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Era una calurosa noche de septiembre, en un
pueblo en el que no viene al caso recordar, cerca de Dos Hermanas. Me dirigía
con mis primos y unas amigas. María Anchón y Rita a la feria, como tantos otros
finales de verano. Caminábamos entre el puesto de tiro al blanco, donde a ellos
tanto les gustaba alardear de su puntería ante las chicas; los coches de
choque, los puestos de coco, turrones y chocolates se mezclaban con el olor de
la tierra recién regada en aquel aire festivo, con las canciones de sevillanas
de fondo. Entrábamos con el ánimo ligero, dispuestas a disfrutar la noche hasta
que nuestras piernas resistiesen. Habíamos quedado con Armando y Miguel en la
caseta de Estudiantes. Armando era el centro de atención para mí y la
razón de mi alegría de reunirme con él, aquel día, en aquella hora. Habíamos
bailado en varias ocasiones en la discoteca de la Estación; él me había
dedicado sus miradas, yo mis requiebros y los besos que siguieron después, el
primero fingidamente robado, bajo el cielo centelleante de aquellos cálidos
veranos. Ya en nuestra pandilla de amigos nos consideraban pareja por muchos,
muchos años. Fue mi prima la que interrumpió eh! Vamos a
montar a la noria, Si corearon la demás. La noria se elevó
suavemente y nos encontramos suspendidos desde lo alto donde subía como suave
incienso el olor de las palomitas recién hechas, el algodón de azúcar, la
música de sordina de la tómbola: toca-toca, siempre toca!. Todo parecía una
sinfonía de colores y sonidos desde allí. _María dijo entonces, mira, no es aquel Armando
con Ana?_ _Nuestras bromas cesaron, de repente me quedé
estática. El se acercaba a su oído, ella sonreía feliz. El veneno surtía su
efecto, haciendo entrever la sospecha de la traición. Ninguna apartaba su
mirada de mí. Cuando bajé de la noria me costaba andar, cambiar de pensamiento. Fuimos a la caseta de estudiantes, allí estaban
todos, todos menos ellos dos. La lentitud de mi pensamiento fue cambiando por
rabia contenida. Mis amigas me escrutaban: vamos, pelillos a la
mar, anímate, una finito, un cubata?. _Oye!, que bien te quedaba el traje de ayer! _ Sí, lo compré en Tintoreto en Sevilla. Mis ojos paseaban rápido de un extremo a otro de
la caseta. Por qué se retrasaban tanto si habíamos quedado allí, y se
encontraba con Ana más fresca que una lechuga. Los divisé al entrar. Ella venía mascando chicle
como los americanos, con una sonrisa de oreja a oreja, de hembra satisfecha.
Las miradas de todos se volvieron hacia mí, pendientes del menor gesto. Los
minutos siguientes se hicieron eternos. _Bueno, qué tal el ambiente de fuera, dijo Silvia. Armando se acercó a mi oído tocando mi hombro. _Lo siento, susurró, me acerqué a casa de Miguel
y me pidió que acompañase a Ana. _Ya, pues continúa en buena compañía. _Vamos fuera a dar una vuelta, nos hará bien a
los dos. Me cogió del brazo, y salí con el gesto de las
faraonas egipcias sin mirarle a la cara. Las palabras salían de mí como un bombardeo
láser, sin darme tiempo para el respiro. _Sé muy bien que ha sido algo más, que lo tenías
planeado. Me he enterado que la has esperado en el instituto, sí, más que
alguna otra vez_ _Basta, quiso cortar él, ha sido siempre la
hermana de un amigo. _Sí y muy generosa en los abrazos, en los
escotes
_ Sara, por favor, estas sacando las cosas de
lugar_ Aquella noche recuerdo que sentía el pulso en las
sienes, en los oídos, en la almohada, y el corazón en la garganta aprisionado
como un gorrión que no puede volar. La noche se hizo larga. Cuando desperté
quería pensar que se trataba de una pesadilla. Era el mediodía, cinco años después, en la
terraza la Esquinita en la Plaza Mayor, un día también caluroso de final de
verano. Mi tía Encarna dijo, mira!, por allí viene Armando, se casó de penalti
sabes?, qué lastima de muchacho, todavía no acabó la carrera y ayuda a su padre
en las consultas. El empujaba un cochecito, y una mujer con el vientre pesado
comía pipas, cuyas cáscaras escupía estrepitosamente al suelo. Resaltaban sus
enormes ojos pardos, en los que el deseo y echar la zarpa era todo como un
tigre de Bengala. El paseó su mirada sobre mí un instante largo,
suavemente, como lo hacía cuando paseábamos de la mano. |
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