Gatomaquia - Francisco Umbral
Los placeres y los días (21 de Junio de 2001)



No quisiera intentar una gatomaquia clásica ni ilustre sobre los gatos de Madrid, sino sólo dar cuenta y noticia de lo que está pasando, los miles de gatos que se exterminan, en un Dachau gatuno, a manos de los encargados de salvarles de la calle y cuidarlos. La arquitectura blanca de Madrid son las palomas y la angeología de la ciudad son los gatos, hasta que llega un asesino vestido de funcionario.

Las verdes, o sea unas señoras y unas chicas, han conseguido en el Canal de Isabel II, siempre fértil en gatos y gatómaco, que les echemos de comer, unas instalaciones de casetas y otros artificios adonde acude o vive fijo el doméstico y selvático gato, con un friso de orejas y uñas de seda y sangre que asoma a Santa Engracia, calle muy madrileña y muy gatuna. Estas verdes quisieran extender a todo Madrid y Comunidad esos albergues para felinos, que cuando no les montan una tribu se la montan ellos solos, como yo los he visto bajo los puentes del Támesis, «siempre entregados a sus sigilosos asuntos», como dijera Paul Johnson. El gato no es una raza, sino una continua procreación de razas, orejas de pico gótico, orejas de medio punto, ojos en las sienes persas, gatos gimnásticos y diabólicos, de colores inventados, que atraviesan la literatura desde Baudelaire a Bukowski, que tenía nueve, sin olvidar el gato de Artaud, hasta ese gato de pueblo que le ahorcan en España al boticario republicano, cuando la revolución.

El buen Gallardón ya tiene bastante con las putas de la Casa de Campo como salir de Livingstone de los gatos, salvando angoras y siameses. La puta es un mercado, pero el gato es la intimidad dispersa de la ciudad. En torno de cada gato podría formarse un hogar, que es lo que él quiere, y lo que Trillo necesita, chicos para la patria.

Pero los vagabundos, desnivelados y trágicos gatos madrileños (las madamas prefieren pasear un perro como un rey que se ha quedado sin Simeón para añorar), están perseguidos y amenazados, además, por una Cruella de Vill funcionaria, que los extermina porque tiene poder para ello. Esto daría a nuestros gatos un falso pedrigrí de dálmatas, pero el pedigrí del felino viene del tigre y su independencia le glorifica de hambre. El gato es ladrón o no es nada, y no hay que castrarle ni aburguesarle ni hacerle almohadoncitos ni pijadas. Él sabe mantenerse en equilibrio entre el dandy y la fiera. ¿Podrán algún día, la Comunidad o el Ayuntamiento, en esta ciudad aljamiada de gatos, ocuparse de las tribus de felinos y de ese gato solitario que piensa en nosotros dentro de una tubería?

El perro busca amo y el gato busca casa. El gato está con nosotros creyendo que todos somos Baudelaire -es muy esnob-, pero prefiere robar la comida a que se la sirvan con un lacito. El gato necesita su robo de cada día como la mujer su pecado de cada noche. Madrid tiene que estar a la altura de sus gatos, como de sus palomas y sus putas. ¿Por qué tienen que irse las palomas para que beban en Cibeles los futbolistas?. Madrid y Roma son los arrabales del gato. París y Londres, las metrópolis del perro. Amamos al gato porque no da nada a cambio. Jamás ha entrado en el juego.