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Hoy jugamos la
final de la Copa del Mundo de fútbol. Es increíble. Toda la vida llevo soñando
con esto. De pequeño no me perdía un partido de España en los mundiales. Ni en
las eurocopas. Bueno, la verdad es que no me perdía casi nunca un partido de
nadie. Pero recuerdo, y de forma imborrable, la manera especial en que vivía
los días en los que jugaba la selección. Todo él giraba en torno a eso. Me
levantaba por la mañana, después de haber soñado, claro, con la victoria,
pensando ya en las horas que quedaban para que el árbitro pitara el inicio.
Pasaba el día dándole vueltas a la alineación que saldría, estudiando al
contrario, analizando la táctica a seguir, recordando los antecedentes del
colegiado con la selección o con los clubes españoles, y pensando en el equipo
que sacaría yo. Odiaba al entrenador a veces. Cuando sacaba alineaciones para
mi inconcebibles. Y cuando coincidíamos en el once titular, en vez de pensar
que había estado listo yo, lo que hacía era concluir que el entrenador, por una
vez, había estado acertado. Debo decir que no pasaba mucho. Todavía hoy pienso
que los equipos que yo confeccionaba eran los más lógicos. Y aún estoy
dispuesto a discutirlo con quien quiera, porque quedaron grabados en mi mente todos
los partidos importantes, y sobre todo aquellos en los que nos eliminaban, casi
siempre el día en que la selección jugaba su mejor fútbol en el torneo, y
dejando una sensación muy fuerte de frustración. En mi alineación para hoy
estoy yo, claro. En la del entrenador pienso que también. He hecho un buen
campeonato, he marcado goles, y no creo que me saque ahora del equipo. Sería
terrible. Bueno, lo verdaderamente malo sería perder. Y tampoco tanto, ya que
hemos hecho un gran torneo. Pero la ambición en un día como éste la tenemos
todos a flor de piel. Quien no la tenga no tiene sangre. Sí, sería terrible
perder. El primer mundial que recuerdo es el de España;
aquello al final fue una decepción muy grande. Pero todo lo que rodeó ese
verano ya lejano fue mágico. Yo tenía casi ocho años, y estaba de vacaciones,
después de acabar el año, una vez más, con muy buenas notas. Estudiaba mucho,
quizás demasiado, aunque pienso que nunca se puede decir que estudies más de la
cuenta, al fin y al cabo son conocimientos que adquieres y que alguna vez te
servirán. Aprender es muy importante. Pero, claro, la vida está también para
vivirla. No solo para leerla. Y mi forma de vivir intensamente aquellos meses
de Junio y Julio del 82 fue pegándome a la televisión y abriendo bien los ojos. De
esos días de aquél verano tan caluroso como siempre lo primero que me viene a
la cabeza son los bocadillos de sardinas que merendaba junto a mi hermano, y el
recuerdo de la puerta de la calle abierta para que entrara algo de aire en la casa,
lo cual hacía que retumbaran aún más los portazos del vecino de arriba. Todo
eso ocurría mientras veía a Conti correr la banda para Italia, la cual, por
cierto, sólo fue capaz de empatar los tres primeros partidos, para luego
cambiar radicalmente y llevarse el campeonato de la forma más sublime que quizá
haya visto. Creo que fue entonces cuando me di cuenta de que no éramos tan
buenos como decían por ahí, y de que había selecciones que jugaban como los
ángeles. Recuerdo muchas cosas. Casi todas anecdóticas. En Polonia había un
calvo buenísimo, luego supe que era Lato, y que ya había sido el máximo
goleador en otro mundial anterior. Creo que Nueva Zelanda jugó aquel
campeonato, y no se me olvida el famoso acuerdo al que llegaron Alemania y
Austria para dejar fuera a Argelia, que había sido capaz de ganar a la Alemania
de Rummenigge. Los austriacos se dejaron ganar por un solo gol, suficiente para
eliminar a una selección que había ganado dos de sus tres partidos. ¿Qué más
recuerdo? Pues a Maradona, marcando un golazo a Hungría, que a su vez le hizo
diez a El Salvador (luego he conocido a salvadoreños que me han comentado que
entonces tenían un equipazo, y eso me he hecho pensar en las diferencias que ha
habido siempre en todos los aspectos de la vida), a Francia, que jugaba como
nadie, con Giresse, aquél centrocampista bajito, que era una maravilla. También
fue muy llamativo el robo que hizo un árbitro español a los rusos, en el famoso
partido contra Brasil. Y recuerdo a Alemania, imperturbable, en la final como
siempre, mientras la gente decía que los buenos éramos nosotros. En aquél
campeonato del mundo decidí que ellos eran la selección mundialista por
excelencia. Y también que los germanos debían jugar la final por decreto,
contra el vencedor del resto de las eliminatorias. Hoy sé que han sido capaces
de llegar a siete finales, y que ésta es la primera de España. Y además,
precisamente en Alemania. ¡Qué ironía del destino! Ahora no me importa si será
la última o no, lo único que quiero es que empiece el partido, que ganemos, y
que nos llevemos la Copa de una vez. Pero sobre
todo recuerdo a Italia, ganándole a Brasil (quizás a la mejor Brasil de
siempre, con Zico, Socrates y Falcao, (¡Qué lujo de selección!), y por supuesto
mis bocadillos a las cinco y media de la tarde. Aquél campeonato acabó con decepción, pero el
disgusto no podía durar porque era demasiado pequeño para que las cosas me
afectaran tanto. Si hoy perdemos, si Brasil nos gana, eso si que no lo
olvidaré. Pero el camino ha sido maravilloso. Además, vamos a ganar seguro, y
yo voy a meter dos goles. Toda España
estará pendiente. Lo más que hemos hecho en la historia, esa que conozco de
memoria, es ser cuartos. Fue en el cincuenta, en aquella fase final con otros
tres equipos, en el único mundial en el que no ha habido semifinales y final al
puro estilo. Siempre se habla del famoso gol de Zarra contra Inglaterra, pero
leyendo libros he sabido que sin ese tanto también hubiéramos pasado a la fase
final, ya que en aquél partido nos valía el empate. Lo realmente importante fue
que la selección ganó a los inventores del fútbol. También he sabido que el
partido clave fue contra Uruguay, ya en la fase final, esa selección celeste,
que debió de ser celestial en aquella época. Empatamos a dos, Basora metió los
dos goles para nosotros, pero no pasamos del empate. Ellos tenían un equipazo
también, y la lluvia les benefició. No sé por qué, pero los libros dicen que
les benefició. Quizá sea otra excusa más. El Gran Capitán charrúa, como
llamaban a Obdulio Varela, marcó el
empate definitivo, desde lejísimos. Luego Brasil nos ganó 6-1. Ahí acabó todo.
Al menos para nosotros. Después vino el maracanazo. Si hoy ganamos a Brasil será increíble, pero lo que
pasó entonces tuvo que ser todavía más, porque ese pequeño país suramericano de
tres millones de habitantes no es que ganara a Brasil, es que lo hizo en su
campo, en un día en que el empate, para mayor mérito de Uruguay, les valía a
los cariocas. No hay mayor dificultad posible en fútbol. Ese partido, del cual
sólo he visto las imágenes de los goles, creo que es el más famoso de la
historia. Hoy nos acercaremos a ello, pero no será fácil superarlo. Cómo se
resarció luego la canarinha de aquello, ahora que es penta campeona. Ahí se va
a quedar. Por lo menos hasta dentro de cuatro años. Hoy seremos como la Uruguay
de entonces. O como la Italia del ochenta y dos. Y yo seré como Schiaffino o
como Ghiggia, los autores de los goles en Maracaná, o como Paolo Rossi. ¡Qué
recuerdos tendrá esa gente de esos partidos! Y hoy los brasileños volverán a ser pequeños, de
nuevo por un día. La historia está para tratar de cambiarla. Como en mil
novecientos cincuenta. Como en mil novecientos ochenta y dos. Hoy. Me imagino a los niños españoles dentro de veinte
años, recordando este día. Todos lo haremos. No sé a que me dedicaré por
entonces, ni ahora mismo me importa. Hoy sólo vivo para el momento en que
lleguen las ocho treinta. No quiero pensar en otra cosa. Firmaría retirarme
hoy, pero con la Copa. Firmaría no volver a jugar, y quedarme mirando la Copa
todos los días, desde hoy. Dios mío, ¿Y si la ganamos? No puede haber nada más
grande que eso. ¿Por qué dicen los libros que nos perjudicó que
lloviera aquel día del mundial del cincuenta? Es curioso, pero en esas páginas
que conozco de memoria siempre leo historias de mala suerte. ¿Será verdad? No
puedo creer que todo sea por fatalidades. En el treinta y cuatro, en Italia,
ahí si que la hubo. La famosa batalla de Florencia, contra los anfitriones.
Dicen que merecimos ganar, seguro que sí, y que el árbitro nos destrozó. Y que
los italianos lesionaron a varios de los nuestros. A pesar de todo empatamos y
sólo nos ganaron en el desempate, y por uno a cero. Y ojo, eso después de que
elimináramos a Brasil. Poca gente sabe en España que en ese mundial eliminamos
a Brasil. Hace poco se lo dije a mi mujer y no me creía. Me gustaría que lo
supiera todo el mundo, y que esos partidos míticos de la selección a lo largo
de la historia los repitieran en la televisión (aunque de éste seguro que no hay
ni imágenes.) Creo que se habla demasiado de los clubes en nuestro país, muchas
veces nada más que tonterías para rellenar líneas y telediarios, y que no
existe demasiada unión en torno a la selección. Pero nos hemos juntado un grupo
que sentimos los colores, y que vamos a dar a los chavales que lo viven como yo
lo hacía la ilusión de su vida. Palabra. Hoy no se nos escapa la Copa, no sea
que no tenga otra oportunidad en mi vida. Iba por el treinta y cuatro, pero es que en el
cincuenta la maldita lluvia parece que nos perjudicó en el partido que he
comentado antes. Y, por ejemplo, en el sesenta y dos, que llevábamos una
selección de lujo, pues en la primera fase van y nos tocan los dos que luego
llegaron a la final. Y bueno, en el setenta y ocho, en Argentina, lo de
Cardeñosa. Pero, ¿Eso fue mala suerte? ¡Bah, eso si que no, por ahí no paso! Si
quieres hacer algo no puedes fallar un gol sin portero. Y si lo fallas en la
jugada siguiente te dejas la vida y lo metes. Pero no se trata de fallar o
acertar delante del arquero. Se trata de jugar al fútbol de verdad, de ir a por
todas, de tener buena mentalidad, de no sentirse inferior, de que no te
tiemblen las piernas en cuanto se tuercen un poco las cosas, ésta es la única
manera de no perder los partidos y los mundiales uno detrás del otro. Bélgica
en el ochenta y seis, Italia ocho años después, el maldito penalti de Joaquín
en Corea, cuántos sin sabores me voy a arrancar hoy mismo, ya me quité muchos
en las eliminatorias, pero cuando hoy bese la Copa del Mundo, cuando sea
nuestra, y de todos los que sufrieron aquellos guiños de la historia, sí, sólo
entonces me sentiré aliviado. ¿A quién se lo dedicaré cuando me pregunten en la
tele? Pues diré, a mi familia, y a todos los que soñaron con este día. Sí, diré
eso, y se me escaparán las lágrimas. ¡Qué pena que los jugadores que nos
representaron en el treinta y cuatro, en la batalla de Florencia, ya no estén
casi ninguno entre nosotros para verles sonreír felices! Anoche
hablé con mis padres. Lo hacemos casi todos los días. Mi madre me dijo que no
dejara de comer bien y que estuviera tranquilo. En un momento como éste, y me
dice que coma bien. ¡Si me sale el corazón por la boca! Mi compañero de habitación está muy callado,
yo creo que le pasa como a mí, que lleva tanto tiempo pensando en esto, que no
le parece real. Quizás no lo sea, me tendré que pellizcar. Si soy
sincero, la verdad es que no pensaba que yo fuera a jugar una final de una Copa
del Mundo de fútbol. Siempre me pareció como algo ajeno a mí, algo inalcanzable.
Y también me parecía inaccesible para España. Casi me siento culpable por estar
en un sitio que no me corresponde. Si me hubieran dicho de pequeñito que dando
una vuelta al mundo andando nos daban la Copa, la hubiera dado sin dudarlo, me
habría faltado tiempo para coger una mochila y empezar por cualquier parte.
Alguien podría pensar que estoy loco, o que soy un poco fanático. Pero creo que
es sólo ilusión. Me da lo mismo lo que piensen los demás. Esto que noto aquí
dentro es demasiado bueno para perderlo. Yo creo que es más grande incluso que
jugar el partido. ¡Qué más me da si mis pensamientos son razonables o no! Yo
digo lo que pienso, y lo que sueño. Y está muy claro cual es mi única idea hoy.
Mañana, o mejor, esta noche, ya no será un sueño, será una realidad. La vida
nos va a cambiar a todos y tengo que estar preparado. El baño de gloria será
infinito, vamos a aparecer durante semanas en la televisión a todas horas, nos
harán miles de entrevistas, seremos los ídolos de los chavales. Pero todo eso está
todavía por verse. Para que nos cambie de verdad la vida esta noche, tenemos
que escribir primero nosotros la historia. Y de momento la de la final solo
constituye una página en blanco. Hay que llenarla de mito. Aunque sea, como se
dice siempre, sólo con un gol, en el último minuto y de penalti injusto. Sólo
con eso la página será de leyenda. España se va a parar hoy Domingo para
vernos. Esta noche han soñado como yo lo hacía. Como he hecho yo mismo otra
vez. Los que puedan dormir, porque seguro que habrá gente en vela. Cómo han
cambiado las cosas, en estos veinticuatro años. Soy el protagonista de mi
propio sueño. Dentro de
media hora nos vamos a entrenar, hay que preparar los músculos y repasar la
táctica. El entrenador insistió mucho ayer en que hay que estar muy atentos en
defensa, ellos son muy hábiles, y te la hacen en cualquier momento, sin que te
des cuenta. Y con las faltas al borde del área. Yo ayudaré en defensa todo lo
que pueda. Creemos que atrás son algo vulnerables. Y, cuando lleguemos, no va a
ser para fallar, no al menos hoy. Cuando nos plantemos delante del portero,
habrá que tener sangre fría. No hay que emocionarse. Porque como nos pongamos
nerviosos, esa página que queremos rellenar, al final estará repleta de excusas
otra vez. Y no queremos eso. Creo que todos mis compañeros afrontarán el
partido con esa misma mentalidad. Delante del arquero haré como... como
Burruchaga en el ochenta y seis, en aquél gol que le dio la Copa a Argentina.
Tranquilo, casi al final del partido y con empate en el marcador, recogió una
pelota que le sirvió el mejor jugador del mundo y corrió como un poseso hacia
la portería. Apuró hasta el final y cruzó el balón donde no podía llegar el
portero alemán. O como Caniggia, cuatro años después, en los octavos de final
contra Brasil. Totalmente asfixiados por el contrario, en quizá la única contra
en todo el partido, otro pase del mejor jugador del mundo y otro llanto de
gloria. Si yo tengo la misma oportunidad meteré el mismo gol. Y si es al final
del partido mejor todavía, más tranquilo deberé estar para sentenciar con más
sangre fría. Si no, es que no soy un gran jugador, y no me valen de nada los
veinte goles que he metido este año en la Liga. ¿Seré capaz de mantener la
calma entonces? Si ahora estoy ya tenso luego no sé... Seguro que cuando
empiece el partido me olvido de todo y me centro en el juego. Lo que hicieron Burruchaga y Caniggia entonces, en
esos momentos decisivos y con esa sangre fría tan heladora, no lo han podido
repetir en los últimos años sus bravos compañeros de selección de un país que está saliendo poco a poco del
pozo. Me gustaría que el fútbol, por muy importante que fuera en nuestras
vidas, no sirviera para entristecernos. Que sólo fuera un motivo de alegría. Y
que la Argentina volviera pronto arriba. Ahora estamos entrenando. Veo bien a mis compañeros.
Creo que estamos todos muy concentrados. El ambiente es estupendo, pero hay una
cantidad de periodistas por aquí como no vi nunca en mi vida. No sé, pero no me
resulta agradable sentirme tan observado por ellos, es cierto que le dan color
a todo esto, pero a veces resultan un agobio, y en ocasiones su afán por sacar
noticias hacen que las busquen donde no las hay ni por asomo, y que nos metan
en líos a los demás. Y eso que este año el ambiente general, no como otras
veces, ha sido muy bueno, todo el mundo ha puesto algo de su parte para que así
sucediera. Pero no me acostumbro a tanto ajetreo con ellos. Y eso que juego en
una Liga muy importante, y en Europa, pero esto es demasiado. Hay miles de
cámaras rodando el entrenamiento y atentos a lo más mínimo. Si ahora se me
ocurriera fingir una bronca con un compañero, seguro que en el próximo boletín
de noticias sería la primera noticia. Y si luego perdiéramos, buscarían causas
raras, y hasta se inventarían culpables. Cualquier detalle ahora significa un
titular de prensa. Hacen cábalas sobre la alineación que saldrá. A nosotros el
entrenador nos la dirá dos horas antes de empezar. No es de prever que haya
muchos cambios, porque con este equipo nos está yendo muy bien. El mister nos
echa ahora la bronca, dice que estamos fallando delante del portero demasiado
en el entrenamiento. No sabe que nos dejamos los goles para luego, y que
tenemos un portero muy bueno y por eso nos las para. Los porteros de Brasil,
históricamente, no han sido las figuras del equipo. Con los reflejos que tiene
el nuestro, hoy sacará todos los balones que le lleguen. Es normal
que el entrenador esté nervioso. Él ha sido jugador y seguro que hasta tendrá
envidia sana de no poder jugar este partido. El entreno es a puerta abierta, y
veo en la grada bastante gente con los colores de nuestra bandera. Hemos oído
que la Federación ha facilitado vuelos bastante baratos para todos los
aficionados que han querido venir a ver la final. Se me pone la piel de gallina
de pensar que tantas personas improvisan sus vacaciones de repente, por un
motivo así. Se calcula que habrá casi veinte mil españoles en el estadio. Ya es
bastante, a esta distancia y con tan poco tiempo para prepararlo. Es una gran
alegría ver a la gente de tu país, cuando estás lejos de él. ¡Qué bonito sería
que en el avión de vuelta nos pudiéramos mezclar con ellos, y festejarlo en
conjunto, y que nos contaran como lo vivieron! Porque desde la grada un partido
también se disfruta a lo grande. Cuando meta el gol definitivo me iré al fondo
donde estén nuestros aficionados y me abrazaré a ellos. Entonces el árbitro
pitará el final y se abrirá otro mundo delante de nosotros. Ya no habrá sólo
siete campeones del mundo. Seremos ocho. Y cuando nos den la Copa del Mundo, la
besaré. Y me tendrán que separar de ella. El
entrenamiento está a punto de acabar, ha sido suave. Ahora charla táctica. El
mister nos repite cómo debemos jugar. Ya nos dijo ayer casi las mismas
palabras. Da igual, así nos lo aprendemos mejor. Estas concentraciones a veces son aburridas para
nosotros, los jugadores, y eso que todos procuran que nos sintamos lo mejor
posible. Nos cuidan muy bien, casi demasiado bien. A mí me gusta internet y
paso horas navegando. Y no me preocupo por quién paga la tarifa con la que me
conecto todas las horas que quiero. Y el dinero no llueve del cielo. Alguien lo
tendrá que pagar. Y la prima que tenemos por ganar hoy la Copa del Mundo puede
hasta parecer que no es muy ética. Tengo compañeros
en el equipo que tienen aficiones parecidas a las mías, y, al final, en
conjunto, todo se hace más divertido. Paseamos por la ciudad, pero no tenemos
gran afán turístico. Creo que estamos tan acostumbrados a ir tanto de aquí para
allá que no prestamos demasiado interés a los lugares que visitamos. Echamos
mucho de menos a nuestras familias. Si contamos los días que un jugador de
elite pasa fuera de su casa, no sé... más de uno se llevaría una sorpresa. Pero
no debemos quejarnos, que, como dicen los aficionados, ganamos mucho dinero, y
eso es una gran verdad. Pero no lo es todo, ni compensa que yo, hoy, no pueda
estar junto a mi mujer y a mi hijo, que cumple precisamente un añito. Y menos
mal que en este torneo nos podemos traer a la familia. Y los podemos ver en
ocasiones, sobre todo en los días siguientes a los partidos. Pero
preferiría ganar la mitad y llegar a los partidos una hora antes de que
empezaran, directamente desde mi casa. A la gente que piensa que vivimos como
reyes, les diría que hoy, Domingo, seguro que ellos no están solos, y que yo a
mi familia la tengo lejos, porque no están aquí a mi lado. Bueno, ya
queda poquito. Esta noche recogemos la Copa, y enseguida para España, el año ha
sido largo, muchos partidos y sobre todo demasiados viajes. Pero el cansancio
es sólo psicológico. Para mí el físico no existe. Me dedico a lo que me gusta y
no necesito ni vacaciones, ni pretemporadas. El fútbol es mi vida. Jugar
partidos, ganarlos y meter goles. Si no fuera por tanto ir y venir en el avión... Ya
nos ha dicho el entrenador lo que tenemos que hacer para ganar. La táctica es
jugar como hemos hecho hasta ahora, y nada de encerrarnos. Mucho cuidado con
sus movimientos y desmarques a partir de tres cuartos de campo. Con las faltas.
Con la circulación del balón, muy rápida cuando se acercan a la portería
contraria. Con todo. Son buenísimos. Especial atención a Ronaldo. Le estoy
recordando hace ahora ocho años, cuando dijeron que había estado a punto de
morir en un día como hoy. Eso me hace pensar que no hay que olvidarse nunca de
qué es esto. Lo podemos mitificar mucho, pero el fútbol no debe perder nunca
sus orígenes. Hay partidos todos los días. Lo que no puede admitir una persona
es que la presionen tanto que esté al borde del abismo. Y si eso pasa hay que
ver las causas y replantearse todo. Supongo que aquello le sirvió para madurar,
desde entonces parece un jugador mucho más tranquilo. También las lesiones y el
tiempo le han cambiado. Después del entrenamiento vamos a ducharnos. Hay buen ambiente en el vestuario. El que ha habido durante toda la concentración, pero hoy no nos lanzamos a hacer bromas, ni a contar chistes. Parece como si fuera una falta de respeto al momento que vivimos. Se palpa la emoción que tenemos todos. Algunos periodistas nos hacen preguntas. Las típicas, y las contestaciones también lo son. No hay grandes titulares en nuestras respuestas. Que hay que ir a por todas, que tenemos mucha confianza en nosotros mismos y nada más. Nunca fue de mi interés verme en las portadas de los periódicos con alguna declaración sobresaliente. Y si normalmente no se me ocurre nada ingenioso para alegrar la jornada a los periodistas, hoy menos. Pero no estoy encerrado en mi mismo. Charlo con mis compañeros. Parece que todos hemos descansado bien. Seguro que alguno miente. Cualquiera le dice hoy al mister que no ha dormido en toda la noche, ese que lo haga no jugará luego, y con eso un día como hoy no se juega. Después de descansar y de dar un paseo por el hotel
vamos a almorzar. No me entra nada en el cuerpo, pero lo disimulo bien. Me
consigo acabar todo. El que menos hambre parece tener es el entrenador. Claro,
como él no tiene que disimular. Esta sumergido en sus pensamientos, y por la
cara que pone creo que todavía nos va a soltar otra charla táctica. ¡Uf, que
rollo, si ya sabemos de sobra como hay que jugarlos! Otra cosa es que nos salga
bien. Espero que no nos repita lo de esta mañana. Ya sobran las palabras, lo
que hay que hacer es adelantar los relojes e irnos todos al estadio. Quedan
siete horas para que esto empiece. Parece un mundo, y aunque me debería dedicar
a disfrutar del momento ahora me doy cuenta de que no puedo hacerlo. Cuando en
el futuro lo recuerde, lo haré con terrible añoranza, pero no me podré engañar.
A unas horas de que nos la juguemos, tengo que reconocer que no estoy
disfrutando. Estoy sufriendo. Me tengo que relajar un poco. Espero convencer a
algún compañero para echar unos futbolines ahora. Siempre se me pasó el tiempo
deprisa jugando. Calculo que si jugamos treinta partidas pasarán unas tres
horas. Luego ya vendrá la charla, y en el autobús al campo. Nadie quiere. ¿Qué
hago de una y media a ocho y media? He estado en cientos de concentraciones, y
he tenido que superar momentos de gran soledad, pero nunca el vacío era tan
apabullante. Me estoy desesperando. Ya sé, me sentaré en la cama de la
habitación, y, en el instante probablemente más tenso de mi vida, junto con el
día en que nació mi hijo, y con toda seguridad de mi carrera futbolística,
conseguiré la mayor relajación. Nadie podrá quitármela. Dibujaré en mi mente
los dos goles de esta noche. Ahora si que voy a poder disfrutar. La situación
no va a poder acabar conmigo. Relajado ahora, para estarlo más luego, no me
dejaré llevar por el momento. Todo lo contrario. Disfrutaré con él. No quiero
salir del hotel, estoy muy a gusto aquí... ¡Dios mío! Me he quedado dormido. ¿Qué hora será?
Las cuatro de la tarde. He dormido más de dos horas, y ha sido un sueño
placentero. He soñado que volaba entre los árboles. Y que después de sortear
miles de ellos aparecía delante de mí el mar. Era un día precioso, con un
inmenso cielo azul. La luz me cegaba. El agua del mar estaba tan preciosa
que... Tocan la puerta, la charla creo que va a ser inevitable. Sí, se
confirma. El entrenador nos cuenta otra vez el tema de las faltas, la táctica a
seguir, el estar atentos, esos dos saques de esquina que tenemos ensayados para
el segundo tiempo. Ya queda poquito para que empiece el partido. Me veo en el
campo, en ese partido que soñé tantas veces. ¿Será posible que vaya a jugarlo? Breve descanso, charla con los compañeros y en
autobús al campo. Salgo de titular. Ya estamos pisando el césped, está perfecto. Aquí
estas cosas no se escapan. La organización ha sido muy buena. Saludamos a los
aficionados españoles, están gritando como locos. Veo cómo saltan al campo los
rivales. Los miro desafiante. También ellos lo parecen. E incluso confiados.
Entre ellos hay compañeros de mi equipo. Luego los saludaré, pero hoy no es día
de bromas. Nos jugamos una final. Ellos vienen de jugar tres seguidas, ganando
dos de ellas, y nosotros de varios fracasos, o casi. ¡Bah, olvídate ya de los
fracasos! Que tengan cuidado. Que tenemos una energía y unas ganas de que
empiece esto como no habíamos experimentado nunca. No pierdas la sangre fría.
Antes decías que es un juego. Sí, pero vaya juego. Se van a batir todas las
marcas de audiencia en televisión en mi país por este simple juego. Por las
cosas serias, que las hay, y muchas, no se baten tantos records. Qué mezcla de
sentimientos, el corazón se me dispara y la cabeza no quiere irse. Estamos en
el vestuario, preparándonos para saltar al campo. Nunca me costó tanto
conservar la tranquilidad. Tengo que hacerlo. Como tantas otras veces. No
puedo, es la final del mundial, con lo que soñé siempre. Siempre. Siempre. ¿Y
si fallo delante del portero? ¿Y si tengo yo la culpa de que perdamos? ¿Y si
marro el penalti decisivo, como le pasó a Baggio? ¿Y si mañana soy el titular
de los periódicos, pero para mal? ¿Y si esto es el inicio del fin de mi
carrera? Dios mío, protégeme y no dejes que me pase nada malo. Si he llegado
aquí, al menos que no sea para sufrir. Si tenemos que perder... No, si tenemos
que perder nada. No quiero eso. Nos toca ganar. Esta ilusión que no se rompa. Después de hoy,
¿Valdrá la pena volver a ponerse de corto para afrontar un partido? ¿Conseguiré
motivarme otra vez, después de estar en lo más alto? Saltamos al campo otra
vez. Pero esta ya en serio. Siento que me hacen mil fotos por segundo. Todas
las sensaciones del mundo a cada momento. Suenan los himnos. Y ahora el sorteo.
Ya está, sacamos nosotros. Me acerco a la pelota, son las ocho y veintinueve
minutos de la tarde del treinta de junio del año dos mil seis. Voy a sacar yo
de centro el balón que dará inicio a la final del mundial de Alemania. Si me oyera mi madre la recordaría los bocadillos de
sardinas de hace veinte años. Si me oyera mi padre le diría que yo marcaré el
tercer gol de Basora que no llegó nunca en mil novecientos cincuenta. Si me
oyera mi hermano le diría que... Que hoy vamos a ganar, y que vamos a tener el
espíritu que él quiere que tengamos. A mi mujer le diría que mis dos goles van
para ella y a mi niño, que hoy va a recibir la mejor felicitación del mundo. El
día que lo entienda estará orgulloso de su padre. El árbitro pita. Antes de tocar el balón, un último
recuerdo. Esto de hoy es muy importante para muchos de nosotros, pero no debe
hacer olvidar que el fútbol no lo es todo en nuestra vida, por mucha que sea la
ilusión. Que hoy pasará, y llegará mañana, y que el día a día es lo mejor. Ya no quedan excusas. Se han acabado. Y el mito de
Brasil, como el de Italia, Argentina y Alemania, las cuatro grandes, se acaba.
Y lo hará antes de dos horas. Durante ese tiempo vamos a escribir, esta vez sí
y para siempre, una página preciosa. Quiero hacer feliz a mucha gente. ¡Ahí va
la pelota, vamos! ¡Mañana, mañana todo habrá terminado! |
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