No cantan las
chicharras, los días son más cortos. En la noche hay relente y las plantas
amanecen húmedas con gotas de rocío. Se apaga la fiebre veraniega. Voy a
comenzar de nuevo, a romper los esquemas del pasado.
El final del
verano trae siempre una especie de postración. Las chinches atacan los tomates,
de los calabacines quedan unas hojas amarillentas. La huerta casi vacía, pero
en la higuera que nunca dio fruta, están saliendo los brotes.
La casa algo
desordenada, los lápices de los niños, los álbumes están esparcidos por las
mesas en el jardín, las pelotas que tiraron los vecinos. El verano deja postración
en las casas, y a las personas agotadas. Ha habido muchas comidas, cenas,
barbacoas, campeonatos de ping-pong, también buenos momentos de comidas, picnic,
conversaciones, planes.
A partir de
principios de septiembre, sin embargo, empiezo a tener, ganas de silencio.
Anhelo el aire frío, los días silenciosos, la lectura de otoño, el orden.
Y precisamente
haciendo estas cosas, hoy he encontrado el regalo que me ha dejado una amiga
japonesa antes de marcharse. No lo había visto, estaba debajo de una mesa donde
ella deja el ungüento para relajar mi espalda. Era un manual de costumbres
chinas ancestrales. La tapa del libro roja con las hojas de terminación dorada,
y contenía ideas muy curiosas que ella nunca había mencionado. Es la cultura
china milenaria, llena de caligrafía y símbolos. Yumico
es una mujer de pelo largo negro, liso, menuda con mucha educación. Se quita
los zapatos al entrar en casa y no se la oye. Solo se rompe el silencio cuando
entra aire y dan golpes las ventanas.
La conozco de
hace varios años y siempre me parece tan fina como la porcelana.
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