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Hace poco
recuperé una afición de mi juventud: ir al Cine. En el momento
que escribo esto he cumplido cincuenta y seis años. A partir de los
cincuenta los hijos suelen tener su vida o, al menos, darte otra clase de
problemas. Cuando María y yo nos casamos, allá por los sesenta,
aún no se estilaba en España esperar hasta la treintena para
tener el primer hijo: en efecto, César, que es mi nombre también,
nació al primer año de nuestro matrimonio; luego vino Marta en el
segundo, como mi mujer y mi suegra, María Marta; y ahí decidimos
parar. Los hijos son una
bendición pero te atan más que otra cosa: los nuestros en
concreto fueron inquietos hasta la adolescencia, cada uno a su manera;
César era un chico sanote, robusto, que nunca enfermaba pero que
poseía energía suficiente para agotar a un regimiento; en cuanto
a María Marta, era todo lo contrario: enclenque, flacucha, siempre
enferma y adormilada, con el sueño ligero de los pájaros; nos dio
malas noches sin tregua, hasta el punto de que cuando al fin se
acostumbró a dormir sola y de un tirón, tuve que hacer una cura
de sueño. Anécdotas
aparte, tanto uno como otro han sido buenos chicos, a su manera, guapos y, lo
que es más raro en estos días, aplicados y responsables. Pues bien, cuando
hará un año se casó por fin César (su hermana ya
esperaba su segundo hijo), me sentí traicionado, perdido. María,
mi mujer, empezó a ejercer con fervor de abuela con su primer nieto; y
de repente me vi solo, en la casa de súbito silenciosa, enorme, y
tristona, como poblada de fantasmas. Me dediqué a bostezar; a picar; a
leer bet sellers tumbado en el sofá; a ver televisión; y, en fin, a dar
paseos por el barrio, sin rumbo. Un día, como si
despertara bruscamente de un sueño, me encontré de pronto en
medio de un grupo de abuelos contemplando, entre comentarios enjundiosos,
embebido, cómo hacían una zanja con una excavadora que
parecía de juguete. Un escalofrío me recorrió la espalda
hasta la nuca. Me alejé a rápidas zancadas. Iba huyendo cuando, al
tropezar con algo y dar un traspié en un escalón, me di de bruces
con el viejo Cinema Apolo, recién remodelado para pasar además de
películas, obras de teatro, y musicales. Sin pensármelo dos
veces, era media tarde de un día
otoñal, me puse a la cola. Y entré. De inmediato, la
película acababa de empezar, me envolvió el olor, la oscuridad, y
el rumor del Cine; me sentí transportado por la oscuridad, el zumbido
del proyector, el bisbiseo del público que abarrotaba la coqueta sala, a
una época remota y olvidada. El acomodador que me precedía, de
uniforme, haciendo parpadear su linterna entre las butacas, me condujo hasta la
primera fila. No quedaban más asientos. Pasaban el último
éxito americano de aquellas navidades. No me importaba. Cerré los
ojos y, ajeno a la película, me entregué a mis recuerdos. Cuando las luces
volvieron a encenderse y la pantalla quedó en blanco, ya sin letreros,
la mitad del público había salido. Acababa la música. Me
levanté, aún embriagado con el olor del sueño, y corrí
a la calle donde llovía con fuerza, entre ráfagas desagradables. Al día
siguiente busqué en el periódico las películas que pasaban
esa semana. Antes de conocer a María yo había querido ser
fotógrafo, guionista, e incluso director de cine. Y cuando empecé
a trabajar, antes de hacerme profesor, y ya éramos novios, ahorraba para
ir todos los fines de semana con ella al menos a un pase del Apolo o el
Central, donde daban James Bond, Hichkok, o incluso Bergman, que a mí me
aburría pero estudiaba con devoción. Entonces apenas había
dos o tres libros sobre cine en la única Biblioteca de la ciudad, y ya
me los sabía de memoria, pero seguía pidiéndolos. Y creo
que era el único, porque siempre llevaban la última fecha de mi
devolución. A María el cine
francamente le aburría, salvo algunas novedades, y las películas
de época. Pero, como éramos novios, se sacrificaba por mí,
como yo me sacrificaba en otras cosas. Yo ya nunca le hablada de mis
sueños con el cine, que ya sólo eran absurdos; y así
cediendo el uno y el otro, íbamos acoplándonos: ella venía
al cine y yo bajaba a la playa en nuestro simca, algo que nunca me
gustó, o la llevaba al campo, a un merendero lleno de ruido y moscas. Hasta que nos casamos
y nacieron los chicos. -¿qué
lees, César? -las funciones de hoy. -bueno, yo me voy. María Marta
estaba a punto de cumplir, y ella se pasaba prácticamente el día
cuidándola. A veces incluso se quedaba a comer. Se llevaba muy bien con
nuestro yerno, que se parece a César. Sólo venía a dormir.
Yo me acuesto temprano, pero tardo en coger el sueño, y la escuchaba
llegar, girar la llave, entrar al baño y luego a la cocina, sin hacer
ruido. Cuando desayunábamos juntos, me reprochaba no ir a ver a mi nieto
con más frecuencia. Aquel día, sin
embargo, debió verme distinto, porque no dijo nada, y yo creo que se fue
intrigada. Yo acababa de
descubrir el Cine Forum Universitario, donde pasaban películas antiguas
y de mi época. Subrayé dos. Recorté los horarios. Quedaba
cerca de casa, al otro lado del Parque de la Constitución. Si
María no venía a comer, me quedaba tiempo incluso para echarme la
siesta. Era uno de los días que salía temprano del Instituto. Esta vez el cielo
resplandecía azul, con ese aire transparente y lavado que deja a veces
la lluvia. Había estado lloviendo toda la noche. De repente me vi
andando con paso ágil, rápido, y alegre, como hacía tiempo
que no caminaba, y a buen ritmo llegué al Instituto. Aquella tarde
pasaban El Halcón Maltés, con Humprhey Bogart y al día
siguiente, El Sueño Eterno. De regreso, di un
rodeo para pasar por la Biblioteca nueva. ¡Había más de
cien títulos, sólo de Historia y Teoría del Cine!
Saqué uno con mi carné de profesor, sobre cine japonés,
que es una de mis lagunas más importantes, porque en mi época no
pasaban esas películas. Y me alejé silbando, volteando el brazo
con la cartera llena de papeles. Al cruzar el parque vi
a los viejecitos de la víspera, que contemplaban aún la abertura
de la zanja, y se me ocurrió la fantasía de si no se
habrían movido de allí desde aquella tarde. Algún
día yo sería como ellos. O tal vez ya no. Nada más abrir
la puerta sonó el teléfono. Era la voz de César,
invitándome a comer. Me puse tan nervioso que casi derribo el jarroncito
chino de la consola. Al final, conseguí ponerle una excusa convincente.
Nada más colgarle, llamó María para decir que no
venía, y preguntarme si podía recogerla a la noche. Le dije que
sí, y me tumbé en el sofá (aún era pronto para
comer), y me enfrasqué en la lectura. Ahora el silencio y la
quietud de la casa me envolvían, sin agobiarme, como un anticipo de la
sala del Cine. Hojeaba las fotografías de aquellas películas
exóticas, en blanco y negro. Luego comí
deprisa, sumariamente. Me puse el despertador con media hora para atravesar el
parque hasta la Universidad, y me acosté muerto de sueño porque
la lluvia de la noche me había desvelado, y la lectura. A las cinco menos diez
me desperté; me vestí; tomé un bocado; y salí rumbo
al Cine. En la taquilla
desierta flotaba ya una ligera penumbra. Otra vez los nubarrones comenzaban a
armar su atalaje sobre las azoteas. Saqué mi entrada y esperé a
que se abriera la puerta. Aparte de mí,
de una parejita y un señor solitario, de edad indefinible, no
había nadie más. Junto a la puerta, tras una mampara acristalada,
estaba el viejo cartelón en blanco y negro, con Bogart abrazando a Ava
Gardner, y la estatuilla del halcón maltés al fondo, de un color
ferruginoso. Debajo había algunos fotogramas, todos ellos inolvidables. En tiempos, yo me
sabía fragmentos enteros de películas. Intenté recordar
alguno, pero comprobé que las lagunas habían espaciado tanto los
diálogos, ya borrosos, que estos se habían vuelto absurdos. Entretanto se
abrió la puerta, justo cuando empezaba a gotear y soplaba un aire
húmedo y frío. Me subí el abrigo y me froté las
manos. Detrás de mí había llegado más gente, y
comenzaba a oscurecer. Nada más
acomodarme, apagaron la luces más próximas a la pantalla. La
sala, bastante pequeña, se sumió en la penumbra. No había
lleno, y apenas se oía un zumbido. Al fin, apagaron todas las luces, y
empezaron a aparecer los nombres de los actores, parpadeando entre la
música. Me arrellané,
encajé los brazos en la butaca, y entorné los párpados.
Esta vez había escogido un asiento en el centro de la sala. De
súbito apareció la escena en que Sam Spade lía un
cigarrillo, los pies sobre la mesa, y aparece su secretaria anunciándole
la llegada de una mujer. Los diálogos,
la interpretación, la música, y las voces, me sumieron en un
estado de ensueño. De repente abrí los ojos: la ausencia del
rumor del público, enhebrado de frases y roces en la oscuridad; del ir y
venir del acomodador; del vendedor de refrescos; en fin, del olor a cerrado y a
trapo viejo de los cines, me golpeó como una sospecha, casi una certeza
angustiosa. El día anterior
yo había estado en el Apolo, no viendo una película, que no me
interesaba, sino reviviendo viejos tiempos; ahora, en cambio, estaba solo en
una sala pequeña y medio vacía, que no olía a nada, viendo
una película vieja, que además me sabía de memoria. Los
fotogramas se sucedían sin hilación, monótonos, incoloros,
y distantes, como al otro lado de un abismo. Alguien rió en
la oscuridad. Antes de que pudiera
recuperarme y recobrar la atención, sonó la música del
final, y Bogart, magnífico como siempre, dijo tomando la estatuilla de
plomo del Halcón, aquellas palabras inolvidables: “El material del
que están hechos los sueños”, mientras yo ahogaba un
último bostezo. Llovía a
cántaros. Crucé el parque, derecho a la parada de taxis. Pocos
días después nació mi segundo nieto.
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