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Esto
ocurrió ya hace tiempo. Fue a principios de siglo casi, Mercedes
tendría entonces 20 añitos, cuando conoció a este abogado,
al quién le entregó su alma. En aquellos días, todo mundo
quería dar su opinión y más si eran los parientes, aunque
no les hubieran preguntado, eh! Siempre metían la cuchara, en todo. Y no
iban a dejar de decir su opinión -si éste era el hombre correcto
para ella o no. Y si la familia, no le daba el visto bueno, pobrecita. El caso
es, que las tías de Mercedes, no querían saber, de los
amoríos de la sobrina, ni en broma. Y por muy bueno, que fuera el hombre
y lo mucho que la quisiera, "eso" no era lo más
importante. Tenía que ser "conocido":
«¿quién dices que es? - Nunca, he oído hablar de
él, o su familia» ; le replicó una de las tías,
frunciendo el ceño y levantando una ceja, en estilo de reproche. Como se
había atrevido, esta niña, a fijarse en un abogado - desconocido.
Eso es, lo que entonces se le llamaba: "Un Don Nadie". Así,
que mejor, que fuera olvidándose, de ese joven -de al tiro- , porque no
le iban a dar permiso, jamás. Y eso de llevar la contraria, no era bien
visto. Ella podía contar, que deseaba esto o aquello, pero réplicas,
¡jamás! Y desde ahora la tendrían, como dicen por
allá, "con el ojo al Cristo", es decir, que las tiítas,
no le iban a desprender un ojo, ni en broma. ¡Ay, mamita, tiempos
difíciles, los que le sobrevenían a Merceditas!. Las tormentas
diarias eran suficientes, como para andar buscándole tres pies al gato.
A ella
le gustaba contarle sus tristezas a los caracoles y el mar la escuchaba y sin
duda éste, guardaba más de un secreto en su vientre.
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