Madame Bovary, de Gustave Flaubert
César Molina Consuegra



¿Por qué atrae Madame Bovary? Difícil pregunta la que hoy nos hacemos. Pregunta profunda en la postmodernidad Neocapitalista.

 

Vladimir Nabokov dijo que Madame Bovary es prosa haciendo lo que tiene que hacer la poesía. Igual se puede decir de la prosa novelística de Octavio Paz. Sus ensayos son alucinantes por qué allí cabalga y alumbra la Palabra.

 

Madame Bovary es quizás el mejor título posible para esta obra. No es que sea una obra de personajes —que lo es—, sino de un personaje. Emma Bovary es el epicentro de todo. Es el alfa y el omega que atraviesa la narración. Una figura que se puede comprender y se puede aborrecer. Poliédrica y llena de contradicciones como una persona real. Emma es caprichosa y determinada. Es apasionada y también apática. Es lisérgica y a la vez consciente de su existencia. Es vital y es moribunda. Tristemente feliz. Capaz de amar de una manera platónica y total y a la vez incapaz de dejarse amar por quienes tiene cerca y quiénes más le convienen. Un personaje con luz y sombra. De brillos y claroscuros. Un personaje total e inabarcable. Casi sin contornos definidos.

 

La novela nos cuenta la historia de Emma Bovary. Una mujer que vive en una apartada granja con su padre, soñando con una vida mejor, más interesante y estimulante. Conoce a Charles Bovary, un médico joven y reciente viudo que acude a la granja a prestar atención médica a su padre. Charles es un hombre bonachón que enseguida cae enamorado de ella, a pesar de estar casado con una mujer hosca y poco atractiva con la que su madre contrajo nupcias. A no mucho tardar, Charles Bovary enviuda. Emma, sabedora de su efecto sobre Charles, decide casarse con el doctor apenas habiéndose visto un par de veces. La flechó el amor o el turbio interés. Tales son sus ganas de salir de la granja en pos de un mundo mayor. Ella presiente que afuera hay otro mundo.

 

Pronto Emma se desencanta de ese matrimonio. Dice:

 

«Antes de casarse, ella había creído estar enamorada, pero como la felicidad resultante de este amor no había llegado, debía de haberse equivocado, pensaba, y Emma trataba de saber lo que significaban justamente en la vida las palabras felicidad, pasión, embriaguez, que tan hermosas le habían parecido en los libros.»

Madame Bobary. Gustave Flaubert 1856.

 

Aunque es pueril y caprichosa, se la comprende. Una vida solitaria, en una granja que solo alterna con un internado conventual por todo mundo conocido. Un temperamento vivo encerrado en una época poco propicia a esa forma de ser. Emma pide a gritos una vida más libre. Se lee:

 

«Acostumbrada a los ambientes tranquilos, se inclinaba, por el contrario, a los agitados. No le gustaba el mar sino por sus tempestades» En el fondo le gustaban las borrascas.

Madame Bobary. Gustave Flaubert 1856.

 

La novela sigue al desamor de Emma. La protagonista va saltando de amante en amante, presta a enamorarse como una adolescente, encaprichada de otros diálogos, temas y horizontes.

 

Es una novela con mucho trasfondo. Se tocan diversos temas propios del momento de su publicación con una visión crítica. Literatura, costumbres sociales, arraigo de antiguas creencias frente a la ilustración, etc.

 

Flaubert se mofa de las novelas románticas de la época. Apenas folletines de escasa originalidad y menor valor literario, muy populares, sin embargo, en la época. De hecho, Emma Bovary es un personaje romántico inserto en una novela realista y por eso a veces es ridícula y disonante. Hacia el capítulo octavo de la segunda parte, durante la narración de una feria agrícola, Flaubert intercala un discurso vulgar sobre la realidad del entorno agrario en que viven los Bovary, con frases sentimentales pronunciadas por Emma y el enamoradizo efebo de turno, siendo un recurso que deja ver en su yuxtaposición la anacrónica visión de la protagonista. Realismo y Romanticismo corriendo juntas en la misma página, exponiendo por contraste, la una su frialdad y la otra su bisoñez. Magistral.

 

El valor del noviazgo frente a las bodas concertadas. Otro tema de fondo. Este tipo de ensamblajes eran todavía propios de esa época. Unir almas que se atraen en libertad siempre es mejor que forzar uniones de conveniencia. Es el corrientazo de la química quien puede abrir camino a una relación amorosa que englobe carne y espíritu.