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Vigilo
y contemplo mis creaciones sin descanso, ahora más que nunca, ya que la
crisis de su convivencia llegó a límites inimaginables.
Están repletos de caprichos, ninguno sabe hacer nada por sí solo
ni me teme lo suficiente. Por las
noches los cuido más que nunca, pues al parecer es en ese momento donde
se despiertan los verdaderos demonios. En ocasiones recibo quejidos
insólitos. Algunos parecen estar en desacuerdo con las normas que les
impuse o no se sienten conformes con lo que les pude dar. A veces creo que les proporciono
más de lo que se merecen, que los malcrío. No
puedo ignorarlos. Son demasiado primitivos como para abandonarlos unos
segundos. Por eso los encerré en una caja donde pueda verlos a todos.
Hay veces que se matan entre sí. Me da mucha pena cuando lo hacen, no
sólo porque no parecen notar la gravedad del hecho, sino también
porque continúan haciéndolo. Debo reconocer que algunos de ellos
(no tantos) son mansos, callados y parecen respetarme. Gracias a los de esa
estirpe no aborté mi proyecto científico. Confieso que muchas
veces pensé abandonar esta soledad que me abraza. Que muchas veces
pensé en dejar de vigilarlos, desatando un gran Apocalipsis en su
diminuto mundo. No
puedo ignorarlos. Necesitan agua y alimentos. Está en su naturaleza.
Muchos de ellos ponen una servil cara de lástima, como un perro
callejero hambriento. Allí es cuando mi corazón se ablanda y
termino cediendo. Es que los amo demasiado. Yo los creé, yo soy quien
los cuida desde hace muchas de sus generaciones. No puedo abandonarlos y no lo
haré. No lo haré porque no puedo desatender a todos aquellos que
me ven como a un padre. Recuerdo que en muchas ocasiones hasta los más
fieles me defraudaron. Merecen mi perdón. Son unas simples mascotitas
que están aprendiendo lentamente. Creo que pueden llegar a grandes cosas
pero que todavía no logran convivir entre sí. Son muy distintos.
El otro día hubo una masacre: descuartizaron a uno de ellos sólo
por ser diferente. Me da mucha pena cuando lo hacen. En ocasiones es entendible
(o casi, porque la verdad nunca es demasiado entendible). Llegué a
observar, en mis arduos años en este trabajo, que muchos de ellos se
vieron obligados a realizar un acto de maldad por causas de otra
dimensión. Sólo a ellos les tiro comida por la rejita de la caja,
les sirvo el agua y los baño de aprecios. Ya
no me interesa dormir. No lo hago porque me es imposible. Cuando me acuesto
escucho chillidos amenazadores, como el sonido de montones de ratas
desesperadas. No creo que lo hagan intencionalmente, es sólo que
todavía están verdes y sin madurar. La cefalea ya es parte de mi
vida. Estoy cansadísimo en cada segundo, de cada minuto, de cada hora,
de cada día. Todo sea por ellos. Por ellos diseñé una
manera de reproducción sexual placentera y sublime (y sana, aunque ellos
la enfermaron), que muchos desaprovechan o utilizan para otros peligrosos
fines. A pesar de eso nunca pierdo la calma, me mantengo alerta y aunque me
cueste castigo severamente a la criatura que lo haga. ¿Costarme?
Físicamente nada. Sentimentalmente demasiado. Me
entretiene verlos y observar su evolución. En realidad es el
único propósito de mi vida. A veces hasta los envidio.
Están pendientes de su existencia únicamente, de algún que otro problema. Pero no vigilan montones de
monstruitos ni cuidan de ellos. A mí nadie me consuela el llanto. El
llanto que me ocasiona verlos imitarme. Algunos de ellos quieren crear seres
similares, otros monstruitos dentro de un mundo de monstruitos. Quizás
porque quieren saber qué siento yo. O tal vez porque quieren percibir la
sensación de saber cómo nacieron. A mí me pasa en
ocasiones a pesar de que no tengo dudas sobre mis raíces. No importa, me
irrita que hagan imitaciones de cuarta. Me irrita y a la vez me entristece. Al
igual que aquellos que piensan que nacieron por sí solos. Me ven a los
ojos y mueven la cabeza hacia los costados. En esos momentos me dan tremendas
ganas de estrujarlos del cogote y sacarlos fuera de la caja, pero es una
sensación totalmente falsa. Nunca dudo de mis actos. Yo los amo y no hay
nada peor que un amor no correspondido, pero es el más grande de los
amores. Estos
especimenes en los que trabajo son un embudo consumidor del tiempo. No recuerdo
haber hecho otra cosa más que ayudarlos, estudiarlos y mantenerlos. Últimamente
me preocupa lo que pueda sucederles. Su mente también evoluciona. Temo
que algún día escapen de su caja. Llegará tarde o temprano
el momento. Quizás es por eso que estoy alejado de ellos. Para que no
puedan asecharme. ¿Llegará el día en el que tenga pavor de
mis propias creaciones? Pues a pesar de saber lo que ocurrirá con ellos
no puedo saber lo que a mí me sucederá. Los
observé esta mañana y lo hago ahora. No pasa un segundo sin que
alguno me humille (sin siquiera notar que lo escucho). Pareciera que se turnan:
mientras algunos duermen los otros se despiertan para derrochar la vida que les
regalé, y cuando estos últimos duermen se despiertan los otros.
Se dividen en grandes grupos cuando deberían actuar como uno. Ya no puedo soportarlo más. Lo
pienso detenidamente y creo que lo mejor es desatar el cataclismo. Pienso que
debo purificar su pequeña caja y liberarla de los malos engendros. Me
contradigo con lo que en un comienzo pensaba pero quizás sea lo mejor. Levanto
la mano. Todo terminará. Esta vez ya no puedo retractarme. Es que los amo demasiado
¿Qué hago? Por el amor que les tengo debería purgarlos
para su propio bien. Les envié varios mensajes a lo largo de toda su
historia. Muchas veces advertí este momento. Levanto la mano. Ojala que sea
rápido y no sufran tanto. ¿Qué es eso? ¡Ahora no!
Uno de ellos quiere comunicarse… a ver qué estupidez pedirá
¿Ganar la lotería? ¿Un milagro? No… es la voz de un
niño. “Diosito, cuida a mamá y a papá; salva a los
pobres; ayuda a los malos. Te agradezco por tener casa y comida todos los
días. Te quiero mucho”. Bajo la mano, dispuesto a
escucharlo… después de todo no son tan malos. |
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