NOTA
IMPORTANTE
El
relato Azul Marino (en blanco y negro), ha sido galardonado con el primer premio por la Cadena SER Madrid Sur
en su II certamen Literario, Ser descubridores, compartiendo culturas,
por lo que los derechos sobre el mismo para su publicación pertenecen a
los organizadores del concurso, quienes me han autorizado a mostrarlo en esta
web, desde la que les agradezco esta deferencia, la ejecución del
certamen y, por supuesto, la elección del ganador y la entrega del
premio.
Azul
marino (en blanco y negro).
Por Aquanauta
(pseudónimo adoptado para el certamen por Manuel
Trigo).
No sé por qué miro hacia arriba. Hace ya
casi una hora que la última reminiscencia solar se despidió de
mí con una agonizante pincelada azul. Azul marino. Siempre me hizo
gracia ese apelativo tan impreciso que podría definir casi cualquier
tonalidad, no sólo de azul.
Ahora me baño en la noche absoluta. Mejor
aún, en la noche eterna. Sí, "eterna" es una palabra
mucho más apropiada que "absoluta" y, por supuesto, mucho
más concisa que "marino". Aunque puestos a desvariar, bien
podría decir que es la eterna noche marina lo que me envuelve. Sobre
todo, si hubiese alguien a quien podérselo decir. Es más,
bastaría con que fuese capaz de decirlo.
Bueno, al menos no paro de aprender. Aunque es en el
terreno humano donde más están avanzando mis descubrimientos.
Siempre se ha dicho que la esperanza es lo último que se pierde, pero
veo que, una vez perdida toda esperanza, y superada la desesperanza, se sigue
conservando el sentido del humor. De acuerdo, es un humor pésimo. Ni
siquiera me ha hecho esbozar una leve sonrisa, pero mi mente me ha aplaudido
esta ligera distensión. Lo necesito. Necesito mi propia
compañía. Y mis recuerdos. Recuerdos...
El mundo es en blanco y negro. La parte negra me
engulle ahora. La blanca es antigua. Aunque yo la conocí en mi infancia,
ahora me parece más antigua aún. Ya no queda nada blanco flotando
en mi añorado Ártico. Ya que mis ojos sólo ven negro, mi
mente sólo ve blanco. Las infinitas llanuras blancas. Me hubiese gustado
visitar la
Antártida, último reducto de la Tierra con hielos
aún permanentes en el lejano interior, lejos de la cálida
influencia costera. Sin embargo, no lo hice y ya nunca lo haré. Nunca lo
haré...
¿Estoy arrepentido? Buena pregunta, pero no me
interesa la respuesta. Ya nada puede hacerse. Nunca visitaré la Antártida,
ni otros muchos sitios que hubiese querido conocer, pero si nada puede
hacerse... ¿para qué preocuparse? Ni mi arrepentimiento ni mi
valiente aceptación de mis actos y decisiones son capaces ya de cambiar
nada. Además, no estoy dispuesto a escucharme una respuesta sincera que
contradiga a la imagen que de mí mismo tengo. Sería vergonzoso.
¡Pues no me arrepiento! La decisión la tomé yo. De modo que
asumo todo, sea ésta una postura sincera o no. Mentirme a mí
mismo lo he hecho muchas veces. No, no me arrepiento.
¡Qué frío! Eso sí es excusa
para arrepentirse. Malditos científicos. Se creen capaces de todo. Pero
los detalles, que ellos consideran menores por no poderlos solventar, hacen
inútil todo su trabajo. Una intervención quirúrgica en el
centro termoregulador, ha permitido que un cuerpo humano funcione, mejor o
peor, a casi cualquier temperatura por debajo de los cuarenta grados y por encima
de cero, aunque la actividad se reduzca proporcionalmente a la temperatura.
Ahora algunos hombres somos de sangre fría. Como los peces. Malditos
científicos. Preparan un cuerpo para que no sucumba ante el frío
y son incapaces de anular la sensación de frío. De doloroso
frío. Cuatro grados son insoportables. ¡Qué temblores!
¿Sentirán frío los peces? Fue por eso por lo que los
finalistas fuimos los esquimales, fueguinos, tibetanos y algún pueblo
andino. Creían que genéticamente habíamos sido
seleccionados de forma natural para resistir el frío. ¿Es que
ninguno de ellos se percató de que resistimos esas temperaturas
sólo si estamos bien abrigados? Y se creen científicos.
Científicos...
Pobres científicos, la verdad es que bastante
han conseguido. Sus logros no valen para nada, pero he de reconocer que han
avanzado bastante, al menos para el poco tiempo del que han dispuesto. Creyeron
que podían terraformar los planetas vecinos. Claro, que se equivocaron
en dos cosas: una en que podrían hacerlo en poco tiempo, los más
optimistas calculaban dos o tres generaciones. ¡Ja! Aunque hubiese sido
igualmente inútil, pues su segundo error fue peor. El cambio
climático no se ha correspondido con las previsiones de los más
pesimistas, pues incluso ellos han quedado por excesivamente optimistas. No por
el alcance de tal, si no por la rapidez con que se nos ha encajado encima.
Calor es igual a sequía, pero a la vez, a grandes cantidades de agua
evaporada en el mar. Las grandes lluvias torrenciales se han llevado por erosión
la capa fértil, desprovista por la sequía de plantas que la fijen
con sus raíces. Las aguas marinas, enturbiadas con la tierra arrastrada,
se han oscurecido, absorbiendo los rayos solares y calentándose
aún más. Más lluvias torrenciales y los continentes se
quedan con la roca madre al descubierto. Cuencas oceánicas con fondos
rellenados de tierra dan lugar a océanos más superficiales.
Sí, qué buena palabra: "superficiales". Por su poco
fondo y por la gran "superficie" que ahora tienen. Claro, más
superficie, más evaporación, más lluvias torrenciales...
Si hubiesen conseguido la décima parte de esas
lluvias en Marte, hubiesen logrado un gran éxito, pero no. Marte no es
sino un desierto igual que la
Tierra, solo que en su versión seca y fría. Y
Venus... sí, sigue brillando igual que siempre, pero visto de cerca...
Dos décadas de intenso trabajo para no conseguir más cambios que
las sutilezas que sólo las más precisas máquinas pueden
discernir. La Tierra
se terraformó sola con la ayuda de la naturaleza y el tiempo, sin la
impaciencia humana. Y las grandes lunas de los dos gigantes...
¡Cuántos cuentos de ciencia ficción se llegaron a escribir!
Y en ninguno de ellos había llegado a morir tanto explorador por los
terremotos que sus gigantes amos les inducen.
No hay salida fuera de la Tierra. La humanidad se
extingue por momentos y es consciente de que no hay salida fuera de la Tierra.
¿Dónde estará el que habló de terraformar los
océanos? Porque debería estar aquí. Debería tenerle
delante. Yo moriría ahogado por mi propia risa, pero podría
merecer la pena. Uno dice la tontería y el frío lo pasa otro. En
este caso, yo. ¿Terraformar el agua? Todavía, si se hubiesen
esforzado en conseguir ese objetivo... Pero claro, ni siquiera se lo
plantearon. La tontería viable, quizás la única
tontería viable, era acuatizar al hombre. Al hombre...
¿Qué es un hombre? ¿Soy yo un
hombre? ¿Deja de ser humano el humano que tiene un accidente y ve
amputado alguno de sus miembros? ¿Y el que los sustituye por una
prótesis biónica? ¿Deja de ser humano un
tetrapléjico? Los moralistas acordaron que sí lo es. Del mismo
modo que se aceptó que un cuerpo perfecto en parada cerebral no lo es,
pues queda reducido a un mero kit de recambios para otros humanos de cuerpo
incompleto o defectuoso. La conclusión definitiva es que un ser humano
es, sencilla y exclusivamente, una mente humana. Un cerebro humano, capaz de
pensar, de tener consciencia de sí mismo y de tomar decisiones...
decisiones... sí, por equivocadas que sean las que yo tomé. Ese
cerebro es la definición de hombre. Independientemente del cuerpo que
posea. Por lo tanto, yo soy un hombre. Y también lo son los otros
humanos que se siguen modificando en la superficie. Y las otras...
Me hubiera gustado ver a las otras. Las sirenas hechas
realidad. Por fin hubiesen existido. Las mujeres modificadas nadando a mi alrededor desnudas mientras yo me hubiese deleitado con
la imagen de sus ingrávidos pechos... Siempre me queda la
imaginación. No llegaré a verlas, pero puedo verlas.
Míralas, ahí están. Bendita imaginación. Maldita
imaginación. ¿A quién pretendo engañar? Tampoco
debo engañarme a mí mismo más de la cuenta. Todo es negro
y estoy solo. Solo...
Sólo yo he sido sumergido en el mar. Fui el
primero en salir de mi cubeta de plástico en la que apenas podía
moverme y en la que el agua que respiraba era la misma en la que excretaba. Lo
era, por mucho filtro que tuviese la instalación. No podía
olerla, mi nariz no funciona bajo el agua, pero podía saborearla. Los
filtros no son perfectos. Las instalaciones tendrían que haber estado
cerca del mar para bombear agua limpia a nuestros acuarios, pero las frecuentes
tempestades hacían muy peligrosa la línea de costa y una buena
franja hacia el interior. De modo que nos tocó saborear la ineficiencia
de los filtros. A mí y a los otros esquimales. Esquimales...
¿Cómo iban a habituar a un tibetano a comer pescado crudo?
Obviamente, la resistencia innata, según ellos, de nuestro pueblo al
frío y la adaptación al mar, nuestra eterna relación con
el mar, fuente de nuestro sustento, fue lo que hizo decidir al Comité de
Introspección que nuestro pueblo iba a sembrar el mar de hombres.
Unos hombres modificados mediante cirugía y
unas mujeres con una modificación más: alteraciones genéticas
en los folículos de sus ovarios para que sus óvulos transmitiesen
a nuestra descendencia las modificaciones necesarias sin necesidad de
cirugía. Hace tiempo, unos bichos parecidos a perros hicieron lo mismo
que nosotros y se convirtieron en cetáceos. Nosotros somos más
chulos que la madre naturaleza y nos saltamos toda regla impuesta, entre ellas,
la de la lenta evolución. No sólo pretendemos una
evolución poco menos que inmediata, sino que vamos más lejos aún.
No pretendemos convertirnos en cetáceos, mamíferos marinos,
dependientes del aire superficial, pues no podremos respirarlo en pocos meses.
Ni siquiera podremos vivir cerca de la superficie, que en breve podría
incluso romper a hervir. Nosotros vamos y nos convertimos en peces, para poder
vivir en aguas más profundas.
Los pulmones, inútiles para respirar agua,
continúan llenos de aire. Una vez selladas las vías
respiratorias, funcionan igual que la vejiga natatoria de los peces. Intentar
llenar los pulmones de aire en una negada inspiración, provoca una
cesión de gases del torrente sanguíneo a los alvéolos,
dando lugar a unos pulmones hinchados y capaces de dar flotabilidad. Por el
contrario, intentar soplar, también sin conseguirlo, hace que los gases
que no pueden escapar por la correspondiente tráquea, lo hagan de nuevo
incorporándose a la sangre y provocando el hundimiento del cuerpo al
disminuir el volumen.
¡Qué divertido! Hubiese dado la mitad de
mi vida por ver al que se le ocurrió la idea metido en un acuario
intentando controlar su acto reflejo de la respiración. Tampoco esa
modificación ha podido ser realizada con éxito en la
programación del cerebro. La necesidad de oxígeno ha sido
solucionada con unas branquias externas similares a las de los ajolotes y otros
anfibios, sustituyendo la piel de la espalda. Pero la necesidad de respirar, el
ansia de intentar llenar unos pulmones con la tráquea bloqueada, el
sentir la muerte y que ésta, para colmo de males, no se digne en
llegar... Sí, hubiera dado media vida por ver en el agua al maldito
inventor. Ver cómo sus ojos hubiesen salinizado el agua a base de
lágrimas, diluidas sin necesidad de rodar por las mejillas. Ver una
lenta e interminable agonía. Cuando por fin creí haber dominado
el impulso de respirar, llegó la hora de dormir. ¿Cómo
dormir mientras se aguanta la respiración? Pasé semanas hasta que
mi cerebro se convenció de la necesidad de no mover las costillas para
respirar y lo aceptó incluso en los momentos de sueño. Sigo sin
deber preguntarme si ahora me arrepiento de haber dejado que mi espíritu
aventurero me convenciese para prestarme voluntario al experimento, pero puedo
asegurar que en aquellas semanas no paré de arrepentirme, ni un solo
segundo. Segundo tras segundo... durante semanas. El espíritu aventurero
es lo que tiene, bueno, lo que no tiene, porque de haber tenido cuerpo, lo
habría estrangulado lentamente, muy lentamente.
Pero la vida no se extingue lentamente en la
superficie de la Tierra,
sino a toda velocidad. No hay tiempo para verificar experimentos ni para
delicadezas con nosotros. Me han echado al agua cargado de sensores que se
están soltando progresivamente y regresan a la superficie cargados de
datos para ser estudiados por el equipo. Pero no registran mis pensamientos.
Ésos son sólo míos. Moriré sin que nadie llegue
jamás a saber cuáles fueron mis últimos pensamientos y
sentimientos. ¿Comité de Introspección? Así han
decidido llamarlo porque investiga dentro de nuestro propio planeta, pero la
verdadera introspección la estoy haciendo yo. Me estoy descubriendo a
mí mismo como nunca lo había hecho antes, lástima que sea
tarde para sacar provecho del conocimiento que de mi ser adquiera. Mis
pensamientos evolucionarán hasta el inminente final, pero son
exclusivamente míos y conmigo morirán. No hemos sido equipados
con ningún dispositivo de comunicación para comunicarnos con la
superficie, de igual modo que tampoco los tendremos posteriormente para
comunicarnos entre nosotros. Nuestra nueva especie humana aprenderá un
nuevo lenguaje compatible con el medio, aunque necesite generaciones para ello.
No llevaremos un teclado para comunicarnos, pues debemos ser autosuficientes
como seres acuáticos. En nuestra improvisada aclimatación al mar,
no ha dado tiempo para adaptar nuestra industria al medio marino. Llevaremos al
agua nuestra inteligencia, pero no nuestra técnica. Volveremos al
neolítico, o al paleolítico. Nadie sabe si llegaremos a
desarrollar algún día un lenguaje capaz de expresar pensamientos
como los que ahora me dan conversación o nos limitaremos a una
comunicación básica como la de muchos animales. En ese caso...
¿conservaríamos nuestra inteligencia durante muchas generaciones
o la evolución la haría perder como algo inútil? Es
deprimente. El medio acuático no es el futuro deseable, pero parece ser
el único. El Comité de Introspección continúa con
su trabajo. Y yo, el experimento número uno, no estoy terminado, pero,
dadas las apremiantes circunstancias, se ha acelerado el visto bueno.
Vista buena, lo que se dice buena... pues no.
Aún me escuecen algo los ojos por el exceso de
salinidad del agua, pero la molestia de las partículas en
suspensión frotándose contra mi córnea cada vez que
parpadeo es indescriptible. Aquí, a esta profundidad, da igual que el
agua sea clara como que turbia, pues la ceguera es absoluta por falta de luz.
¿Qué digo? No da igual. Las malditas partículas en
suspensión me siguen matando. Además, me pregunto para qué
fuí sometido a una operación de cristalino para añadirle
una poderosa lente de corrección dióptrica que me permita ver
debajo del agua, si no se ve absolutamente nada a pocos metros que me sumerja,
y he de hacerlo, pues arriba el agua quema. Qué incongruencia, y
aquí me muero de frío. No hay término medio. La termoclina
es bestial. En menos de un metro, entre los quince y los dieciséis,
aproximadamente, se pasa de un agua de más de cincuenta grados a tan
sólo diez y, en otro metro más, allá por los diecisiete o
dieciocho, se alcanzan los cuatro grados, que se mantienen hasta el fondo. La
opacidad del agua es la que hace que el agua superficial se caliente en exceso
y que no llegue nada de luz a unos pocos metros más abajo. Maldita y
bendita opacidad. Las tierras arrastradas han hecho del mar un rico caldo de
cultivo para las algas, bien rodeadas de nutrientes. La verdosa
eutrofización es el sustento del zooplancton y una buena base de la
pirámide alimenticia, en la que se supone que culmino yo, de modo que la
turbidez me alimentará a mí y a los demás depredadores
marinos. Depredadores marinos...
Me he puesto a la altura de ellos en la cadena
alimenticia, pero ahora mismo no recuerdo conversación alguna al
respecto. Se aceptaba el retorno de la humanidad a un estadio similar al
paleolítico. ¿Incluía eso la interacción de nuestros
ancestros con sus depredadores? ¿Alguien ha pensado en cómo me
voy a defender de un tiburón o de un cachalote? Quizás tengamos
que reproducirnos mucho para compensar las bajas por tributo alimenticio.
Quizás el futuro de la humanidad sea la gregariedad; no como la de las
extintas megápolis, si no como la de las también extintas cebras,
gacelas y otros hervívoros similares, que buscaban en la multitudinaria
compañía la reducción de la probabilidad individual de ser
presa de un depredador. Si va a ser a sí, vaya mierda de futuro.
¿Qué futuro? ¿De qué
futuro hablo? ¿Acabo de aceptar el fin, perdida ya toda esperanza y
pienso en futuro? O soy un cachondo mental o es que me sigo engañando al
intentar convencerme de que sí he aceptado el final, pero algo en mi
interior se abre paso a la fuerza reclamando un después. ¿Hay un
después?
La
trascendencia parece ser un valor que crece con la cuenta atrás de la
vida. El dejar algo para el futuro, una vez aceptada la propia muerte, el
querer ser recordados parece una prioridad. Aunque lo mejor para ello es ser
recordado por nosotros mismos, siguiendo vivo. Como me temo mucho que eso no ha
sido nunca posible, los humanos han deseado recordarse a sí mismos
después de muertos y se inventaron espíritus, almas,
reencarnaciones y otras vidas post mortem. Al final, desechadas las
supersticiones, parece buen sustituto de la inmortalidad el ser recordado por
los demás. Pasar a la historia. Me hubiera gustado pasar a la Historia como el primer
hombre que colonizó el océano. Igual que Neil, el estadounidense
que colonizó la Luna
durante un rato, yo sería el esquimal que abrió la puerta de los
mares para siempre. Un sencillo esquimal que dio salida a la humanidad tras
haber sido condenada a muerte por los europeos y norteamericanos que quemaron
la atmósfera con su industria y que terminaron de rematar los chinos e
hindúes. Un sencillo esquimal de los que nunca había hablado la Historia. El problema
es que no seré recordado porque nadie quedará en breve para
hacerlo y los que aún perduran tienen como prioritario malgastar su
imaginación intentando buscar alternativas de supervivencia.
Supervivencia...
Yo, el portaestandarte de la humanidad, no me preocupo
ya de mi propia supervivencia. Maldito accidente. El oleaje ha hecho
tambalearse a la grúa que iba a depositar mi urna en el mar, se ha
soltado de un lado y he caído al mar rozando la borda. Creo que han sido
más de tres las costillas rotas. Pensé que era una suerte no
tener que respirar con los pulmones. Pero dejar las costillas quietecitas, para
evitar el dolor, inhabilita mi sistema de flotación, y mis fracturas me
impiden nadar. De modo que continúo descendiendo. Hubiera sido muy
útil avisarles del imprevisto que acabará en breve con mi vida y
pronto con la de los compañeros que me sucedan. ¿Quién
pensó en tiburones al hablar de depredadores? ¿Yo? Bueno,
sí. Yo también había creído que ese era mi mayor
peligro. Me he equivocado tantas veces... ¿Quién iba a pensar que
quien me devorase iba a ser el plancton? Mis branquias externas están
siendo devoradas por multitud de larvas de cangrejo y otros bichos de similar
repugnancia. Nuevos mundos, nuevos parásitos. Moriré como tantos
otros descubridores murieron al avasallar el continente americano,
víctimas de microorganismos a los que no estaban acostumbrados sus sistemas
inmunológicos.
Seguramente estos micromonstruos marinos, una vez
devoradas las branquias y abierto el paso al interior de mi cuerpo, no terminen
su festín hasta que mis huesos decoren el fondo. El fondo...
¿Dónde diablos está el fondo? Llevo
descendiendo una eternidad y aún no he llegado al fondo. Aunque, en
realidad, yo ya he tocado fondo. Las branquias, por suerte, no tienen nervios y
no me duelen mientras son roídas. De pequeño siempre había
temido ser devorado en vida por un gran oso polar. Esta forma de ser comido es
mucho más llevadera. Sin embargo, la hipoxia que me está
generando el mal funcionamiento de mi sistema respiratorio adosado, le
está diciendo a mi cerebro otra vez que he de respirar y llenar mis pulmones.
Es un impulso que no puedo controlar y el dolor que me produce intentar llenar
mis pulmones es indescriptible.
Creía que era gran conocedor del océano,
que me dio vida y sustento, de mi gran océano azul limpio y blanco.
Ahora que me he convertido en un verdadero aquanauta, para terminar de
descubrirlo a fondo, no descubro sino la más siniestra de las muertes.
Espero que mis compañeros puedan regresar a superficie para avisar del
problema, pero va a dar igual. No hay ya tiempo de corregir nada. La suerte
está echada y es la peor de todas las suertes que la humanidad hubiese
podido imaginar. ¿Dónde se esconden ahora los que hacían
películas catastrofistas con finales felices? ¿Dónde se
esconden ahora los temibles depredadores de suficiente tamaño para
acabar con mi lastimera vida de un único y certero mordisco? Eso
sería el más feliz de los finales a los que puedo optar en estos
momentos. ¿Dónde me escondo yo? Ni mis blancos recuerdos se
atreven ya a seguir bajando para acompañarme en mi despedida.
Caigo ya inerte. Se me nubla la vista, porque
además de negro, veo borroso. Sí, he sido capaz de pensar esa
idiotez para certificar mi descubrimiento: después de perderlo todo,
todavía se puede forzar un fúnebre sentido del humor.
Me extingo, como la humanidad. Temo que ya soy incapaz
hasta de pensar.
Brindo por ti, Tierra. Nos has vencido. ¡Que te
recuperes pronto!
Creo que ya no veo...
Aquanauta
(pseudónimo adoptado para el certamen por Manuel Trigo).
NOTA CURIOSA
El relato Azul Marino (en blanco y negro) fue
escrito expresamente para este certamen, pero por error había
creído que en las bases se pedía entre diez y doce
páginas, por lo que en esa extensión fue escrito.
Posteriormente, me
vi obligado a reescribirlo, ajustando la extensión al tamaño solicitado,
lo que pudo resultar una ventaja a la hora de ser seleccionado, pues la idea de
un relato corto no es otra que contar una gran historia en una breve
nararción. Un relato corto ha de ser precisamente eso, corto.
No obstante, si
alguien desea la versión original, tal como ahora está de moda
ofrecer con gran éxito la versión original del director de una
película que ya habíamos visto todos, puedo facilitarla a quien
me la solicite en webmaster@manueltrigo.com
Un saludo.
A LA PÁGINA
WEB DE
MANUEL TRIGO