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Cada vez que paso por el
sur de Extremadura y la sequedad de sus pueblos, recuerdo aquel verano de En la estación me
esperaba la abuela, una señora mayor y seria, a quien sólo
había visto en fotos antiguas que mamá guardaba en una lata.
Junto a ella, un joven moreno y sombrío que sostenía una gorra
entre las manos. Me quedé paralizada en el andén, sin atreverme a
avanzar hacia aquellos extraños, pero antes de que pudiera darme cuenta,
la abuela estaba junto a mí, me abrazaba, Carmencita, Carmencita, que alta y guapa estás, si eras un
bebé la última vez que te vi. Eres igual que tu madre, igualita.
Qué verano más bueno vas a pasar con nosotros, aquí al
aire libre, lejos del aire viciado de la ciudad. El semblante de la abuela
era dulce, y me amarré a su mano encallecida mientras miraba de reojo a
aquel extraño que cargaba con mi pequeña maleta. La abuela me
dijo, Éste es tu tío Filomeno, el hermano menor de tu madre.
Acaba de licenciarse de la mili, y se encarga de la herrería. Toda la familia de mi madre
habían sido herreros, pero tras la guerra habían tenido que
emigrar a la ciudad y la tradición se perdió. La vieja
herrería familiar se vendió, pero ahora, al comprar mi abuela una
casona enorme del pueblo habilitó el piso inferior para que su hijo menor
pudiera continuar el oficio familiar. Me adapté con
rapidez a la vida del pueblo. Los días estivales se alargaban eternos.
Todavía recuerdo las mañanas pasadas en la cocina bajo las faldas
de la abuela, que mientras preparaba la comida, me contaba historias de cuando
mi madre era pequeña. Las tardes las pasaba embelesada en la
herrería, contemplando al tío Filomeno hacer figuras imposibles
con el hierro. Una tarde, mientras el
tío trabajaba en el taller, me dediqué a curiosear en los cajones
donde guardaba las herramientas. Encontré un periódico viejo.
Apenas me dio tiempo a leer dos palabras, asesinada
y prostituta. Se veía
también una foto de mujer. El tío Filomeno cerró el
cajón en cuanto se dio cuenta que estaba trasteando allí.
¿Qué sería una prostituta? Por las noches nos
reuníamos todas las niñas del pueblo, en su mayoría
veraneantes como yo. Las más mayores nos contaban historias de miedo
hasta altas horas de la noche, historias de fantasmas que regresaban tras su
muerte para vengar viejas deudas. Nosotras nos acurrucábamos asustadas
pero pronto se acercaba alguien con una guitarra y olvidábamos el miedo
cantando. Y así los días se iban deslizando uno detrás de otro. La tarde de la tragedia
estaba en el río refrescándome las piernas junto a las otras
niñas. Oímos gritos y, asustadas, nos vestimos con rapidez entre
los arbustos. Mientras entrábamos en tropel en el pueblo, supimos que
algo malo había pasado. Los mayores andaban alborotados y formaban
corros. Siguiendo los rumores, llegamos hasta la casa de la abuela, que estaba
llena de gente. La abuela lloraba junto a la puerta y escurría sus manos
en el delantal. Al verme, rompió a llorar más fuerte aún.
Con voz entrecortada intentaba hablarme, pero no entendía sus gemidos
inconexos. Nerviosa, me dirigí a la planta baja, a la herrería
del tío, a ver si podía explicarme algo. Un señor
vistiendo uniforme me cortó el paso. No puedes pasar, ahí
dentro todavía están los cuerpos. Las demás horas se
atropellan en mi memoria. El entierro del tío, los rumores, las
lágrimas de la abuela, y al final, un tren que me devolvió a la
ciudad. Tardé años en enterarme de los detalles de la tragedia. Al
tío Filomeno lo encontraron muerto en la herrería junto a una
chica del pueblo, desnudos ambos. El caso se cerró sin que se supiera a
ciencia cierta si él la mató a ella y luego se suicidó, o
fue al revés; o, tal vez, un extraño les asesinó a los dos. No
habían encontrado signos de violencia externa, sólo dos muertos y
un caso inexplicable que se cierra sin solución, como tantos. Veinte años
después, tras la muerte de mi madre, volví a Villanueva del
Casar. Había que vender la casa familiar, y nadie se quería
encargar del penoso trámite. No había vuelto por allí
desde aquel verano. A la abuela la había visto escasas veces en la
ciudad, siempre de médicos, y pocos años después de la
muerte del tío Filomeno murió, dicen que de pena. El pueblo estaba cambiado,
mucho más grande, también más frío. Nadie
reconoció en mí a aquella niña forastera del verano de la
tragedia. La casona seguía idéntica, pero con mucho más
polvo del que hubiera permitido la abuela. En un cajón de su cuarto
encontré las escrituras, me senté en la cama y entre los
legalismos me encontré con una sorpresa: aquella casa que mi abuela
compró en 1930, había sido un club. ¿Un club? Supongo que
un eufemismo para no decir prostíbulo. Mi imaginación se
despertó en aquellos pasillos en que de pronto parecían resonar
risotadas de hombres y murmullos de mujeres. No pude pasar la noche
allí, y me fui a un hotel de las afueras. A la mañana siguiente,
antes incluso de pasar por la notaría, me dirigí a la hemeroteca
del Ayuntamiento. La estirada funcionaria que dirigía el archivo no
recordaba ninguna noticia de un prostíbulo en el pueblo, pero sí
recordaba dos grandes tragedias en el pueblo, una en el año en que
murió mi tío, la otra unos cincuenta años antes. Entre los
periódicos de 1905 encontré la noticia. Ambos sucesos
habían ocurrido en el mismo sitio. El prostíbulo del pueblo se
cerró en 1905 tras ser asesinada una prostituta a manos de su amante.
Durante más de diez años aquella casa quedó deshabitada,
nadie la quería comprar. Los rumores hablaban de que el alma en pena de
la asesinada seguía vagando por aquellas habitaciones intentando
vengarse de su malquerido. En el primer
periódico del siguiente año me saltó la foto del amante
asesino, capturado por la policía cuando intentaba cruzar la frontera
hacia Portugal. El recorte se me cayó de las manos; aquella foto
desvaída mostraba a un joven moreno y sombrío que bien podía
haber sido un hermano gemelo de mi tío Filomeno. Yo no creo en
fantasmas, pero un frío intenso se me agarró a los huesos en
pleno mes de agosto. Y no sé si ya me abandonará. |
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