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¿Quién puede
imaginar Guanajuato sin el Museo Iconográfico del Quijote? Ese
cuestionamiento me lo hago interiormente al visitar por enésima vez ese recinto
dedicado al Caballero de la Mancha con mis
alumnos universitarios. Aunque debo confesar que lo que más me
emociona, es antes de ingresar, pararme frente a una estatua consagrada a la
figura del Hidalgo acompañado de su leal escudero y contar la historia de otro
Quijote: Don Eulalio Ferrer Rodríguez, su hacedor y donador. Todo inicia
durante la Guerra Civil española, cuando un miliciano extremeño le canjeó una
edición miniatura, la de Calleja de 1912 de Don Quijote de la Mancha, con su
cortejo grandioso de sueños, por un puñado de cigarrillos al joven capitán
republicano. Este
incidente marcará su vida, la obra le ayudará a sobrevivir en su pasaje por
varios campos de concentración situados en territorio francés. Los ojos de
los jóvenes empiezan a brillar con la narración, me transformo en un excelente
“cuentacuentos”, palabra recién aceptada por la Real Academia Española. Ferrer
recaló en México, hombre culto, publicista excepcional, consagra su vida a su
familia y a Don Quijote y Sancho quienes integrarán
ésta. Después de
décadas de comprar todos los Quijotes y Sanchos que encontró por el mundo, de
los materiales más inusitados, creados por artesanos populares o firmados por
grandes artistas, logra una colección
única en el mundo. La misma
refleja la vivencia de los pueblos, la relación íntima de naciones enteras con
el Caballero de la triste figura y su escudero refranesco, esencia misma de la
gente común parte natural de sí mismos. Este joven caballero que dejó su patria
para salvarse del odio del tirano Francisco Franco, como agradecimiento al
pueblo mexicano, que albergó al exilio
español dona este museo que había
“armado” durante décadas con ese gran acervo de colecciones de artistas de todo
el planeta cuyas obras estaban dedicadas al personaje universal creado por el
Manco de Lepanto. La visita es
siempre fructífera y disfrutable. Cuando me retiro tengo la costumbre en la
tienda de recuerdos del museo de adquirir algún cartel alusivo que será
posteriormente obsequiado a algún amigo o conocido en fecha especial, en que el
caballero Alonso Quijano, le acompañará en alguna habitación de su hogar u
oficina. Al salir hay un retrato de Don Eulalio que siempre me da la impresión me guiña su ojo
izquierdo por una visita más, sonrío por mi ocurrencia y centro mis ojos en el
lienzo de Antonio Rodríguez, Don Quijote
en el exilio, sin dudas Don Eulalio lo fue. Lic.
Washington Daniel Gorosito Pérez |
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