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Las verdes, o sea unas señoras y unas chicas, han
conseguido en el Canal de Isabel II, siempre fértil en gatos y
gatómaco, que les echemos de comer, unas instalaciones de casetas y
otros artificios adonde acude o vive fijo el doméstico y
selvático gato, con un friso de orejas y uñas de seda y sangre
que asoma a Santa Engracia, calle muy madrileña y muy gatuna. Estas
verdes quisieran extender a todo Madrid y Comunidad esos albergues para
felinos, que cuando no les montan una tribu se la montan ellos solos, como yo
los he visto bajo los puentes del Támesis, «siempre entregados a
sus sigilosos asuntos», como dijera Paul Johnson. El gato no es una raza,
sino una continua procreación de razas, orejas de pico gótico,
orejas de medio punto, ojos en las sienes persas, gatos gimnásticos y
diabólicos, de colores inventados, que atraviesan la literatura desde
Baudelaire a Bukowski, que tenía nueve, sin olvidar el gato de Artaud,
hasta ese gato de pueblo que le ahorcan en España al boticario
republicano, cuando la revolución. El buen Gallardón ya tiene bastante con las putas de Pero los vagabundos, desnivelados y trágicos gatos
madrileños (las madamas prefieren pasear un perro como un rey que se ha
quedado sin Simeón para añorar), están perseguidos y
amenazados, además, por una Cruella de Vill funcionaria, que los
extermina porque tiene poder para ello. Esto daría a nuestros gatos un
falso pedrigrí de dálmatas, pero el pedigrí del felino
viene del tigre y su independencia le glorifica de hambre. El gato es
ladrón o no es nada, y no hay que castrarle ni aburguesarle ni hacerle
almohadoncitos ni pijadas. Él sabe mantenerse en equilibrio entre el
dandy y la fiera. ¿Podrán algún día, El perro busca amo y el gato busca casa. El gato está con
nosotros creyendo que todos somos Baudelaire -es muy esnob-, pero prefiere
robar la comida a que se la sirvan con un lacito. El gato necesita su robo de
cada día como la mujer su pecado de cada noche. Madrid tiene que estar a
la altura de sus gatos, como de sus palomas y sus putas. ¿Por qué
tienen que irse las palomas para que beban en Cibeles los futbolistas?. Madrid y Roma son los arrabales del gato. París y
Londres, las metrópolis del perro. Amamos al gato porque no da nada a
cambio. Jamás ha entrado en el juego. |
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