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La
amatista miraba aquella flor que se erguía a su lado. Tal alta, tan esbelta,
tan cerca del cielo. Veía
como, iluminada por los rayos de sol, era capaz de seguirle y de girar
siguiendo la estela de sus rayos, y pensaba: Cuánto me habría gustado poder
moverme como el girasol, tener mi cuerpo despegado del suelo sintiendo como el
aire te mece suavemente, cómo el agua te alimenta y te hace crecer, sentirte
cada día más alto y más cerca del cielo. Las cosas que se deben ver desde ahí
arriba, seguro que el girasol sabe cómo es el mundo, ¡ha debido de ver tantas
cosas!. yo -se lamentaba- no he visto más que este
pequeño mundo que hay a mi alrededor, otras piedras como yo, los pequeños insectos
que pasan o se posan sobre mí, siento el
agua que deja la lluvia pero temo que si llueve demasiado el barro que arrastra
pueda taparme. Y
tanto miraba al girasol que se elevaba a su lado que una tarde decidió
hablarle: -
Te
envidio girasol, tu vida es tan interesante que quisiera haber nacido flor como
tú, dime ¿Cómo es el mundo que ves desde ahí arriba?, Tú que alcanzas a ver
tantas cosas desde ahí, descríbemelo. El girasol oyó aquella voz
que venía de abajo, se inclinó un poco doblando ligeramente su tallo y alcanzó
a ver, justo a su lado, una piedra que brillaba con luz propia. De ella se
desprendían hermosos y brillantes colores. Era tan bonita, tan sólida y tan perfecta,
que el girasol deseó ser como ella y
pensó: Debe de ser maravilloso ser
como esta piedra. Es tan fuerte que debe de haber pocas cosas que puedan
dañarla. No esta a merced de los caprichos del viento, ni a los impulsos del
agua o al filo de una hoja que le
arrebate la vida. Casi nada puede destruirla. Nadie la cortará para sacar del
interior su semilla. Cuántos años
llevará en este lugar y cuántos más permanecerá. El girasol
siguió mirando a la amatista y al fin contestó: -
El
mundo desde aquí arriba no es demasiado interesante para mí. Aunque soy alto no
veo mas que la espalda de mis compañeros, tan altos como yo y que giran al
mismo tiempo que lo hago yo. Veo pájaros, árboles, montañas y el cielo, inmenso
y azul si está despejado, pero cuando las nubes oscuras aparecen lo esconden
tras de sí y entonces ninguna razón me impulsa a levantar mi cabeza, luego, si descargan
el agua que llevan, siento la lluvia sobre mí, pero temo que si cae mucha se
puedan estropear mis pétalos y mis semillas, o se pudran las raíces que me
alimentan. Si el viento sopla suave me acaricia y mece dulcemente, pero si se
encoleriza puede doblarme hasta romper el tallo que me une al suelo y que me
mantiene vivo. Mi vida es interesante pero no tan feliz como tú supones. Además
cuando alcance la mayoría de edad y mis semillas estén maduras me cortarán y
moriré. Al oír estas
palabras le amatista sintió dolor, porque pensó en que algún día aquella flor
dejaría de estar allí y ya no tendría su compañía. El girasol habló de nuevo: -
Ya
que ambos pensamos que la existencia del otro es más interesante que la propia
y puesto que lo que tú tienes a tu alrededor es tan inalcanzable para mi como para ti ver las cosas que yo veo, si
quieres, mientras yo viva, puedo ser tus ojos aquí arriba y tú serás los míos
ahí abajo y cuando yo ya no esté podrás recordar todas y cada una de las cosas
que yo te haya contado. Yo puedo describirte todo lo que pase cerca de mí para
que lo sientas, y disfrutaremos el uno del otro compartiendo nuestras
experiencias y haciéndonos compañía. Yo te sentiré a mi lado en el último
instante antes de mi muerte y tu solidez me dará fuerza para soportar el
cuchillo que me llevará la vida. La amatista respondió: -
Yo,
con el peso de mi cuerpo cuidaré de que tu tallo esté firmemente unido al
suelo, escucharé tus historias y te narraré las mías y el día que desaparezcas
conservaré el recuerdo de todo lo que me hayas enseñado y será como si tú
siguieras vivo, pero ya solo dentro de mí. |
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