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Luisa, aunque sólo tiene dos años más que
yo, tiene miedo por las noches. Duerme en la misma habitación que yo, y a veces
me habla pero yo no la contesto porque estoy en el quinto sueño. Ayer también
se levantó, pero yo no me enteré. Era muy tarde cuando me despertó. Me dio en
la espalda varias veces y, cuando pude entreabrir los ojos, me habló muy
nerviosa, yo no la entendía nada, sólo miraba. Quizás mi asombro hizo que ella
se calmara. Después se puso a llorar, y yo me abracé a ella. Dime qué pasa
Luisa, le dije, haciendo de hermana mayor. Entre sollozos dijo papa y mamá se
están pegando. Nuestros padres tienen la habitación al
lado de la nuestra. Normalmente suelen cerrar la puerta, pero aquel día la
dejaron entornada. Papá le decía a mamá ¡disfruta cerda!.
Después oíamos como se movía la cama, sólo oíamos porque Luisa y yo nos
abrazamos y no nos atrevíamos a mirar. Nos miramos, y no nos atrevíamos a decir
nada. No sabíamos si llamar a nuestros tíos, a los primos. Al final volvimos a la cama, pero
estuvimos toda la noche sin dormir. Luisa y yo seguíamos sin hablar. Pero
seguro que pensábamos lo mismo, ¿por qué se están pegando? A la mañana
siguiente mamá nos levantó como todos los días. Me extrañó no verla con el ojo
hinchado o alguna magulladura. Papá estaba muy amable; más que de costumbre. Luisa y yo, más tranquilas, nos volvimos
a mirar. Si las miradas pudieran hablar, habrían dicho todo está bien, mejor
no saber nada sobre lo que pasó esa noche. |
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