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A ninguno de ellos le gustaba reconocerlo,
pero era el plan perfecto. No podía fallar porque no arriesgaban nada,
tan sólo sus personas y se trataba de algo de tan escaso valor en sus
circunstancias que ninguno lo consideró un precio demasiado alto. Menos
aún si pensaban en los resultados que se podrían alcanzar si el
plan, que de simple era perfecto, conseguía salir adelante. Después de unos minutos de
incómodo silencio, uno de ellos carraspeó y se atrevió a
hablar. —Estamos de acuerdo, One. Aunque todos conocían su nombre de
pila, sabían que no debían utilizarlo en estos momentos.
Tenían que ser capaces de separar estas reuniones secretas de la vida
diaria. —El plan es sencillo —continuó
el mismo que había hablado antes— , hasta
un retrasado sería capaz de seguirlo. Tan sólo hay que entrar
allí con las caras cubiertas, pegar unos gritos que asusten al personal,
disparar al aire, y convencer a todos esos tarados, que tarado hay que estar
para presentarse a una oposición, que no lo hagan, que no sigan adelante
en su propósito de llegar a notario. One se limitó a asentir, sin transmitir
lo satisfecho que se sentía de que sus palabras hubieran sido
comprendidas. No llegaba a fiarse de aquel grupo, ni sabía hasta
qué punto le comprendían, pero se trataba de la única
herramienta con la que contaba y no podía pararse a sopesar si estaba
haciendo lo correcto. Empezó de nuevo. —Podríamos matarlos a todos y
así asegurarnos de que nadie más se vuelve a presentar sobrio a
una oposición a notario. El problema es que mi conciencia no quiere
cargar con la muerte de nadie. Ya —dijo intentando acallar los murmullos
que empezaban a elevarse— , sé que
algunos pensáis que los notarios no llegan a la categoría de
seres vivos… pero, pensad que se trata tan sólo de opositores,
todavía no son notarios. Aún hay esperanza para ellos si pueden dedicarse
a otras labores. Esta última frase, pronunciada de
forma lapidaria, terminó de acallar los rumores. Ellos no eran asesinos,
tan sólo luchaban por una sociedad más justa. —Una vez que tengamos una sociedad
sin notarios, nuestro control podrá ser total —continuó One. —¡Control total!, ¡Control total! —gritaron
todos a una. One
sonreía satisfecho.
Una vez convencido el grupo, ahora sólo quedaban los detalles prácticos.
Había que concretar un día. Sabía que era difícil
que pudieran hacerlo todos juntos, pero estaba en su mano el abrirles todas las
puertas. Decidió convocar otra reunión para fijar el día. Por
hoy, ya era suficiente con haberles transmitido la idea y se sentía
orgulloso de la unanimidad conseguida. —Tan sólo comentaros algo antes
de irnos. Nadie debe sospechar al vernos a todos juntos, y es importante que de
aquí no salga ni una palabra. Como sabéis todo está bajo
el control de los notarios, aquí también reside el enemigo. Aunque
intenten hacerse vuestros amigos, no les contéis nada. Fuertes murmullos recorrieron la sala, y
empezaron a dispersarse en pequeños grupos que intercambiaban miradas de
desconfianza. One los contemplaba
mientras salían con un cierto malestar en el estómago, no
sabía si sería prudente confiar en ellos. —Alucinaciones colectivas. Alucinaciones
colectivas —repitió el psiquiatra de la mañana a Antonio, el
psicólogo del gabinete —. Todo el psiquiátrico habla de lo
mismo, un complot para eliminar a los notarios, y de un tal One al que nadie, por mucho litio
que administre, quiere delatar.
Creo que les recetaré algo más fuerte que evite estos delirios —y
pasó a anotar unas letras extrañas en un bloc que dejó para
su colega del turno de tarde —, ¿opinas lo mismo? Antonio sonrió de manera
enigmática y se dio media vuelta. One
suspiró con cierto alivio al doblar el pasillo. |
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