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El año 2112 empezó como
había acabado el anterior, con una tormenta que duró toda la mañana y que
colapsó el tráfico. Ya no era fiesta en Año Nuevo, ni tampoco en Navidad. Unos
pocos meses antes un decreto de la Conferencia Mundial del Trabajo había dejado
los días de vacaciones al año en 6 (1 cada 2 meses), continuando así la
tendencia de años anteriores, que habían hecho perder cada año al menos un día
festivo a los trabajadores. Era Lunes, de mes impar y de año acabada en 2, y
como tal sólo podían salir a las calles los coches con matrícula que empezara
por 151. Luis se levantó pronto, a las 7, como era norma en él, y
abrió la ventana. El ruido era ya ensordecedor y le echó para atrás. Vivía en
un bonito estudio de 14 metros cuadrados, que según las estadísticas que había
escuchado la noche anterior en la televisión era el tamaño medio de la vivienda
nueva en Madrid. Lo pagaba con comodidad, pues el Gobierno actual, para dar
solución a una crisis que se remontaba a siglos atrás, había decidido
establecer un baremo fijo para el pago de los pisos. Era una complicada regla
matemática que calculaba el valor del mismo a partir del sueldo, del tiempo que
se llevara viviendo en la ciudad, y del número de ascendientes españoles en el
último siglo que tuviera cada uno. Luis tenía suerte, su trabajo de analista de
ventas de productos heterogéneos y su larga temporada en la capital hacían que
apenas pagara el 80% de su sueldo. Los fines de semana se dedicaba a descansar
y a ver películas de video. Salía poco a la calle, cada vez más peligrosa. Los
periódicos hablaban de atentados casi todos los días, y la guerra entre grupos
terroristas era abierta. Se estimaba que más de 400 bandas extremistas, de
ellas más de la mitad religiosas, asolaban el país, y aunque las noticias en
ese sentido no eran claras (a veces el propio Gobierno dudaba en público al
acusar de la autoría a los terroristas) el año anterior habían muerto
asesinadas más de 100 personas al día en España, y 1800 en toda Europa. El
número de secuestrados era incalculable, y todos los días aparecía actualizada
la lista de desaparecidos en el periódico Vida. La sociedad española, como casi toda la europea, estaba
dividida en 6 capas: en primer lugar estaba la clase dirigente, constituida por
los miembros del único partido que ya existía, el PMP (Partido Muy Popular),
que se había quedado sólo tras admitir la corona un recurso por el cual el otro
partido que quedaba hasta el momento, el PPP (Partido Para el Pacto), pasaba a
ser ilegalizado. Ello a pesar del cambio de siglas sufrido por este partido de
centro-izquierda, y que habían pedido sus propios militantes, pues las antiguas
recordaban tiempos pasados de sufrimiento y de vergüenza que nadie quería
revivir. Los acontecimientos de Mayo del 2068, cuando militantes del antiguo
Partido Socialista, entonces en el Gobierno, tuvieron la osadía de consultar en
el Parlamento un paquete de medidas entre las que se encontraban la
descentralización total del país, la reducción drástica y por ley del precio de
los pisos y una reforma educativa sin precedentes provocaron una reacción tal
que durante tiempo se temió muy seriamente que estallara una Segunda Guerra
Civil. Finalmente la crisis se solventó con elecciones anticipadas y una
victoria muy clara del PMP, que dejó las cosas en su sitio. La gente se
tranquilizó y se volvió a la normalidad democrática y a las antiguas décadas de
déficit 0. En
segundo lugar estaban los militares, que constituían una proporción fija del
total del país, y que en España era concretamente del 17%. Después, con un peso
enorme, los constructores de pisos, algunos de los cuales pasaban a formar
parte del ejecutivo del Gobierno (y viceversa), los militantes de la Iglesia de
los Iluminados, una compleja red con base católica y con un tremendo poder
económico, el obrero medio y por último los rechazados por el Tribunal de la
Santa Ley. Ésta institución no tenía más de 2 años de vida, había sido creada
por el PMP, con el voto a favor de todos ellos y de la monarquía, que tenía voz
y voto en todos los asuntos y por supuesto capacidad para vetar cualquier
medida. Este tribunal tenía poder para decidir cuando alguien pasaba a ser un
rechazado. Los motivos podían ser muchos: cualquier delito o la negativa a
trabajar suponía el ingreso inmediato en grandes cárceles situadas casi siempre
en las afueras de las grandes urbes. Últimamente el abanico de posibilidades
para entrar en ellas se había ampliado, y de hecho haber cumplido más de 70
años ya era considerado delito, dada la superpoblación que asediaba el mundo
entero y que comenzaba a dar terror. La medida anterior, que consistía en 10
años de cárcel para quienes tuvieran más de 1 hijo (en el cómputo global entre
todos los hermanos de una familia) comenzaba a considerarse insuficiente. La
última iniciativa, de carácter religioso, estaba dando mucho que hablar, ya que
la Iglesia había propuesto penar a los que fueran sorprendidos sin el signo de
la religión católica (un pin con la foto del Papa, actualmente Jorge María VII).
Los cálculos hablaban de un 16% de la población entre rejas, y sin embargo los
ciudadanos habían vuelto a afirmar en la última encuesta que su principal
problema era la inseguridad, a pesar de que era imposible ver ninguna calle a
ninguna hora del día sin una patrulla vigilando. Luis puso la televisión. Ya había empezado el discurso diario
de Su Majestad. Varios años antes una cadena de atentados que casi había
destruido el país entero hicieron necesaria la intervención del monarca a
diario. Como la ola de sangre fue tan larga y abrumadora, los mensajes se
sucedían día a día, y al final se decidió dejarlos, ya que tenían un fuerte
efecto de concienciación social. Hoy el Rey hablaba de la necesidad de
concordia entre los seres humanos, y del necesario esfuerzo de todos por
mejorar la economía mundial. A Luis no le sorprendió que dejara sin mencionar
el asunto más candente de la actualidad, que eran las abundantes intoxicaciones
alimenticias que sin motivo claro estaban ocasionando una larga lista de
muertos en España, y, al parecer, también en otros puntos de Europa. Lo cierto
es que los mensajes muchas veces estaban grabados días e incluso semanas antes
(Su Majestad Pelayo IV se encontraba de vacaciones en un lugar desconocido de
Oceanía desde mediados de Diciembre). Una vez incluso, ante una indisposición
que no dejó margen de maniobra, el director de televisión española decidió
emitir un mensaje ya emitido un año antes, y la mayoría de los espectadores no
se dieron cuenta. Luis cogió el mando a distancia, y puso el Canal 101 Fiesta,
destinado las 24 horas del día a arriesgados concursos que se habían hecho muy
populares. Desde hacía un mes emitían desde Marte, a donde habían viajado 50
concursantes en busca del premio más grande de la historia de la televisión,
nada menos que mil millones de unidades de la moneda actual, el Mundíbor (cada
uno equivalía a alrededor de 1,35 de las antiguas Eurotecas, moneda que
sustituyó al Euro en el 2055, tomando su mismo valor). El programa batía todos
las marcas en riesgos. Los concursantes debían luchar entre sí en guerrillas
montadas en zonas preparadas para ello. Contaban con armas cargadas con balas
de fogueo repartidas por la dirección del programa. La novedad de este concurso
respecto de otros era que diariamente se repartían 3 balas de verdad entre
todos los cartuchos, y que todos los concursantes debían disparar todas sus
balas todos los días, para no caer eliminados, y alguna de ellas tenía además
que impactar obligatoriamente en algún otro concursante. Esta especie de
lotería se había hecho muy popular, y había obligado a la construcción de
pequeños cementerios en Marte, pues ya habían caído 5 concursantes. Lejos de
provocar protestas del público, incluso habían aparecido revistas
especializadas en el programa, y varias cadenas buscaban alojamiento en otros
planetas o satélites para iniciar inmediatamente la contraprogramación. En
España y a pesar de la opinión pública, cada vez más entusiasmada con este tipo
de entretenimientos, el Gobierno había prohibido los concursos en los que
hubiera peligro de muerte a raíz del asesinato de una chica de 17 años por un
hombre que, como se supo poco después, había estado anteriormente 5 años en la
cárcel, en un programa de convivencia entre jóvenes. El asesinato fue visto en
directo por más del 80% de la audiencia, pero lo que más llamó la atención fue
que los organizadores del concurso tuvieron la oportunidad de parar al agresor
y no lo hicieron en ningún momento. La ley, sin embargo, no impedía hacer estos
programas en otros lugares, y como estaban muy de moda los viajes por todo el
Sistema Solar las productoras encontraron un filón rápido en otros planetas. Dejó el volumen alto y fue a afeitarse al cuarto de baño.
Estaba ensimismado en sus pensamientos cuando escuchó un sonido muy fuerte. Le
pareció un disparo, pero no estaba seguro. Supuso que vendría del programa
concurso, así que sin soltar la maquinilla saltó al salón para ver si había
vuelto a correr la sangre. Sin embargo, vio que estaban en publicidad. Otro
sonido igual volvió a retumbar la casa. Estaba claro que no provenía de la
televisión sino de algún lugar muy cercano a la casa. Se puso algo tenso a
pesar de que no era la primera vez que había tiroteos o estallaban bombas en su
calle. Quitó la televisión y miró por la ventana. Vio a un joven corriendo que
se adentraba en su portal. Le perseguían 5 agentes a toda velocidad. Luis
corrió hacia la puerta de la casa, y oyó pasos y jadeos. Entonces sonó otro
disparo y un gritó atronó todo el vecindario. Luis se estremeció, abrió la
puerta y el joven cayó desplomado casi
en sus pies. Escuchó el sonido de las mirillas de los 9 estudios con los que
compartía planta. Miró los ojos del desfallecido, esa cara de terror que se
tiene cuando se va a morir y se sabe, y después vio como un policía le remataba
con un seco disparo en la cabeza, desde un metro escaso. Llevaba papeles
consigo, que habían caído con él esparcidos por la escalera. Luis preguntó a
los agentes qué había sucedido, y la respuesta fue la orden de cerrar la puerta
inmediatamente. Así se quedó, quieto y de pie, durante un momento que pareció
largo. Una certeza empezaba a asomarle. Conocía a ese muchacho de cara pálida
que acababa de morir. Pero, ¿De qué?. Tal vez si el policía le hubiera dado una
pista le habría ayudado a recordar, pero ahora se sentía incapaz de pensar. Cuando por fin reaccionó vio que en el suelo yacía uno de los
papeles que habían caído con el disparo. Por puro azar había sobrepasado la
puerta y ahí estaba, esperando que alguien lo cogiera. Luis tuvo miedo, miró a
su alrededor, como si existiera la posibilidad de que alguien pudiera verle, lo
cual era impensable, y cogió el papel. En ese momento oyó una voz fuera, la
misma que le había ordenado cerrar la puerta. Se acercó a ella, pegó la oreja y
escuchó nítidamente como hablaban muy bajo entre ellos mientras rebuscaban en
el suelo. Uno de los agentes, visiblemente tenso, susurró, mientras miraba
agachado al resto, que allí faltaban dos papeles. Aseguró que venían en
paquetes de 50, y sólo habían encontrado 48. Luis se puso a temblar, mientras
miraba desesperado en el suelo. No vio rastro de ninguna otra cuartilla en toda
la casa. Entonces empezó a recordar, algunas imágenes le venían a la
cabeza. Un programa de televisión, si ahí era donde había visto a ese joven, en
algún momento que no le era posible determinar exactamente. Miró otra vez el
papel, que se movía entre sus dedos como si quisiera escaparse, pero no lo
leía, seguía tratando de recordar. Entonces volvió a la puerta y giró otra vez
la mirilla. Señalaban su casa con determinación, ahora sí estaba perdido. Sin
duda se habían dado cuenta de que lo que les faltaba estaba ahí dentro. Tocaron
la puerta varias veces. Indeciso durante unos segundos, finalmente decidió
sacar el papel por debajo de la puerta, devolverlo sin haberlo siquiera leído,
sabedor de que era eso lo que querían. Pero, inflexibles, la puerta siguió
sonando. Temeroso, tratando de mantener una calma imposible, soñando con que le
dejaran hablar, o con poder huir de alguna forma y sabiendo que eso no iba a
ocurrir de ninguna manera, abrió la puerta finalmente. Cuando vio la cara de
los agentes recordó todo, pero era tarde porque ya estaba muerto. Un sonido
agudo y frío, y aún otro más, rasgaron la mañana. Un hilo de sangre rojo, casi negro,
empezaba a rodar y se unía al otro hilo dejado por el otro muerto, a quien
Luis, en el último segundo de su vida, había conseguido recordar con total
nitidez. Sí, era él, aquél mismo alborotador que había salido unos meses antes
en un programa de televisión que fue censurado inmediatamente, ése que no
pudieron callar y que causó tanto revuelo. En aquella ocasión aseguró tener
pruebas de la existencia de un plan mundial para eliminar al 50% de la
población a través de productos alimenticios venenosos. Afirmaba que era el
único método que habían encontrado las grandes potencias para aliviar la
superpoblación que asfixiaba el planeta. Nadie le creyó pero pasó tiempo hasta
que consiguieron acallar su recuerdo. Vinieron más policías, uno de los cuales encontró el
papel que faltaba debajo de una mesa, lo guardó con los demás, y luego
limpiaron todo con rapidez y desaparecieron. De fondo sonaba una televisión con
el volumen demasiado alto para la hora de la mañana que era, y una carcajada
aguardentosa, precedió un largo, casi eterno, silencio. |
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