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Cuando
le conté a Juan Cruz que me mudaba, me miró sorprendido con un
aire receloso que podía ser entendido como envidia o triste despedida. Quizás
porque yo no era de los que experimentan la vida nómade o a causa de mi
timidez. Ninguno de mis vecinos creía que me animaría a poner un
pie fuera del barrio. -
¡Eh! ¿Por qué Antonio? ¿Trabajo? ¿Familia?
¿Comodidad?- me dijo Juan. -
Trabajo… siempre trabajo. Todo sea para tener una mejor calidad de vida.
No es un barrio demasiado lejos, pero es bien pintoresco y me queda a dos pasos
del laburo. Entré
por última vez a lo que había sido mi hogar desde que
nací. Observé el pasillo por el que papá se había
resbalado tantas veces al salir del baño mojado. La mesa cuadrada, los
dormitorios a la izquierda de la cocina, la puerta del living que daba al
patio, el escritorio en el segundo piso, la escalera de mármol. La
biblioteca con sus libros ordenados alfabéticamente de izquierda a
derecha. Pero también estaba la pared del comedor. Cómo la iba a
extrañar, ya sea por la pintura de la misma o por el valor espiritual
que tenía. Mamá dibujo sobre ella con los colores que sobraron de
las habitaciones. Nada mal su obra de arte. Un paisaje argentinazo con los
árboles que embellecían el panorama y un gaucho
dirigiéndose en burro a su cabaña, donde la paisana lo esperaba.
En esa pared estaban las marcas del crecimiento de mi altura durante la
pubertad. En esa pared estaban nuestras manitos marcadas de cuando
éramos niños. Pero ya no la iba a ver. Esperé
en el jardín a los del flete. Ricardo acababa de llegar en su 504. Me
saludó con un abrazo y decidimos tomar nuestro
último mate juntos, bajo la luz del sol de todas las tardes. Hablamos
de mujeres, de autos, deportes, religión y política. Cosas de
hombres. Hasta que salió a regar Rosa. Puntual, como siempre a las
cinco. Era peor que un inglés con el té. No podía estar
dos minutos sin echarle un manguerazo al pasto y al auto de su marido. Un 207
chocado vaya a saber en qué joda del hijo. Bajamos la voz porque la
vieja era media chusma. Fue allí cuando vomité mis confesiones
sobre el todavía vecino. -
Tengo miedo, vos sabés cómo soy yo. Un cagón. Mirá
si no me adapto, si no encuentro mis amigos para jugar al truco a la noche, compadres
para hablar de minas. ¿Qué hago?- le dije. -Un
tipo como vos no tiene problemas… acordáte. Te va ir bien, aparte
vas a estar mejor económicamente, no te hagas drama porque… Se
detuvo porque llegó en su Volkswagen (Polo, si mal no recuerdo) Humberto.
Se escapó un ratito antes del edificio para poder despedirme. En realidad
vino a verme como una excusa para huir de su trabajo. En un “Call
Center”, el fordismo moderno. Bah,…moderno, es el trabajo
mecanizado y estructurado de la segunda mitad del siglo XX. Repetitivo y
cansador. En fin, vino y me despidió. También Huguito en su Fiat
600. Carlos y José, Marina, María y Felicia. A
las 8 vinieron los del flete. Les di las bolsas con las flores extraídas
del jardín y me ayudaron con algunos muebles. No pude llevarme todos.
Otros objetos sucumbieron en el camino (la pecera por ejemplo). Tenía esa nostalgia de domingo por llover, de
guitarra rota, de oxidado carrusel. Sentía la quemazón
dentro, el miedo a lo desconocido, las mariposas que se batían a duelo
en mi estómago. El recorrido era lento, no íbamos a más de
cuarenta. El camión era un remolque de viejos recuerdos, de muebles
antiguos y de reliquias familiares. No pude evitar el lloviznar de conflictos y
dudas, el temor. Es duro dejar lo que uno tanto amó. No me esperaba
tanta tristeza, era como si me hubieran puesto un grillo con su canto, a punto
de morir, en mi cabeza. Porque los grillos cantan cuando van a morir.
Clamé al cielo donde las aves migraban hacia el sur. Hacia allá
nos dirigíamos. No tan lejos…faltaba poco. Crucé
la barrera de seguridad con el flete (iba a vivir en un barrio cerrado). Me
entregaron la tarjeta con el código de barras para cruzar sin el permiso
policíaco. Entré con sigilo y rodeé con una mirada curiosa
mi nuevo hábitat. Se desató la tormenta. Las casas eran inmensas
y en su mayoría blancas. En los garajes pude observar algún
Picasso, un Audi y dos Toyotas Hilux. Un viejo con bigote a lo Hitler le daba
indicaciones al jardinero para que no le embarre la casa al entrar. Unos
bolivianos se alejaban del barrio con unos pesos en el bolsillo. Deben haber
realizado alguna changa, pensé. Además de aquellas personas, no
se distinguían los demás habitantes. Las luces estaban apagadas
en las mansiones y el ambiente de los alrededores sumado al silencio, me sugería
que estaban todos en la cama, temprano. Estrené
mi nueva llave. Podía sentir el galopar de mis pulsaciones. Finalmente
conocía mi nueva residencia. Apenas entré me topé con las
habitaciones y los baños, en el segundo piso la cocina y el comedor. No
había patio ni biblioteca, por lo que tuve que acomodar mis libros
apilados, todos en una carrera para ver quién se colocaba en la cima y
así ser leído primero. La casa no decía nada, me era
indiferente como un reloj sin agujas, como un perro que no responde a ningún
nombre. En un intento por acostumbrarme a las nuevas reglas decidí
dormir temprano. Fue en vano, porque no pegué un ojo hasta las doce. Al
despertar me sentí perdido. Tenía la sensación de haber
tomado mucho alcohol la noche pasada y caminaba mareado. Tardé mucho
tiempo en encontrar el baño a pesar de que estaba a dos metros. Me
senté en la mesa redonda, donde las sillas giraban alrededor de ella
como venerando a un Dios. La comida me sentó mal. Miré el reloj
para saber la hora y casi me caigo de la banqueta o me doy de cara contra el
suelo. Las agujas giraban de manera extraña y el “tic tac”
se escuchaba “tuc toc”. Me acerqué a paso apaciguado y
atónito, indagué en aquel reloj. Giraba en sentido antihorario.
Tendría que acostumbrarme a semejante ambigüedad. Luego
podría haber jurado que al tirar la cadena del baño el agua
giraba hacia la izquierda. Salí
en bata al exterior para encontrarme con mis nuevos vecinos y hablar un poco
con ellos. Era extraño que ninguno se haya acercado a conocerme. Toqué
el timbre a un par de casas con la excusa de recibir instrucciones acerca del
lugar. Algunos se asomaron por la ventana y zigzaguearon con la mano como sin
entender el sonido del timbre. Los que me recibieron, me miraban sin entenderme
demasiado o sin prestarme mucha atención. “Si”
“Mmm” “Por supuesto”. Ni hablar de tomar el mate o
timbear un rato. Nada de cartas o juegos de azar. Quedé muy sorprendido
con esa actitud tan repulsiva. Era como jugar un rato al frontón con una
raqueta y la pelota. Siempre volvía la esferita, siempre rebotaba sin
adherir otro efecto que el que yo le había dado. Así
conocí (si es que puedo llamar conocer a lo sucedido) a mis nuevos
colindantes. No me sentía muy contento con los resultados, pero
necesitaba trabajar en aquel sector. Fue
en los días siguientes cuando comenzó la verdadera incomodidad.
No podía observar por más de unos minutos un mismo objeto. Las
sillas cuchicheaban y me observaban de reojo. Más tarde
gruñían o me mordían las nalgas si me sentaba. Con mirada
penetrante mi propio reflejo me amenazaba en el baño y, al despertar por
las mañanas, las habitaciones parecían haber cambiado su orden
lógico. En la caprichosa escalera de madera creía siempre que
había un peldaño más, por lo que mi pie quedaba en el
vacío y caía atontado, más que todo sorprendido. Los
suéteres me ahorcaban de noche y las sábanas me destapaban y
dormían en el piso. Sólo para dejarme con el tiritar en las
noches frías. Porque siempre estaba frío y tormentoso, no como en
el barrio anterior. Con el correr de las semanas las flores que había
trasladado terminaron por marchitarse. Cómo me iba a costar continuar
con todo esto. El
trabajo no andaba nada mal. Por unas horitas me pagaban lo suficiente. El 2 de
enero a la madrugada era feriado no sé por qué, pero
agradecí quedarme a dormir un rato más. Aún así me
terminé aburriendo, tenía la sensación de escribir con una
lapicera a la que se le acaba de a poco la tinta. Se me terminaban las opciones.
Por eso, decidí invitar de manera acosadora a un par de vecinos,
quizás a hablar un rato. Sólo logré entablar conversación
con los miembros de limpieza. Gente muy piola y bienintencionada. Aunque para
nada divertidos y muy ocupados. Obviamente su trabajo era más importante
que la propia vida. Continué afuera para no estar sólo y no tener
que pelear con los suéteres o atar a los sillones, que me atacaban como
gato callejero nervioso y me llenaban de tarascones cuando los aprisionaba. Mi
vida había tomado forma de espiral; giraba cada vez en círculos
más pequeños hasta terminar en un ponto solitario y cautivo. Me
sentía vacío. Fue
una tarde del 4 de junio cuando me caí de las escaleras. Yo medio
dormido y los escalones que temblaban. Todavía no había
encontrado regularidades en sus movimientos y temblores que me permitieran
madrugar sus trampas. Qué los parió. Todavía no me
acostumbraba al frío y a las lluvias, pero los vecinos parecían
no observar anormalidades. Como yo pensaba que estaba loco y que los sillones
me mordían solo a mí, que las sábanas me dejaban con
frío sólo a mí y que sólo a mí me ahorcaban
los suéteres, me dirigí como espía a la casa del viejo de
bigote Hitler. Por la ventana asomé la vista y vi como acariciaba al
sillón para calmarlo. Parecía que jugaba con un perro callejero.
Al suéter lo tenía en una caja de cristal., se agarraba de las
mangas como suplicando al viejo pero éste ya estaba bicho en el asunto y
lo ignoró. Yo creía que me sucedía a mí…pero
la cincuentona de al lado también se movía con naturalidad frente
a estas extrañezas. Los mellizos González tenían todo bajo
control y el milico Iriarte le daba con la pistolita a balines a su musculosa
verde. ¿Cómo podía ser que las nuevas sábanas de mi
casa me maltrataran? ¿Y las sillas? Las únicas mansas eran las
que me traje de mi antigua casa. Entré
a mi vivienda con miedo, sin producir onda sonora alguna. Quise armar el bolso
y huir de aquel barrio de locos, de aquel nuevo hábitat que me
enloquecía de a poco. En pijama y mojado por la lluvia me camuflé
entre las camionetas Ford Ranger de los mellizos y parando en distintas
“estaciones” avanzaba a trancos largos por las casas. El problema
era la barrera de seguridad. No tenía la tarjeta y los guardias
asechaban por todos lados. Me trepé por los costados y pegué un
salto que por milagro no me quebró el tobillo, pero me hizo continuar
rengo todo el recorrido. Me persiguieron. Escuchaba las sirenas; no me dejaban
huir de su jurisdicción y transferir a los demás todos los
secretos del lugar. Hubo disparos y gritos. Utilizaron el megáfono. -No
tenga miedo. Lo ayudaremos. Sepa que puede acostumbrarse, hay un buen trabajo
esperándolo. Nada
podía alejarme de mi objetivo: mi antigua casa. Necesitaba encontrarme
cómodo, ver con tranquilidad la obra de arte plasmada en la pared, las
habitaciones ya conocidas, los muebles que quedaban allá, los antiguos
vecinos amistosos. Corrí y corrí perseguido por crímenes y
delitos que ni conocía. El camino fue muy largo y tortuoso, yo tan hecho
trizas que avanzaba a paso enfermo. Terminaron por ignorarme y no me persiguieron
más. Llegué a mi verdadero hogar gateando y me acosté en
la puerta acurrucado como perro viejo. Extrañaba mis libros y
extrañaba escribir. Las palabras tienen una fuerza impresionante, son un
revólver de letras. Pero ya estaban todas aquellas hojas en las
gargantas de los sillones, tragadas por buzos y remeras, digeridas por
sábanas. Tal vez me hubieran servido para derrotarlos. Desperté
con una resaca y dolor de cabeza, como si me hubiera emborrachado la noche
anterior. Entré por la ventana a la casa que todavía no
habían vendido. Mi antigua casa. Quise respirar el aire a comodidad pero
estornudé. Estaba muy laso. Recorrí las habitaciones ya conocidas
pero no las recordaba del todo. Busqué con detenimiento la pared…
¿dónde estaba? En la biblioteca, en el living… no.
Quizás si doblaba a la derecha… ¡Acá! La
observé, pero no la pude contemplar con satisfacción. El paisaje
era extraño: un viejo con sombrero y poncho sucio, unos árboles
altos que tapaban la visión y una negra en una casucha primitiva y con
ropas estropeadas, en su espera. Para mí que estaba con otro tipo. Me
estremecí y me largué a llorar. Las manitos parecían
manchas de mugre y las marcas de mi altura estaban mucho más bajas. No
entendía qué mierda habían cambiado de la casa.
Busqué la llave por todos lados y la encontré tirada en los
baños. Quise ver la hora pero el reloj no tenía agujas. Mis
sollozos no se sosegaban, me asomé por la ventana y un viejo en un auto
feo me miraba contento. Corrí en círculos, perdido. Me alejaba de
los muebles y la luz del sol encandilaba mis ojos, me quemaba. Corrí
hacia la puerta, coloqué la llave… pero no giraba. |
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