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El
otro día, una persona me dejó pensativa. Me
hablaba sobre lo que ocurrió el año pasado, cuando preparamos
para las bibliotecas del Ayuntamiento de Madrid un libro de relatos en el que
participamos todos los alumnos de los talleres de escritura creativa de las distintas
bibliotecas de Madrid. Un libro que al final nunca vio la luz, incluso después
de haberlo corregido y maquetado. La teoría oficial es que no quedaba
dinero de los presupuestos para publicar el libro. A todos nos fastidió
bastante, habíamos trabajado mucho y nos apetecía ver nuestro
relato y el de nuestros compañeros en un libro. Nos daba lo mismo el
tipo de edición, si era más costosa o más artesanal, pero nos
hubiera encantado ver nuestras letras publicadas. Esta persona
me contaba lo que hubo detrás de que no saliera el libro, aparte de la
falta de presupuesto. Ella tuvo que ir a defender los relatos de cada uno de
nosotros, porque después de que el Ayuntamiento de Madrid hubiera
ofrecido un libro en el que cabía un relato de cada alumno, ya no
estaban tan seguros de que pudieran entrar todos los relatos. Para los que se
encargaban de la publicación del libro, uno de los relatos era machista,
otro demasiado sentimental, otro incluía palabras malsonantes. Y eso no
gusta. ¿Y si viene el alcalde a la presentación del libro y
encuentra un relato “fuera de tono”? Y
yo me pregunto, ¿qué es “fuera de tono”?, es
más, ¿quién define qué está “fuera de
tono”? En
la teoría, la solución a este problema que se encuentran las
bibliotecas del Ayuntamiento de Madrid (y como ellas, imagino que otros
organismos oficiales o no tan oficiales) estaría no en ofrecer, como
hicieron, un libro en el que participe un relato de cada alumno sin más
criterio de selección que los gustos personales de cada uno, sino en
presentar todos los relatos a concurso y seleccionar los más
“adecuados”. Y
me sigo preguntando, ¿cuáles son los más
“adecuados”? ¿qué jurado decide qué es lo
“adecuado”? Y
empieza a rondar en mi cabeza una palabra. Y la intento apartar, pero vuelve
una y otra vez: CENSURA. Y
ellos me dirán, “No, no, nosotros no hacemos eso, eso es propio de
los regímenes totalitarios y nosotros somos todo lo contrario”. Y
yo les pregunto, ¿y qué diferencia hay entre la censura que se
ejerce hoy en día con un pensamiento políticamente correcto y la
censura que hicieron los que ahora consideramos políticamente
incorrectos? ¿y no podríamos pensar que lo que ahora pensamos que
está mal antes estuvo bien y era lo que se debía pensar? Creo
que de tanto querer hacer bien las cosas se cae uno de bruces en lo que tanto se
critica. Nosotros somos bien pensantes, no censuramos, hay libertad de
expresión, pero ¿es todo eso cierto? ¿quién compone
los jurados de los premios literarios que deciden qué se debe publicar y
qué no, qué encontraremos en el mercado editorial y qué
no, qué se debe leer y qué no? No
estoy muy segura de si estos mismos jurados hubieran dado algún premio a
Galdós o tal vez lo hubieran considerado machista. ¿No hubieran
pensado que tras leer a Faulkner era consecuencia lógica ir todos
corriendo a apuntarnos al Ku Kux Klan? Normalmente el que va a maltratar a su
mujer no tiene porqué leer nada antes para que le anime a ello,
¿o es que de pronto nuestros funcionarios tienen miedo de que todos nos
convirtamos de golpe en Don Quijote o en Madame Bovary y nos creamos cada palabra que
leemos? Pienso
que sería bueno empezar a distinguir entre el arte y la propaganda, y el
arte es arte por sí mismo, independientemente del mensaje que cada uno
quiera ver en él, que no tiene porqué coincidir con lo que
pretendía el autor, o sí, pero ¿quién decide eso?. Y es
cierto que el lenguaje crea pensamiento pero ese lenguaje debe ser amplio y
diverso para que nuestro pensamiento también lo sea, si no, caeremos sin
remedio en el abismo del pensamiento único. Madrid, 19 de septiembre de 2007 |
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