Al decir del
escritor uruguayo Danubio Torres Fierro amigo y colaborador del Premio Nobel de
Literatura 1990, Paz reivindicaba el papel del poeta y del creador; como
ocurría en las sociedades antiguas, creía que deberíamos regresar a los
orígenes para buscar refugio en la contemplación, la reflexión y las creencias
íntimas.
Paz se
definía como un poeta hispanoamericano, que escribía enespañol. La lengua era el arpa de su lírica:
veía en ella el motor esencial del destino de la sociedad humana; un barómetro
confiable de la situación ideológica, política y social, y de la
responsabilidad individual ante ella.
En Posdata
el poeta mexicano escribió: “Cuando una sociedad se corrompe, lo primero que se
gangrena es el lenguaje. La crítica de la sociedad en consecuencia, comienza
con la gramática y con el restablecimiento de los significados”.
De ahí que
dijera: “la realidad más allá del lenguaje no es del todo realidad…”
Como
referencia lingüística digamos que tuvo la valentía de cuestionar en su momento
el término “Subdesarrollado”…”Este adjetivo pertenece al lenguaje castrado y
anémico de las Naciones Unidas. La palabra no tiene un significado preciso en
el campo de la antropología y la historia; no es un término científico sino
burocrático…
Su vaguedad
enmarca dos ideas: la primera da por sentado que sólo existe una civilización.
O que diferentes civilizaciones pueden ser reducidas a un solo modelo, la
civilización moderna occidental; la segunda afirma que los cambios en las
sociedades y culturas son lineales y progresivos y que son medibles”.
Todo en Paz
convergía en la palabra, a la vez imagen y pensamiento. Fe religiosa en el
poder de la palabra: palabras que son frutos que son actos. Con Hölderlin dijo siempre Paz que el lenguaje no es del
hombre, que el hombre es del lenguaje; el hombre es lenguaje, libertad bajo
palabra:
Soy
hombre: duro poco
y es enorme la noche
pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender
comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.
Las lenguas
son realidades más vastas que las entidades políticas o históricas que llamamos
naciones sostenía el poeta. Un ejemplo de esto son las lenguas europeas que
hablamos en América. La situación peculiar de nuestras literaturas frente a las
de Inglaterra, España, Portugal y Francia depende precisamente de este hecho
básico: son literaturas escritas en lenguas trasplantadas.
Las lenguas
nacen y crecen en un suelo; las alimenta una historia común. Arrancarlas de su
suelo natal y de su tradición propia, plantadas en un mundo desconocido y por
nombrar, las lenguas europeas arraigadas en las tierras nuevas, crecieron con
las sociedades americanas y se transformaron. Son la misma planta y son una
planta distinta.
Paz se
definía como poeta: “Soy poeta”, decía. Para él la poesía era el arte de hablar
en una forma superior; lenguaje primitivo. Cada vez que nos servimos de las
palabras, las mutilamos. Mas el poeta no se sirve de las palabras. Es su
servidor. Al servirlas las devuelve a su plena naturaleza, les hace recobrar su
ser.
Gracias a la
poesía el lenguaje reconquista su estado original. En primer término, sus
valores plásticos y sonoros, generalmente desdeñados por el pensamiento; en
seguida los afectivos; y al fin, los significativos. Purificar al lenguaje,
tarea del poeta, significa devolverle su naturaleza original.
“La lengua
es la realidad sustancial y total del poeta”.
Paz
consideraba que: “Sin los ojos y el alma el hombre no podría saber que cada
minuto está en la cima del tiempo y en el centro del espacio. Pero no bastan
los ojos y el alma: el mundo es incomprensible, la realidad última es
invisible, intocable. No importa: tenemos al lenguaje. Por las palabras nos
acercamos a las cosas, las llamamos evidencias, prodigios, enigmas, más allá.
El lenguaje es un dique contra el caos innominado.
La
belleza no está
en lo que dicen las palabras
sino en lo que, sin decirlo, dicen:
no desnudos sino a través del velo
son deseables los senos.
Aprender a
hablar es aprender a traducir; cuando el niño pregunta a su madre por el
significado de ésta o aquella palabra, lo que realmente le pide es que traduzca
a su lenguaje el término desconocido. La traducción dentro de una lengua no es,
en este sentido, esencialmente distinta a la traducción entre dos lenguas y la
historia de todos los pueblos repite la experiencia infantil: incluso la tribu
más aislada tiene que enfrentarse en un momento o en otro, al lenguaje de un
pueblo extraño.
El asombro,
la cólera, el horror o la divertida perplejidad que sentimos ante los sonidos
de una lengua que ignoramos no tarda en transformarse en una duda sobre la que
hablamos. El lenguaje pierde su universalidad y se revela como una pluralidad
de lenguas, todas ellas extrañas e ininteligibles las unas para las otras. En
el pasado, la traducción disipaba la duda: si no hay una lengua universal, las
lenguas formarán una sociedad universal en la que todos,
vencidas ciertas dificultades, se entienden y comprenden.
Y se
comprenden porque en lenguas distintas los hombres dicen siempre las mismas
cosas. La universalidad del espíritu era la respuesta a la confusión babélica:
hay muchas lenguas pero el sentido es uno. Pascal encontraba en la pluralidad
de las religiones una prueba de la verdad del cristianismo; la traducción
respondía con el ideal de una inteligibilidad universal a la diversidad de las
lenguas. Así, la traducción no sólo era una prueba suplementaria sino una
garantía de la unidad del espíritu.
Sin duda
Octavio Paz y su obra, es la comprobación del pensamiento del escritor alemán Friedrich Hölderlin: Was bleibt Aber,
stiften die Dichter. “Pero
lo permanente, eso, lo fundan los poetas”.
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