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A 100 Años del nacimiento de Octavio Paz
Ciudad de México 1914- 1998 El Escritor
uruguayo Julio Herrera y Reissig (1875- 1910) perteneció a la denominada Generación del
900, la cual más allá de lo literario tuvo como curiosidad el trágico
fallecimiento de algunos de sus integrantes muy jóvenes, el primero de ellos
fue tristemente Julio. Según el
crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal esta
generación de actuación intensa y transformadora se desarrolló entre 1895 y
1925. Julio era sobrino del Presidente Julio Herrera y Obes
y nació en una hermosa mansión del barrio del Prado de la capital uruguaya, Montevideo. Sus primeros
trabajos estuvieron vinculados con el
que hacer público, hasta que posteriormente decidiera dedicarse de
tiempo completo a la creación poética. Publicó en 1898 su primer poema, que
recibió elogios del crítico Samuel Blixen, quien
descubrió en este “poeta de veinte años” “muchas y valiosas condiciones:
frescura de inspiración, espontaneidad admirable, novedad en las ideas”, e
“imágenes que sorprenden por lo felices”. Fue tal la
calidad de la obra creada por Herrera y Reissig,
exótica y de gran refinamiento, que ha sido equiparado a los grandes del
Modernismo americano como Leopoldo Lugones y Rubén Darío. Según el
crítico argentino Enrique Anderson Imbert, experto en la historia literaria
hispanoamericana, el estupendo uso de la metáfora que hace el poeta le llevó a
descubrir en sí mismo “una prodigiosa fuente de metáforas” y que “no hay en
nuestra poesía otro ejemplo así de ametralladora metafórica”, que rompiera tan
delicadamente el silencio poético, destacando especialmente, la calidad de las
mismas, el exotismo que abarca paisajes, épocas, costumbres, etc. Las
particulares vivencias de Herrera para acoger las influencias legítimas de los
grandes poetas, sobre todo franceses, del siglo XIX, y “una cierta oscuridad de
las significaciones (…) una manifestación del derecho del poeta a la más
absoluta libertad”, son los rasgos con los que caracteriza en su estudio sobre
Herrera y Reissig, Magda Olivieri. Octavio Paz,
ese mexicano universal que obtuviera el Premio Nobel de Literatura en 1990, en
su estudio sobre la poesía moderna, Los hijos del limo (1974) no menciona a
Julio Herrera y Reissig. Resulta difícil justificar
la omisión en un poeta y crítico tan extraordinario. La única explicación es
que precisamente lo que constituye según Emir Rodríguez Monegal
uno de los mecanismos básicos de Herrera, la ironía, es lo que más puede
incomodar a Paz. De acuerdo con sus teorías, la ironía disuelve la analogía,
mina el mundo por su base al negar con su doble perspectiva simultánea, la
correspondencia de un sistema único. El ritmo del
mundo en que se basa la analogía de Paz resulta subvertido por una poesía que
opone la lucidez al éxtasis, la fractura a la coherencia, la discontinuidad al
continuo. Como Paz, en su poesía, busca la preservación de la analogía
universal, no tiene otro remedio que rechazar, e incluso ignorar una operación
tan radical como la de Herrera. Incluso
Octavio Paz confesó que aún en aquellos poemas de Herrera en que algunos ven “una
prefiguración de la vanguardia”, e él le parecen “una amplificación
caricaturesca de las delicuescencias del modernismo”. Incluso consideraba a la
obra “Los éxtasis de la montaña” como una de las más felices de nuestra lengua. Reproduzco a
continuación el diálogo mantenido en Montevideo, entre Octavio Paz y el
escritor y periodista uruguayo, Rubén Loza Aguerrebere. -
¿Montevideo, qué es para
usted? -
Para mí Montevideo fue
primero un nombre, una geografía y una literatura. -
¿Puede decirme por qué? -
Desde muy joven leía a Herrera y Reissig. Entonces había una disputa entre quienes preferían
a Leopoldo Lugones y Herrera y Reissig. -
¿A cuál prefería? -
Yo era partidario de Herrera y Reissig. -
¿Por qué motivos? -
Era un poeta muy interesante: introdujo su
imaginación de manera muy importante en América Latina. |
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