, y nos lo daba en la boquita,  sin importarle un segundo que lo necesitaba  para soportar su jornada de trabajo. El día pasaba largo y aburrido, y al caer la noche, mi hermana y yo, nos turnábamos en la puerta, pues no queríamos perder por nada del mundo  la llegada de nuestro héroe. Al verlo llegar salíamos a gritos,  para ser recibidas  con sus  brazos abiertos. Mientras ella, nos miraba como una pantera…

 Si, fue el mismo papá que tantas veces viajó al  valle del Cauca   buscando las  niñas de sus ojos,  pues la  mujer con la que vivía en momentos de locura  nos arrebataba de sus brazos,  llevándonos  a millas de distancia,  separándonos de él, de ese,  nuestro héroe.  Recuerdo llorábamos y gritábamos cuando nos alejaba de su lado,  para llevarnos según ella, “a visitar los abuelos”,  y cuando estábamos en el campo, los pájaros no cantaban,  el sol no  alumbraba, y en las noches,  la luna y las estrellas lloraban.  Era como si supieran que moríamos por dentro, mientras  ella seguía ahí, encerrada en sus locuras, convencida de su Azaña.  No habían lágrimas, suplicas ni llanto, que la  sacaran de sus laberintos, ni mucho menos la convencieran  de llevarnos de nuevo a sus  brazos…

Los días pasaban y perdíamos la esperanza, ─ ¿Por qué  papá  no viene  si tanto nos  ama? ─! No las ama!  ─decía la  pantera─, mientras llorábamos de la tristeza y  miedo de perderlo para siempre.

Pero  un día cualquiera  el milagro se produjo. Primero vi un puntito que se movía en la distancia,  luego comenzó  acercarse, para   hacerse  más grande a medida que  caminaba…  

El sol comenzó a brillar, los pájaros a cantar,  y  las flores  desprendieron  los más exquisitos olores, los cuales se mezclaron  con su eternal y único  desodorante  yodora.  ─¿Yodora? Levanté mi cabeza, y al hacerlo mi héroe estaba frente a mí,  con una sonrisa  y los brazos abiertos.

 ─¡Papá, papá!  Nos agarrábamos de  sus piernas como única tabla de salvación. Recuerdo apenas si la miraba, preparaba  las maletas y como muñecas de trapo a sus hombros nos montaba, haciendo de nuevo  aquel viaje  interminable de regreso a nuestra casa,  a sabiendas de lo que le esperaba cuando ella regresara…

Los años pasaron, y  entre juegos  y la  “visitas a los abuelos” nos  hicimos  mujercitas, para alejarnos lentamente  de “ése  nuestro héroe”, el cual comenzó a  mirar  receloso  los  chiquillos de la barriada. Para aquel entonces nada comprendíamos, nos levantamos  en rabias contra  ese hombre, que sin nada haberle pedido nos diera tanto.

─Porque  fue él, y no  ella,  que momentos   de amor nos  diera. Y  hoy está allá, lejos  de mí, de mi mirada, mis palabras, mi presencia; contando tal vez sus últimas horas, conectado a una máquina infernal, respirando sin respirar.  Mientras yo, impotente me conformo con tan solo recordar. La nostalgia me está matando, no puedo correr a sus brazos como cuando era una niña, no puedo tan siquiera mirarlo  a ese  rostro marchito y arrugado por el pasar de los años…

―! Papa,  espérame no te vayas!  No antes que mis ojos a   tus ojos yo mire,  no antes que mis manos sientan los últimos calores de las tuyas, no antes  que pueda  besarlas y decirte cuanto te amo…

― A ti,  el mejor, el   único, el  más maravilloso de los hombres que pisó la tierra.  A ti  quiero decirte una vez más:

―Gracias Papá  por haberme dado tanto sin que nada te pidiera...

 

 

(Escrito dedicado a mi único y verdadero Papá: Rafael Arcángel Matallana Rodríguez)

Junio 23/2011