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Al enterarse de lo que denominó “represión sangrienta”, el escritor
mexicano Octavio Paz decide que no podría seguir representando a un gobierno
que había obrado de una manera tan abiertamente opuesta a “mi manera de
pensar”. Recordemos que Octavio Paz cuando ocurre la matanza de Tlatelolco era
Embajador de México en la India. A continuación parte
de la carta que enviara a su amigo y jefe el Secretario de Relaciones
Exteriores de México, Antonio Carrillo Flores. En la misma en el extremo superior derecho Paz puso: “confidencial
y personal”. “Anoche por la BBC de Londres me entero que la violencia había
estallado de nuevo. La prensa hoy amplía y confirma la noticia de la radio: las
fuerzas armadas dispararon contra una multitud compuesta en su mayoría por
estudiantes. El resultado: más de 25 muertos, varios centenares de heridos y un
millar de personas en la cárcel. No describiré a usted mi estado de ánimo. Me imagino
que es el de la mayoría de los mexicanos: tristeza y cólera”. “Ante los acontecimientos últimos, he tenido que preguntarme si
podría seguir sirviendo con lealtad y sin reservas mentales al gobierno. Mi
respuesta es la petición que ahora le hago: le ruego que se sirva ponerme en
disponibilidad, tal caso lo señala la Ley del Servicio Exterior Mexicano.
Procuraré evitar toda declaración pública mientras permanezca en territorio
indio No quisiera decir aquí, en donde he representado a mi país por más de
seis años, lo que no tendré empacho de decir en México: no estoy de acuerdo en
lo absoluto con los métodos empleados para resolver (en realidad reprimir) los
derechos y problemas que ha planteado nuestra juventud”. Al conocer la noticia que Octavio Paz no continuaría al frente de
la representación diplomática de México en la India como consecuencia de los
sucesos de Tlatelolco, una serie de intelectuales mexicanos, entre los que se
encontraban: Carlos Monsiváis, Gabriel Zaid, José Emilio Pacheco, Fernando Benítez,
Vicente Rojo, Jesús Silva Herzog, Fernando del Paso, Elena Poniatowska y Juan
García Ponce, firmaron una carta en la que decían: “Su valiosa actitud y alto
ejemplo de dignidad humana, merece nuestro más cálido elogio y afectuosa
solidaridad”. Al día siguiente de la masacre de Tlatelolco, Octavio Paz enviará
al Encuentro Mundial de Poetas al que había sido invitado y declinó participar,
el siguiente poema, escrito en Nueva Delhi y será publicado en México por la
Revista Siempre: “MÉXICO: OLIMPIADA DE 1968” A Dore y Adja Yunkers La limpidez (quizá valga la pena escribirlo sobre la limpieza de esta hoja) no es límpida: es una rabia (amarilla y negra acumulación de bilis en español) extendida sobre la página. ¿Por qué? La vergüenza es ira vuelta contra uno mismo si una nación entera se avergüenza es león que se agazapa para saltar. (Los empleados municipales lavan la sangre en la Plaza de los Sacrificios). Mira ahora, manchada antes de haber dicho algo que valga la pena, la limpidez. Este poema fue la primera respuesta importante literaria a la
matanza de Tlatelolco. En 1972, el escritor mexicano Carlos Fuentes, quien fuera hijo de
diplomático y que también servirá en el Servicio Exterior mexicano como
Embajador en Francia, escribió: “La ruptura más clara y digna de la
inteligencia con el poder represivo la protagonizó Octavio Paz al renunciar al
cargo de Embajador de México en la India a raíz de la matanza de Tlatelolco. La
naturaleza de la represión contra quienes se atrevían a soldar la inteligencia
y acción la comprobaron en carne viva, al ser privados de la libertad, José
Revueltas, Heberto Castillo, Eli de Gortari”. Aunque tres años antes de esta carta, Octavio Paz, el 29 de mayo de
1969, le escribía a Carlos Fuentes dándole a conocer su desacuerdo con la siguiente
afirmación: “Si Díaz Ordaz hubiese cedido a las peticiones de los estudiantes,
México hubiera regresado a la anarquía y de ahí a una dictadura de izquierda”.
Paz afirma que “el movimiento estudiantil” no puso en peligro a las estructuras
sociales de México, sino a las políticas, en primer término
a la anacrónica, anquilosada burocracia del PRI, y a la tradicional, sagrada
imagen del Señor Presidente (una imagen con raíces prehispánicas y una
indeleble coloración mágico religiosa). “Creo que la incapacidad del régimen para dialogar con los
estudiantes e iniciar una reforma política democrática indica que el verdadero
peligro reside en la extensión e intensificación de la represión (que no ha
cesado desde el 2 de octubre). Ahora bien, la política de represión implica el
fortalecimiento del Ejército. El PRI y el “Señor Presidente”
dependerán más y más de las fuerzas armadas. Una vez interrumpido el
proceso de democratización el desarrollo económico se hará más lento hasta
paralizarse: dictadura militar, marasmo económico, recaída en el ciclo
espasmódico de la historia latinoamericana. La otra posibilidad (remota) es la
reforma democrática…Pero ¿cómo y con qué fuerzas? Habría que movilizar a la
clase media (eso estuvieron a punto de lograrlo los estudiantes) y, sobre todo,
los obreros. Esto último, como muestra la historia del siglo XX en todo el
mundo, es lo más difícil. En Postdata; “Crítica de la pirámide”; Octavio Paz afirmaba: “En
1968 se rompió el consenso y apareció otra cara de México: una juventud encolerizada
y una clase media en profundo desacuerdo con el sistema político que nos rige
desde hace cuarenta años. Los tumultos de 1968 revelaron una grieta en el
interior de la sociedad mexicana que podemos llamar desarrollada, es decir, en
ese sector predominantemente urbano que forma cerca de la mitad de la población
y que ha pasado en los últimos decenios por un acelerado proceso de
modernización. Pero lo que otorga
dramatismo y urgencia a la crisis del México moderno y desarrollado en su
trasfondo: el otro México en andrajos, los millones de campesinos pobrísimos y
las masas de semidesocupados que emigran a las
ciudades y se convierten en los nuevos nómadas, los nómadas del desierto
urbano”. En su ensayo: “A cinco años de Tlatelolco”, Octavio Paz dice: “lo
que ocurrió el 2 de octubre de 1968 fue, simultáneamente, la negación de
aquello que hemos querido ser desde la Revolución y la afirmación de aquello
que somos desde la Conquista y aún antes. Puede decirse que fue la aparición
del otro México, o, más exactamente de uno de sus aspectos. Apenas si debo
repetir que el otro México no está afuera sino en nosotros: no podríamos
extirparlo sin mutilarnos”. “Es un México que, si sabemos nombrarlo y reconocerlo, un día
acabaremos por transfigurar: cesará de ser ese fantasma que se desliza en la
realidad y la convierte en pesadilla de sangre. Doble realidad del 2 de octubre
de 1968: ser un hecho histórico y ser una representación simbólica de nuestra
historia subterránea e invisible”. “Y hago mal en hablar de representación porque lo que se desplegó ante
nuestros ojos, fue un acto ritual: un sacrificio. Vivir la historia como un
rito es nuestra manera de asumirla; si para los españoles la Conquista fue una
hazaña, para los indios fue un rito, la representación humana de una catástrofe
cósmica. Entre estos dos extremos, la hazaña y el rito, han oscilado siempre la
sensibilidad y la imaginación de los mexicanos”. |
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