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De
pronto, en medio de una celeste
claridad, que al reflejar sobre los pastores,
los llenaba de luz, percibieron la figura de un ángel brillante y
majestuoso. A su vista se llenaron
de asombro y de temor. -Tranquilizaos -dijo el ángel, -vengo a daros una nueva de gozo grande para todo el
pueblo. Hoy os ha nacido un Salvador, que es el Cristo, el Señor, en la
misma ciudad de David. Y ésta será la señal:
hallaréis al niño envuelto en pañales y acostado en un
pesebre. Una
multitud inmensa de espíritus celestiales se dejó ver en el mismo instante. Junto con el
ángel cantaban alabando a Dios, entre resplandores de gloria y
trémulo rozar de alas. Era así su canto: “Gloria a Dios en las
alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” Extinguióse
el resplandor celeste y desvaneciéronse las legiones angélicas
volando con suavidad a las alturas. Subían, subían, repitiendo
siempre el himno nunca oído
en la Tierra, que fue perdiéndose como un eco allá arriba, cada
vez mas lejos. Repuestos de su asombro, en el corazón de los pastores
brotó el entusiasmo: -Vamos,
se decían unos a otros: –Vámonos a Belén y veamos
ese suceso prodigioso que el Señor nos ha manifestado. Y desde
aquélla noche, generación tras generación siempre ha
habido en la Tierra hombres de buena voluntad que al igual que los pastores han
adorado al Niño Jesús en la noche santa de su nacimiento y todos
la hemos llamado la “nochebuena” y la seguiremos llamando mientras
el mundo dure.
Feliz navidad
Madrid. Diciembre 2010. Se acercan las
Navidades, días especiales en los que las familias los dedican a
celebrar el nacimiento del niño Dios y con éste motivo se juntan
sus componentes por muy lejos que
estén unos de otros para conmemorar éstos días santos. El
amor que entre ellos durante el año no pueden compartir, en éstos
días se reparte con avidez entre todos ellos. Aquel día de
mediados de mes, Luisón, un mendigo cansado de vivir a pesar de sus
pocos años, se encontraba sentado en la calle pidiendo limosna en el
mismo lugar que ocupaba diariamente desde hacía unos años, en la
Plaza de Atocha dónde cada cual tenía su sitio que todos
respetaban. Una fría
mañana con un sol que apenas calentaba alegraba un poco el ambiente
dónde el bullir de la gente que caminaba rápidamente de un lado a
otro haciendo sus compras navideñas, mientras una señora bien
vestida y abrigada, se paró frente a Luisón, quien, lentamente,
levantó la vista y miró a la mujer que le
pareció de clase acomodada.
Su primer pensamiento fue: ésta, como otros, sòlo se
quiere burlar de mí al verme tan desastrado; si al menos me diera una
limosna y se marchara... Pero la
señora sonreía... -¡Por favor,
déjeme en paz! -gruñó el indigente... Para su sorpresa, la
mujer siguió frente a él. Ella seguía sonriendo, sus
dientes blancos emitían destellos deslumbrantes. -¿Tienes
hambre? –preguntó ella. -No,
-contestó sarcásticamente. Acabo de almorzar con el presidente...
ahora váyase. La sonrisa de la
mujer se hizo aún mayor. De pronto
Luisón sintió una mano suave bajo su brazo. -¿Qué
hace usted, señora? –preguntó el hombre enojado. -¡Le digo que
me deje en paz!! Justo en ese momento
un policía se acercó. -¿Hay
algún problema, señora? –le preguntó el oficial. -No hay problema
aquí, oficial, contestó la mujer. Sólo estoy tratando de
ayudarle que se ponga en pié... -¿Me
ayudaría? El oficial se
rascó la cabeza. Sí, le dijo, el viejo Luisón ha sido un
estorbo en éstos últimos años. -¿Qué
quiere usted hacer con él?
-preguntó el oficial. -¿ Ve usted la cafetería de allí
? -contestó ella, yo voy a
darle algo de comer y sacarlo del
frío de la calle durante un rato. -¿
Está loca, señora ?,
el pobre desamparado se resistió. -¡Yo no quiero
ir ahí!. Entonces
sintió dos fuertes manos
tomándolo de los brazos y levantándolo. -¡Déjeme
ir, oficial, yo no he hecho nada...! -Vamos viejo... esta
es una buena oportunidad para ti
– le susurró el oficial al oído. Finalmente, y con
cierta dificultad, la mujer y el oficial llevaron al viejo Luisón a la
cafetería y lo sentaron en una
mesa de un rincón de
la misma. Era casi mediodía,
la mayoría de la gente ya había almorzado y el grupo para la comida aún no
había llegado. El gerente de la
cafetería se acercó y les preguntó: -¿Qué
está pasando aquí? -¿Qué es todo esto? -Esta señora
le trajo aquí para que coma algo,
-respondió el policía. -¡ Oh no, aquí no ! -el gerente respondió
airadamente. -¡Tener una persona como ésta aquí es malo
para mi negocio !! El viejo
Luisón esbozó una sonrisa
dejando ver sus dientes mellados –-Señora, se lo dije, ¿ahora, sí que
van a dejarme ir?. Yo no quería venir aquí desde un principio. La mujer se
dirigió al gerente de la cafetería y le sonrió: -Señor
¿está usted familiarizado con la entidad bancaria BANISTAL (Banco
Comercial Hispano Italiano) que
está en la calle transversal de aquí, a muy poca distancia? -Por supuesto que
los conozco, exclamó el gerente con impaciencia. -Ellos tienen sus reuniones
semanales en una de mis salas de banquetes. -¿ Y se gana
una buena cantidad de dinero con el suministro de alimentos en esas reuniones
semanales ? -preguntó la
señora. -Y eso,
¿qué le importa a usted? –contestó el gerente
enojado. -Yo, señor, soy
Luisa María Fernandez de Simancas, accionista mayoritaria y formo parte
del Consejo de la Sociedad de esa
entidad bancaria. -¡ Oh
perdón !! -dijo el gerente. La mujer sonrió de nuevo..
–Pensé que esto podría tener una diferencia en su trato
hacia nosotros, le dijo al policía, que a duras penas trataba de
contener una carcajada. -¿Le
gustaría tomar con nosotros una taza de café o tal vez una
comida, oficial? -No, gracias,
señora. -replicó el
oficial. Estoy de servicio. -¿Entonces,
quizás, una taza de café para llevar? -Si señora,
eso estaría mejor. El gerente de la
cafetería giró sobre sus talones como recibiendo una orden. -Voy a traer el
café para usted de inmediato, señor oficial. El oficial lo vio
alejarse y opinó.
Ciertamente, lo ha puesto en su sitio, -le dijo a la señora.. Esa no fue mi
intención, -dijo la señora, lo crea o no, tengo una muy buena
razón para todo esto. Se sentó a la
mesa frente a su invitado a comer. Ella lo miró fijamente durante unos
momentos. -Luis, .¿te
acuerdas de mí? El viejo Luis,
sorprendido, miró su rostro, nadie le llamaba así ahora, pero antes....
–Creo que sí, se me hace familiar, pero no consigo recordar de
qué.. -Mira Luis,
quizás estoy un poco más mayor, más vieja, pero
mírame bien, le insistió la señora, tal vez me ves mas llenita o mas gorda
ahora... pero cuando tu trabajabas aquí hace muchos años, vine yo una vez, y
entré por esa misma puerta,
muerta de hambre y de frío. Era por éstas mismas fechas. Algunas
lágrimas rodaron sobre sus mejillas. -Yo acababa de
terminar la carrera en la Universidad de mi ciudad con premios extraordinarios.
Allí no encontré trabajo por mas que miré, continuaba
explicando la señora, y entonces vine aquí, a Madrid que como
capital de la nación
esperaba que sería más fácil encontrar. -¡Señora! -exclamó el oficial, No
podía creer lo que estaba
contemplando Yo había
llegado a ésta capital en busca de trabajo pero no había podido
encontrar nada. Con la voz quebrada la mujer seguía: pero cuando me
quedaban mis últimos céntimos y me habían despachado de mi
apartamento por no pagar su alquiler, caminaba por las calles mirando los establecimientos de todas
clases para ver si ponía
algún letrero que necesitaban personal de lo que fuera, pues ya no
miraba otra cosa mas que ganar algo de dinero para poder vivir y secar mis
lágrimas que constantemente
me caían. Era Diciembre y estaba muerta de frío y de hambre y no
tenía dónde dormir esa noche. No encontré nada. Entonces vi
éste lugar y entré pensando que tenía una mínima
posibilidad de que pudiera conseguir algo de comer. Con lágrimas
en los ojos, la señora continuó con su relato. Luis, cuando me
tocó el turno, me recibió con una sonrisa preguntándome
qué deseaba. -Ahora me acuerdo,
-dijo Luis, yo me encontraba detrás del mostrador de servicio. Se
acercó y me preguntó si podría trabajar por algo de
comida. -Sí, y me
dijiste que eso iba en contra de la política de la empresa pero que
esperara un poco, -continuó la señora: -Entonces tú me
hiciste el sándwich de carne más grande que había visto
nunca... me diste una taza de café, y me fui a un rincón a disfrutar
de mi comida. –Tenía miedo de meterte en problemas. Luego, cuando te
miré y te vi poner el precio de la comida en la caja registradora, supe
entonces que todo iba a estar bien, y me quedé tranquila -¿Así que usted comenzó su propio negocio?, dijo el viejo Luisón. -Sí, encontré
un trabajo esa misma tarde. -Trabajé muy
duro y me fui hacia arriba con la
ayuda de Dios. Eventualmente empecé mi propio negocio que, con la ayuda
de Dios, prosperó... Ella abrió su
bolso y sacó una tarjeta. Cuando termines aquí, quiero que
vayas a hacer una visita al
señor Gómez Jiménez; él es el Director de Personal
de mi empresa; iré yo antes a hablar con él y estoy segura de que
encontrará algún puesto de trabajo para ti que tú puedas
hacer en la oficina. Creo que hasta puedo darte un adelanto de dinero lo
suficiente para que puedas comprar algo de ropa para que vayas bien preparado y
puedas conseguir un lugar para vivir hasta que te recuperes. Si alguna vez necesitas algo, mi puerta
estará siempre abierta para ti, Luis, y mis señas están en
la tarjeta. Hubo lágrimas
en los ojos del viejo Luisón. -¿Cómo voy a agradecerte
todo esto?, preguntó. -No me des las
gracias, -respondió Luisa.
–A Dios debes agradecerle, pues Él me trajo a ti. Fuera de la
cafetería, el oficial y la señora se detuvieron, y antes de irse
cada cual por su lado dijo la señora Fernandez de Simancas:
-¡Gracias por toda su ayuda, oficial1 Al contrario, dijo
el oficial. Gracias tengo que dar
yo, he visto un milagro hoy, algo que
nunca voy a olvidar. Y...
gracias por el café. Y mientras caminaba,
Luisa Maria iba pensando... Cuan cierto es que Dios cierra puertas que
ningún hombre puede abrir y
abre puertas que ningún hombre puede cerrar. Y se vale de estas fiestas
tan sensibles y conmovedoras para que el género humano las ponga en
práctica. F I N Eugenio Ugarte Alonso Diciembre 2010 |
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