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…camino todas las mañanas, descalzo, tomándome
todo el tiempo para que la brisa salobre y fresca
penetre por mis fosas nasales y purifique los pensamientos. Chapoteo como un
niño y doy patadas a las pequeñas olas que vienen a morir en la
playa. ¡Qué hermoso es mi Mar Caribe! Pienso, y camino. Miles de
imágenes llegan a mi mente; la bella y fría capital quedó
lejos pero me traje los recuerdos, ¿qué puedo hacer?, se puede
perdonar por propia voluntad pero el olvido no es voluntario. Los pequeños cangrejos playeros se van escondiendo a mi paso
y cuando volteo a mirar están de nuevo atareados con la arena. El sol
está saliendo en el horizonte y sus tintes rojizos y anaranjados le dan
un toque de felicidad a la mañana. Me importan un rábano las
lejanas ciudades de la montaña con sus mañanas nubladas y
heladas. El Caribe es trópico vital y sigo caminando mientras tarareo
canciones de la región; tantos ritmos y tanta música,
¿Cómo hizo Dios para darles tantos sonidos a los
caribeños? Encojo los hombros y sigo mi andar pausado. Los pescadores están retornando de su labor y escucho sus
gritos que me llegan en ecos que nacieron muy lejos. Dentro de tres horas la
temperatura será de 38 grados centígrados con tendencia al alza,
como en la bolsa de valores. Me despojo de la camiseta y de la pantaloneta para
entrar desnudo en las aguas de mi padre el Mar. Me pongo de espaldas y dejo que
las olas me mezan y me lleven de un lado a otro, igual que brazos maternales
que arrullan mi sosiego. De pronto pienso: ¡si el cielo no tiene mar, yo prefiero irme
para el infierno! |
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