Fin de verano
Margarita Roiz de la Parra


No cantan las chicharras, los días son más cortos. En la noche hay relente y las plantas amanecen húmedas con gotas de rocío. Se apaga la fiebre veraniega. Voy a comenzar de nuevo, a romper los esquemas del pasado.

El final del verano trae siempre una especie de postración. Las chinches atacan los tomates, de los calabacines quedan unas hojas amarillentas. La huerta casi vacía, pero en la higuera que nunca dio fruta, están saliendo los brotes.

La casa algo desordenada, los lápices de los niños, los álbumes están esparcidos por las mesas en el jardín, las pelotas que tiraron los vecinos. El verano deja postración en las casas, y a las personas agotadas. Ha habido muchas comidas, cenas, barbacoas, campeonatos de ping-pong, también buenos momentos de comidas, picnic, conversaciones, planes.

A partir de principios de septiembre, sin embargo, empiezo a tener, ganas de silencio. Anhelo el aire frío, los días silenciosos, la lectura de otoño, el orden.

Y precisamente haciendo estas cosas, hoy he encontrado el regalo que me ha dejado una amiga japonesa antes de marcharse. No lo había visto, estaba debajo de una mesa donde ella deja el ungüento para relajar mi espalda. Era un manual de costumbres chinas ancestrales. La tapa del libro roja con las hojas de terminación dorada, y contenía ideas muy curiosas que ella nunca había mencionado. Es la cultura china milenaria, llena de caligrafía y símbolos. Yumico es una mujer de pelo largo negro, liso, menuda con mucha educación. Se quita los zapatos al entrar en casa y no se la oye. Solo se rompe el silencio cuando entra aire y dan golpes las ventanas.

La conozco de hace varios años y siempre me parece tan fina como la porcelana.